En el poblado de la señora Escolástica Nyoni

Alexandre Alapont
Os explico mi vida un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera. Me he levantado hoy a las 7 de la mañana en el poblado de la señora Escolástica Nyoni. Es una mujer que en sus cincuenta años, con bastantes hijos e hijas y algunos nietos. Está casada con un marido de religión tradicional africana, el cual se siente feliz de tener una mujer católica del prestigio de su esposa. La choza donde he dormido es redonda, amplia, muy amplia, y me han puesto dos mantas y almohadas; no hay sábanas. La choza es de pared de palos y tejado de paja, pero muy aseada y digna.
Al abrir la puerta, encuentro junto a ella una palangana con agua tibia, una toalla pequeña y una pastilla nueva de jabón. Me afeito sobre el capote del coche, un land rover viejo. Vienen seis o siete niños (no niñas) a mirar la espuma del jabón en mi barba; se sonríen todo el tiempo. Aquí en estos bosques cercanos a la ciudad de Hwange, en Zimbabwe, todavía no ha llegado la luz eléctrica ni el agua corriente; el agua la traen de un pozo.
Después de mi aseo, me tomo el breviario y el libro de Joan Guiteras Mantenir l’esperança y me adentro en el bosque como unos 200 metros de las viviendas. Allí me paso una hora completa rezando el Oficio Divino y meditando sobre las cosas del espíritu. Es mi hora maravillosa a solas con el Señor, que es el que guía nuestro evangelizar. Son casi las nueve de la mañana cuando regreso a las casas, y encuentro una taza grande de té con azúcar y leche, y una rebanada de pan. Estoy en Champepo, a 15 kilómetros de la ciudad; aquí llegué ayer y pasé el día con ellos.

DE CHAMPEPO A LUSECHE
Son casi las 10 de la mañana cuando salgo de esta comunidad y contorno. Se reúne un grupito de cristianos para despedirme. Mi próxima visita a esta comunidad será dentro de un mes. A seis kilómetros de Champepo está Luseche, donde me espera otra comunidad de cristianos; no son muy fuertes en la fe, y hay poca gente con educación escolar. Tenemos dificultades para encontrar alguien que sea el catequista, o el encargado de la reunión dominical sin presbítero, o el director del pequeño coro; muy pocos saben leer; no encontramos dirigentes entre este grupo de 30 cristianos sencillos.
Yo dejo el coche junto a una choza grande y pobretona que hace de capilla, y me voy a pie a visitar a la gente. Son de la tribu Nambya, cercanos a la Iglesia Católica, amables y pobres, pero no es fácil conseguir que se conviertan, crean y se bauticen. Todos son sonrisas y bienvenidas. Yo hablo bien su lengua y no hay problemas de comunicación. Voy visitando un poblado detrás de otro; aquí no viven en pueblos, sino dispersos por el bosque como a unos 500 metros de una familia a la otra. Visito a todos, creyentes o no; el 90 por ciento no están bautizados. Durante dos horas voy proclamando la Buena Nueva de Jesús. Estamos en primera evangelización aún. Yo tengo un principio pastoral que nunca falla: ‘De todo lo que hacemos por Jesucristo, siempre queda algo’.

UNA CAPILLA DESTRATALADA
Hacia la una de la tarde, algunos cristianos, catecúmenos y simpatizantes se van acercando a la capilla destartalada. Yo llego hacia las dos, y los encuentro preparando los cantos de la Misa. Nos saludamos y les doy tiempo para confesiones; se confiesan unos 15, la mitad. Después tenemos reunión; yo les hablo de cosas que hay que hacer, de personas, de proyectos de desarrollo, del tiempo litúrgico, etc., ellos me explican cómo va su comunidad cristiana, su asamblea dominica, el catecumenado, su trabajo pastoral, la visita a los enfermos, los entierros, sus puntos más flojos, sus aspiraciones, etc.
A continuación, viene la celebración de la Eucaristía, sobre una mesita más bien pequeña; la Misa es participada bastante bien con cantos, lecturas, peticiones espontáneas, procesión al Ofertorio, colecta (aunque sea pequeña; para ayudar al gasto de la gasolina), danza religiosa. Acabamos allá a las cuatro. Quedamos de acuerdo donde cenaré y dormiré esa noche; en ese mismo poblado nos reuniremos por la noche, a las ocho, para oír la Palabra de Dios, orar y cantar.
Nos vamos al hogar de la señora Inés Shoko, viejecita, iliterata, más pobre que la señora Escolástica. Dejo allí el coche y me voy a visitar algunos enfermos y a evangelizar. Me acompañan dos mozos cristianos. Visitamos unas cinco familias, y volvemos a casa de la señora Inés. Nos prepara una cena sencilla a base de harina hervida de mijo con vegetales; yo ceno abundantemente, pues no había comido nada al mediodía; ceno con mis dos acompañantes, pues aquí las mujeres no comen con los hombres; la señora Inés es viuda.

LA ORACIÓN VESPERTINA
Al caer el sol, comienzan a llegar algunas personas para la oración vespertina. Arde un gran fuego en el patio central situado en el centro de las chozas. Vienen como unas 20 personas, con predominio de jóvenes y niños. Cantamos, oramos, leemos la Biblia, predicamos –ellos y ellas – ; aprovecho para recalcar algún punto importante para esta comunidad. La reunión dura como hora y media. También les animo a que hagan preguntas; no se cansan. Al final soy yo el que dice que hemos de acabar.
Nos quedamos solos en el poblado de Inés. Me traen un cubo de agua caliente para lavarme. Me pongo detrás de un choza y me lavo todo el cuerpo en la oscuridad nocturna. No hay camas en la casa; me preparan una estera de cañas partidas, en el suelo. No duermo solo; preparan otras esteras para los chicos que viven en el poblado; son los nietos de la señora Inés. Enciendo un cirio y lo pongo sobre un taburete, pues no tienen sillas. Rezo completas en el breviario romano, y me uno a toda la Iglesia de Jesús en la tierra. Estoy bastante cansado por las caminatas del día. También estoy contento de ser misionero. Mañana, antes de partir de aquí, les daré ropas a Inés y su familia. Los ropas las envían mis familiares y amigos de Valencia.

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