Sacerdote y médico (o médico y sacerdote)

Jaume Reixach
Sacerdote
Cuando era niño no tenía dudas acerca de lo que me gustaría ser de mayor (la consabida pregunta que los padres y demás familiares acostumbran a formular a sus pequeños vástagos). Cuando alguien me hacía esta pregunta, mi respuesta siempre era la misma: sacerdote o médico. Una respuesta –debo admitirlo a mi pesar– que por sí misma ya implica una duda. Por lo menos una. Y así debían entenderlo mis padres, ya que invariablemente me hacían siempre el mismo comentario: Tendrás que escoger –me decían– entre una u otra. Daban, pues, por entendido que no podía aspirar a ser las dos cosas a la vez.
Pero aun suponiendo que eso fuera así, sigo insistiendo en que yo no tenía dudas. Ambas profesiones me parecían igualmente atractivas. Soñaba con cualquiera de las dos. Pero mis padres insistían: “En cualquiera de los dos casos, debes tener bien presente que tendrás que estudiar mucho, y deberás esforzarte”. O sea que, en el fondo, me estaban dando la razón. Ambas profesiones (o ambas carreras, como se decía entonces) exigían lo mismo: Estudiar mucho. Y aun aceptando que fueran distintas (cosa que yo también entreveía aunque sólo fuera porque la sotana del cura era negra y la bata del médico, blanca), ambas profesiones gozaban del respeto general. Porque prestaban un servicio importante. Cualquier persona podía necesitar los servicios del médico o del cura, indistintamente y por separado, o de ambos a la vez, según los casos.

PERSONAS IMPORTANTES
Sea como sea, en aquellos años en que yo era niño –los años que vinieron después de la guerra civil, los años del “nacionalcatolicismo” – , si algo estaba claro es que tanto el médico como el cura eran personas importantes. Porque había que cuidar la salud del alma no menos que la del cuerpo. Y aunque algunos pensaban que lo primero era la salud del cuerpo, no por ello dejaban de prestar atención a la salud del alma. Y así se entiende que cuando pensaba en “mi futuro” (cosa que sucedía a menudo, porque mis padres no dejaban de atosigarme con su latiguillo de “piensa siempre en el día de mañana”), me veía a mí mismo ejerciendo de médico o de cura. Porque ambas profesiones aparecían ante mis ojos, en el contexto social de los años referidos, con la misma aparente dignidad.
Dignidad… (vaya palabra!). Sé lo que estáis pensando: “Dignidad” es un concepto abstracto y lo que atrae a los niños suelen ser ejemplos muy concretos. Y es verdad. En mi caso también fue así. Tuve la suerte que tanto el cura como el médico de mi pueblo despertaban en mí muchas simpatías. El primero, porque se hacía con todos, incluso con los que no frecuentaban la Iglesia, y se desvelaba por sus necesidades, fueran éstas las que fuesen. Eso a él no le importaba, lo que le importaba era ayudar. Y el segundo, casi que por lo mismo. Atendía a todos los pacientes por igual, según decían, sin importarle si eran ricos o pobres. Y acudía a todas las casas, cuando su presencia era requerida. De manera que ambos eran bien aceptados y bien recibidos. Porque contribuían al bienestar general. Eran honestos en el ejercicio de sus funciones. Y aunque éstas eran distintas, su modo de ejercerlas era muy parecido. Ambos, pues, me parecían iguales y me servían de ejemplo. Cuando llegara “el día de mañana”, como decían mis padres, ya tomaría mi decisión.

VENÍA A SER LO MISMO
“Mas el destino ha querido” (como reza el bolero) que llegara a ser cura y no médico. Ya llevo años ejerciendo el ministerio. Sin embargo, pienso a menudo en el médico que podría haber sido. Llevo dentro de mí la imagen del médico de mi pueblo, que tanto se parecía al cura. Era recibido en las casas con el mismo respeto: como si por sus puertas entrara la salud en persona. Y esto me ayuda a tratar a la gente, sean practicantes o no.
Pero lo mismo diría si hoy, en lugar de cura, fuera médico. Procuraría no olvidar el ejemplo del cura de mi pueblo, que tanto se parecía al médico en su afán de ayudar a la gente. Estoy convencido que, si hoy fuera médico, el ideal de mi vida no cambiaría gran cosa. Mi referente seguiría siendo el mismo que guía mis pasos ahora: Jesús. Y espero que nadie vea en ello un disparate. ¿Acaso no era Jesús un taumaturgo? Médico del cuerpo y del alma. Su atención a los enfermos es bien conocida: Se acercaba a ellos, les escuchaba, les atendía y curaba sus dolencias. A veces añadía estas palabras: “Tus pecados han sido perdonados”. Porque Jesús sabía mejor que nadie que no pocos males del cuerpo tienen su raíz en el alma. Algo que los médicos de hoy parecen ignorar. Han avanzado en todo, excepto en el trato con los pacientes. En este punto, conviene recordar lo que dice el Evangelio: Que los enfermos que curaba Jesús, “marchaban en paz”. La misma paz que mostraban los pacientes que atendía el médico de mi pueblo, a pesar que sus recursos no eran los mismos de hoy. Los resultados, en cambio, eran mejores. ¿Cuál es el secreto?

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