El trabajo del negro

Jordi Pérez Colomé
Periodista
Hace unas semanas llegó a la redacción de El Ciervo un artículo con una tarjeta que decía: “Se puede reducir el texto, modificarlo y hacer los cambios necesarios. Se permite la intervención de un ‘negro’”. Es poco habitual que alguien dé este amable permiso para retocar su artículo. Enmendar textos ajenos está mal visto y más aún si es sin el permiso del autor. Esta es la opinión que tenemos en España. En las redacciones inglesas que he visitado, sin embargo, todo texto se edita. En El Ciervo, el “negro” que tenemos –que soy yo– prefiere la opción anglosajona.
¿Por qué se edita? Editar no es retocar sin criterio, sino simplemente adecuar lo que el escritor ha hecho a las necesidades de la revista. Las necesidades de la revista son dos: limitarse al espacio previsto y ajustar el estilo original al de El Ciervo, claro y de pocos circunloquios. Ambas cosas se complementan, porque a menudo aclarar el estilo suele implicar eliminar palabras. Algún colaborador, a veces, se lo ha tomado mal; son casos raros. En El Ciervo se edita con buena fe y escrúpulo, siempre por el bien de los lectores.

DIGA LO QUE QUIERE DECIR
¿Qué busco sobre todo en un texto cuando edito? Que sea preciso. Un texto preciso dice algo, aunque sólo sea una cosa. Cada palabra tiene su función y no las hay innecesarias. En favor de la precisión, uno de mis empeños básicos es precisamente descubrir las palabras de más y destruirlas. Aunque sea sin querer, una palabra inútil transmite descuido, y despista al lector. Son expresiones que se nos escapan a todos y detectarlas requiere atención.
Como ilustración, he sacado muestras de palabras sobrantes de un periódico español de un día cualquiera. Por ejemplo, tics como “la persona de Arnaldo Otegui” (así empezaba una noticia), “la totalidad” o “esa realidad”; clichés como “personajes marcados por la fatalidad” o “la ciudad era un calidoscopio de colores”; palabras exageradas como “expectativas sobre la viabilidad del joven novelista” (¿la viabilidad?); repeticiones como “su traducción se presenta erizada de dificultades y expuesta al constante riesgo de la imprecisión” (¿si la traducción está “erizada de dificultades”, el riesgo no es siempre “constante”?); recursos para llenar, como “la naturaleza y condición de la esclavitud” (“naturaleza y condición” no significan nada), “hoy por hoy podemos calificar” (sinónimo de “es”) o “la opinión pública y los medios de comunicación” (con uno de los dos basta), y oraciones incomprensibles como “aproximar al público a un descubrimiento del instrumento en su dimensión actual” (frase sin solución).
Con estas expresiones, cumplo encantado con el consejo de George Orwell: “Si una palabra puede suprimirse, suprímala”.

CUÉNTEME UNA ANÉCDOTA
Además de la precisión, lo que más procuro que destaque es el lenguaje concreto, con detalles y anécdotas que faciliten la lectura. Como aconsejan William Strunk y E. B. White en su The Elements of Style –libro magnífico sin versión castellana– “use lenguaje definido, específico, concreto. Es la manera más segura de mantener la atención del lector”.
He tenido que leer hace poco –por obligación académica– un libro sobre la guerra de Irak escrito por profesores universitarios españoles, con frases así: “En definitiva, la perspectiva utópica de confiar en las dinámicas generadas por el desarrollo del consenso mínimo alcanzado con silencios constructivos se ha encontrado, en el conflicto de Irak, ante la fuerza de los hechos”. No consigo descifrar el sentido. Además, hay nueve palabras de cuatro sílabas. ¿Por qué el lector debe sufrir así?

NO SE ENROLLE
En suma, un texto preciso y concreto siempre es claro, que es el gran objetivo. La claridad es esencial: cuando uno empieza a enrollarse y a perder el hilo con descripciones, metáforas y adjetivos, malo. La manera más fácil de descubrir si un texto se enrolla es comprobar si nos aburre o si no acabamos de entender qué quiere decir.
Es raro que un autor no vea que su texto no se entiende. Si ocurre, es que dentro de ese escritor hay un mal lector. Un buen lector sabe componer su texto y convertirlo, más o menos, en algo que le guste. La escritora Susan Sontag cree que “escribir es practicar, con particular intensidad y atención, el arte de la lectura. Uno escribe para leer si lo que ha escrito está bien y, como nunca lo está, reescribirlo”. Y concluye con este consejo: “Escriba, lea, reescriba. Repita los pasos 2 y 3 cuanto sea necesario”.
El estilo surgirá del trabajo y la naturalidad, no hay que ir a buscarlo a ninguna parte. El estilo es el reflejo de la personalidad. Como dicen Strunk y White: “Para conseguir un estilo, empiece por no afectarlo. Un escritor cuidadoso y honesto no debe preocuparse por el estilo. El acto de composición, o creación, disciplina la mente; escribir es una manera de pensar”.

ESTO ES SÓLO EL PRINCIPIO
Hasta aquí, la base para escribir claro una noticia, un artículo. Es un trabajo de artesanos: con soltura y tesón uno consigue explicar cualquier cosa con claridad. Luego está el arte, los buenos escritores.
El mejor consejo para aprender es leer buenos libros. Y luego escribir y reescribir.
Hoy sin embargo también hay cursos que enseñan a escribir. En un posgrado sobre escritura de una universidad española he encontrado esta introducción: “La búsqueda del estilo es una motivación esencial en cualquier actividad comunicativa que persiga transmitir una visión propia de la realidad. Los profesionales de los diversos campos de la comunicación se encuentran a menudo con el reto de satisfacer esta inquietud expresiva, la cual tiene siempre como punto de partida o como finalidad la elaboración de la palabra escrita”. ¿Cualquier actividad comunicativa? ¿Como punto de partida o como finalidad? ¿La elaboración de la palabra escrita? Pobres alumnos (y cuesta 1.850 euros).

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