No estamos aquí para convertir

Miguel Ángel Pérez Sánchez
«Creyentes, venid a la oración”, y algo después por si acaso: “Más vale rezar que dormir”. Con estas contundentes palabras, pronunciadas en repetitivo canto árabe, cada día poco antes de las cinco de la mañana, las numerosas mezquitas de Blangoua despiertan a todos sus habitantes. También a nosotros, que aunque vivimos en las afueras oímos esta llamada a la plegaria, que se repetirá, con las normales variaciones, a lo largo de la jornada.
Los cristianos somos muy pocos, proporcionalmente insignificantes, en medio de estas poblaciones musulmanas del extremo norte del Camerún, en pleno Sahel. Esta realidad marca profundamente nuestro quehacer diario. No estamos aquí para convertir a nadie, acaso a nosotros. Nos tenemos que conformar con el testimonio y la presencia. Nuestras principales acciones son la educación, la construcción de infraestructuras sociales y el servicio a las pocas, pequeñas y dispersas comunidades cristianas que existen por aquí.
A las cinco y media, en la pequeña capilla que deja caber el contenedor que la alberga, celebramos una eucaristía muy íntima, en familia, el Sisco, algunas de las profesoras que viven en la misión durante el curso escolar y yo. Es el momento más fresco y más tranquilo de la jornada. Aquí el calor es omnipresente y no pocas veces aclaparador. Hasta la hora del almuerzo será un momento agradecido, tranquilo y bueno para rezar en paz o dar un reconfortante paseo por los alrededores.
A las siete las oraciones deben estar concluidas, el café injerido y la bata de profesor puesta, ya que invariablemente cada día soportamos la ruidosa invasión de doscientos niños, cuarenta jóvenes y quince profesores que vienen a ocupar las aulas y talleres durante toda la mañana. La misión, normalmente tranquila, se llena de movimiento, de carreras al sonar el himno nacional, de regaderas y cubos camino del agua que proporciona una bomba manual, de escobas que limpian los restos que nos dejan los murciélagos, las termitas y algunos alumnos poco pulidos, también.
Y así hasta bien pasado el medio día, dejo de lado la teología para explicar circuitos eléctricos, instalaciones solares, urbanidad y dibujo. Que funcione una escuela profesional es apasionante y muy gratificante, aunque no quita que pasada la una, y cuando el termómetro comienza a exagerar, uno piense también en terminar, comer y hacer una buena siesta, parte básica e insustituible de la vida de un misionero aquí. Las tardes son largas, las primeras horas buenas para no moverse y cuando el sol se hace amigo, es agradable salir. Algunas tardes tenemos curso de informática, con lo cual poco puedo desplazarme, las otras las aprovecho para ir al mercado, pasear por los alrededores a pie o en bicicleta, visitar algún conocido sano o enfermo, y no pocas veces paso el tiempo leyendo, actividad salvadora y ampliadora de horizontes, que aunque aquí son muy amplios, son siempre los mismos.
Cuando el sol se ha escondido rezamos las vísperas, y después la cena, que como la comida y el horizonte se parecen mucho cada día. La televisión va algunos días si, y otros muchos no. Estamos lejos de cualquier ciudad, el asfalto lejos también, como la luz eléctrica. Vida rural, monótona aunque no repetitiva, cada día nos trae su cuidado. Aunque las sorpresas y las novedades se hacen esperar. En la noche y bajo un sol estrellado suelo salir a pasear, rosario en mano. Buen momento para rezar, para evaluar, para reflexionar, para suplicar o para aceptar. Realidades cotidianas de nuestro oficio. Y antes de dormir siempre hay exámenes que corregir, trabajos que puntuar, clases que preparar, cartas que responder, homilías que imaginar, reuniones de pastoral que repensar. Y ya en horizontal, si las condiciones atmosféricas lo permiten, escucho la radio, que me permite seguir la marcha del mundo.
El fin de semana el ritmo cambia sustancialmente, el sábado día de limpieza, de algo de reposo, de hacer las pequeñas o grandes reparaciones domésticas, de reuniones de pastoral con los jóvenes cristianos, de ensayos de canto de la coral, y hasta de ver alguna película en el DVD que nos ha llegado, o de verla en el pueblo. El domingo será día de desplazarse, en coche o en barca para celebrar la eucaristía con las comunidades que nos esperan y que visitamos, por rotación, una vez al mes. Por la noche de vuelta en la misión, a la espera de una nueva semana que empieza, miro las estrellas y aunque este es un rincón perdido del planeta, redescubro muchas veces la suerte que tengo de estar donde estoy y hacer lo que hago.

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