Juan José Tamayo: “La jerarquía impulsó el cambio»

La conversación con Juan José Tamayo se celebró en la redacción de El Ciervo y corrió a cargo de Joaquim Gomis, Jordi Pérez y Lorenzo Gomis.

Jordi Pérez: ¿Qué es la teología de la liberación?

Juan José Tamayo: Es la primera gran corriente de pensamiento cristiano nacida en el Tercer mundo que lleva a cabo una revolución. Parte de que el primer acto de reflexión es el compromiso con los excluidos y la experiencia religiosa. El acto segundo es la reflexión desde la experiencia para pensar de forma nueva a Dios, a Jesús, a la Iglesia, los sacramentos y los grandes temas del cristianismo.

J. Pérez: ¿Por qué surge en América Latina?

J. J. Tamayo: Se dan causas internas a la Iglesia y otras externas que coinciden en todo el Tercer mundo. La primera externa sería el llamado despertar del Tercer mundo en la década de los 50 y sobre todo en los 60. Estos países toman conciencia de su protagonismo, rechazan seguir sometidos a los dictámenes de las potencias y se consideran dueños de su destino. A esto hay que añadir la ‘teoría de la dependencia’ que viene a decir que el subdesarrollo del Tercer mundo no era una etapa previa para el desarrollo sino que estaba provocado por el desarrollo del Primer mundo. Asimismo, no hay que olvidar un nuevo modo de educación popular: la ‘pedagogía del oprimido’, ideada por Paulo Freire, que muestra que hay un camino que seguir para salir de la dominación.

J. Pérez: ¿Y las causas internas a la Iglesia?

J. J. Tamayo: Sobre todo el impacto que tuvo en América Latina el Concilio Vaticano II, en especial en aquellos elementos de solidaridad con los pobres. También Juan XXIII jugó un papel muy importante. Por ejemplo, en un discurso del Papa un mes antes de que empezara el Concilio, dijo aquella famosa frase: ‘La Iglesia de Cristo es Iglesia de todos, pero en los países subdesarrollados es la Iglesia de la pobres’. Esta idea la tomaron unos cuantos obispos que participaron en el Concilio y la llevaron a cabo a su vuelta a América Latina en la famosa Conferencia Episcopal Latinoamericana de Medellín. Por primera vez en la historia, es la jerarquía de una organización la que propicia una transformación: el paso de la iglesia colonial a la iglesia de la liberación. Todo ello unido a las comunidades cristianas de base que surgen por esas fechas y a una serie de teólogos con una formación adquirida en Europa. Como resultado, surge la necesidad de crear una nueva teología para América Latina, que parta de la realidad y con señas de identidad propias.

J. Pérez: ¿Quiénes son esos teólogos?

J. J. Tamayo: A partir del año 64 todo se va a concentrar en cuatro gigantes. Juan Luis Segundo, teólogo uruguayo, que para mí fue la gran cabeza de la teología de la liberación, con su obra Liberación de la teología. Gustavo Gutiérrez, que es el que primero formula las grandes líneas de esa teología. Desde una vertiente más pastoral, Hugo Asman, teólogo brasileño que trabaja muy de cerca con los movimientos de liberación y aporta buenos análisis políticos. Y por último, Segundo Galilea, teólogo chileno que da una vertiente liberadora desde la espiritualidad. Aunque no quiero acabar sin mencionar al teólogo protestante argentino José Miguel Bonino.

Lorenzo Gomis: ¿Cuál es la novedad de su método?

J. J. Tamayo: Básicamente recurrir a las ciencias sociales para tener consistencia y solidez. En realidad, ya el Concilio Vaticano II invitaba a que los teólogos recurrieran a las ciencias sociales para un mejor conocimiento de la realidad que permitiera una evangelización más coherente. La gran revolución que supone la teología de la liberación es el método: el punto de partida ya no son los textos revelados –y menos aún los dogmas– sino las experiencias. Los teólogos dejan de estar junto a la autoridad.

J. Pérez: ¿Qué consecuencias tiene eso para la sociedad?

J. J. Tamayo: Es muy difícil entender la teología de la liberación sin las comunidades de base. En la teología de la liberación se produce un triángulo que no ha sido fácil que se diera en la historia de la Iglesia, que une a los teólogos, los obispos y la base. Por tanto ha sido una teología muy pegada a los problemas reales. La implicación de los obispos en esta teología ha evitado las posiciones más radicales, que hemos tenido en Europa.

J. Pérez: ¿Cómo se notó la llegada de la teología de la liberación en la Iglesia?

J. J. Tamayo: La Iglesia dejó de ser una estructura piramidal. La originalidad de esta revolución está en que la fe es un factor movilizador de energías utópicas y es una fuerza que lleva al compromiso. La fe se convierte en un elemento liberador.

J. Pérez: A 40 años vista, ¿cuál es el resultado de todo esto?

J. J. Tamayo: El panorama ha cambiado mucho. La teología de la liberación es una teología que se va haciendo, opera bajo los principios de ensayo-​error, no es una teología dogmática, sino abierta y se va reformulando conforme a los procesos históricos. Ahora, la teología de la liberación tiene asumidas las grandes líneas programáticas pero ya no existe como movimiento, sino que más bien los cambios que se han producido en estos 40 años han llevado a un pluralismo. La primera teología de la liberación acentuaba, creo que excesivamente, el elemento económico y político, descuidando los otros componentes, religiosos, étnicos, de género. Ahora se está abriendo a nuevos horizontes: indígenas, mujeres, naturaleza, el diálogo interreligioso.

EN EUROPA NOS EQUIVOCAMOS
Joaquim Gomis: Los sectores conservadores de Europa suelen hablar de la decadencia de la teología de la liberación, como si fuera algo del pasado, cuando en realidad creo que ha conseguido lo que toda teología busca: hacerse presente en las comunidades normales.

J. J. Tamayo: Creo que en Europa se tiene una visión equivocada de la situación actual de la teología de la liberación. La gente piensa que ha muerto y que la globalización se la ha llevado por delante, pero eso es más un deseo que una realidad. La teología de la liberación ha entrado en otra etapa, con la misma vitalidad que en los años 60. Se ha producido un desplazamiento: si la primera etapa fue de deslumbramiento y la segunda de formulación, el tercer momento constituye la aplicación de ese método a los grandes temas del cristianismo. Estos nuevos teólogos del tercer momento ya no se mueven en un ámbito estelar, sino que son líderes de comunidades. Ahora estamos en un momento enormemente fecundo porque desde 1985 la teología feminista de la liberación está dando unos resultados excelentes. Este es un trabajo fundamental porque se había olvidado la situación de la mujer. Otro caso es el esfuerzo que se está haciendo en América Latina por hacer una teología de la liberación desde el pluralismo religioso, que incorpora elementos de las culturas indígenas, afroamericanas o del islam. Para mí, una de las cosas más importantes es que la teología de la liberación fue ecuménica desde el primer momento.

L. Gomis: ¿Cómo se enseña en las facultades la teología de la liberación?

J. J. Tamayo: Yo creo que hoy en ningún seminario o facultad de teología del mundo se enseña teología de la liberación.

L. Gomis: ¿Y se ha llegado a enseñar?

J. J. Tamayo: Sí, en los años 70 y 80 había departamentos, pero ahora son residuales porque los obispos se resisten.

J. Pérez: ¿ Y los obispos se oponen también a estas nuevas tendencias?

J. J. Tamayo: Yo creo que todavía no han descubierto la importancia que tiene y sospecho que en cuestión de quince o veinte años va a haber otra serie de perseguidos por la negritud o el indigenismo. El catolicismo en América Latina ha sufrido una involución muy fuerte. Durante los 25 años de Juan Pablo II ha cambiado totalmente la orientación de los obispos. Pensemos en obispos como monseñor Proaño, aquel obispo de los indios; monseñor Romero, arzobispo de El Salvador; Pedro Casaldáliga, obispo del Mato Grosso; los primos Lorscheider, de los que uno fue presidente de la Conferencia Episcopal Brasileña; el cardenal Arns, arzobispo de Sao Paolo; Hélder Cámara, de Recife; don Samuel Ruiz, obispo emérito de Chiapas.

L. Gomis: ¿Todos han desaparecido?

J. J. Tamayo: Algunos han fallecido, como monseñor Proaño, otros son eméritos como Arns o los Lorscheider; monseñor Romero fue asesinado. Pero claro, al frente de las diócesis que ellos regían han puesto a obispos de orientaciones muchas veces contrarias. Ahora mismo ese colectivo de obispos que tiraba hacia delante no existe y los obispos actuales más bien ponen palos en la rueda.

J. Gomis: Me decía hace poco un amigo de la Amazonia que hoy no hay grandes protagonistas, pero que los obispos digamos de segunda división, sin hacer demasiada publicidad, parten como convencidos –moderadamente– de que la línea es la de teología de la liberación.

J. J. Tamayo: Ahora mismo hay una especie de calma y de moratoria, un pacto de no agresión. Incluso bastantes obispos que son críticos con la teología de la liberación ven con simpatías estas nuevas tendencias. Además, al estar tan lejos del Vaticano se sienten más preservados y no tienen la conciencia de estar vigilados.

EL MENOS MALO
L. Gomis: ¿No tenía también Juan Pablo II su teología de la liberación?

J. J. Tamayo: Escribió dos documentos.

J. Gomis: Uno malo y el otro no tan malo.

J. J. Tamayo: El primero fue ‘Instrucción sobre algunos aspectos de la teología de la liberación’ de 1984, que fue funesto. En él se hacen las críticas más injustas que se pueden hacer a la teología de la liberación, que no responden a los textos ni a las vidas de los teólogos.

J. Pérez: ¿Por ejemplo?

J. J. Tamayo: Critica que la teología de la liberación toma préstamos sin sentido crítico del marxismo y dice que el que acepta la teoría económica de Marx, tiene que aceptar también su ateísmo. Esto no se sostiene. Lo que asumen del marxismo es el elemento ético, a favor de los excluidos, y el componente de análisis de la realidad. Otra crítica muy dura que hacía era que introducía dentro de la Iglesia católica la lucha de clases. A mí me parece que el concepto de lucha de clases no lo utilizan los teólogos de la liberación nunca en el sentido marxista, sino que hablan de opción por los pobres. Lo que pasa es que la opción por los pobres implica una apuesta por uno de los polos.

J. Gomis: El segundo documento, dos años después, era una rebaja.

J. J. Tamayo: Todos los obispos a los que se referían sin citarlos dijeron que ellos no pensaban nada de eso, y dos años después publicó un nuevo documento. Por lo menos, éste asume la opción por los pobres, lo que no es poco viniendo de una congregación romana. También es interesante la crítica que hace a Occidente, a la modernidad y a la Ilustración, no tanto desde el punto de vista ideológico sino económico: el modelo económico occidental ha generado una explotación del Tercer mundo. Y esto está bastante en la línea de Juan Pablo II.

EL FINAL DEL COMUNISMO
L. Gomis: ¿Cómo afectó la caída del comunismo en 1989?

J. J. Tamayo: La caída del socialismo real tuvo pocas consecuencias para la teología de la liberación porque no conozco a ningún teólogo de la liberación que estuviera identificado con aquel socialismo. Aunque sí sirvió para replantear todo el problema de la ubicación del Tercer mundo en el nuevo orden internacional. Cuando desaparece la URSS se dan cuenta de que el único sheriff mundial va a ser el capitalismo neoliberal. La década de los 90 fue una década perdida a nivel económico porque la situación en América Latina se iba deteriorando. El avance de la democracia no supuso un avance económico para las clases populares. Porque todos los gobiernos democráticos estaban sometidos a otras instancias económicas que les oprimían muchísimo más que Estados Unidos como el Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Todo esto les obligará a pensar en nuevas estrategias, que ya no será un enfrentamiento radical contra el sistema sino un buscar espacios donde poder trabajar.

J. Pérez: ¿Qué consecuencias tiene todo esto para Lula y Brasil?

Tamayo: Cuando la gente se pregunta para qué ha servido la teología de la liberación, cuando se cree que todo eso ha fracasado, yo les diría que eso no es cierto. Ha contribuido a cambiar la conciencia política y económica de los latinoamericanos. En el caso de Brasil, la primera vez que Lula se presentó a las elecciones, la influencia de las comunidades eclesiales de base fue asombrosa. Quince años después ha vuelto a contar con ese apoyo. No hay que olvidar que uno de sus principales asesores es el dominico Frei Betto. Por tanto el fracaso de Lula supondría el fracaso de un proyecto liberador nacido en los ambientes cristianos críticos.

SE VAN CON LOS PROTESTANTES
L. Gomis: Hay bastantes católicos que se van a la iglesia protestante. ¿Se hacen pacíficamente estos trasvases?

J. J. Tamayo: Podríamos establecer dos niveles: el nivel de comunidades de base y de reflexión teológica y el nivel de la religiosidad popular. En el primer nivel del cristianismo progresista, hay una alianza entre las tendencias liberadoras de la Iglesia católica y las del movimiento protestante. Ahí no se ha producido ningún trasvase. Sí que se ha producido en la religiosidad popular. El catolicismo está sufriendo unas sangrías enormes porque los católicos que se mueven por la religiosidad popular se sienten insatisfechos con las ofertas que el catolicismo les presenta y por eso tienden a pasarse al pentecostalismo. Porque los trasvases no se producen a iglesias tradicionales del protestantismo (como el metodismo o el presbiterianismo), sino que es una conversión de un registro religioso popular a otro.

J. Pérez: ¿Porqué se produce?

J. J. Tamayo: Pues porque la iglesia católica institucional no ofrece nada a los sectores populares. Es una iglesia anacrónica, con un culto muy estereotipado, con una estructura jerárquica y vertical asombrosa, con una doctrina dogmática. Ahí esas clases populares no encuentran nada. En cambio, en las otras creencias se sienten acogidos como personas y creyentes. Encuentran un clima festivo y entusiasta donde pueden desarrollar sus sentimientos, que tan importantes son en América Latina. Sin embargo, un elemento que me parece peligroso es lo que transmiten: la famosa teología de la prosperidad. Muchos de estos movimientos utilizan un lenguaje del mundo capitalista para hablar de la salvación: la salvación es un gran capital en el que tenéis que invertir, dicen.

J. Pérez: ¿Estos movimientos proceden de Estados Unidos?

J. J. Tamayo: Sí, claro. Toda esta teología es importada. ¿Por qué? Porque al imperio americano le interesa una teología light para contrarrestar la teología de la liberación que intenta despertar las conciencias de los oprimidos.

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