Al menos, soy famoso

Íñigo Méndez de Vigo
Eurodiputado del Partido Popular
Supe muy pronto –probablemente antes que el poeta– que la vida iba en serio. Recibí de mis padres, en especial de mi madre, una educación estricta donde el cumplimiento del deber era una obligación y no un éxito. Por ello, muchos años después, soy incapaz de quedarme en la cama por las mañanas, ir a una exposición o dar un paseo en días laborables cuando se supone que debo estar en un despacho.
Por si esto no fuera suficiente, la mujer de mi vida piensa que su misión salvadora en esta vida consiste en bajarme los humos de manera que, por una elemental precaución, tiendo a no dar ninguna importancia a lo poco o mucho que hago.
Pero de algo sí estaba –y estoy– particularmente satisfecho. Tuve la fortuna de participar durante el año 2000 en la elaboración de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea y, a partir del 2002, en la redacción de la Constitución europea. En una y otra tomé parte activa en el comité de redacción, honor que comparto con el ex comisario portugués Antonio Vitorino.
Y cuando en algún momento de ingenuidad creía otear algún recuerdo para la posterioridad, quizá una calle dedicada a “Méndez de Vigo, padre de Europa” o el título de hijo adoptivo de algún pueblo que no tuviera a nadie mejor que prohijar, hete aquí que los franceses se empeñan en eliminarme de la memoria de los europeos y quizá hasta de ese milagro de la comunicación que es internet.
En suma, mi ego atravesaba sus horas más bajas mientras me dirigía al despacho para redactar estas líneas. Entonces, mientras esperaba a que el semáforo me diera vía libre para atravesar la calle Génova, la señora que está a mi lado le dice a su acompañante en una voz lo suficientemente alta como para que no me pasara desapercibida: “Hay políticos a los que habría que cortar el cuello”. Mi ego se recupera: soy famoso.

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