Lo tengo amenazado

Dolores Aleixandre
Religiosa y teóloga
Después de estar pensando sobre los cuidados que prodigo a mi ego, llego a la conclusión de que sus exigencias son más bien modestas y su reclamación más habitual consiste en la petición de “que me dejen en paz” (q.m.d.e.p.). En principio la cosa parece fácil pero en la realidad dista de serlo. La paz de mi ego está fatalmente amenazada por instancias externas de difícil control y de ellas las que peor llevo son las solicitudes, peticiones y reclamos. Por algún misterioso motivo que no alcanzo a comprender, sujetos de diferentes procedencias, tareas y proyectos llegan a la conclusión de que mi presencia en cualquiera de los tinglados que organizan, montan o presiden, proporcionaría a éstos un aceptable relleno y quizá cierta prestancia. A partir de ese momento, ponen en marcha diferentes medios de persecución, acoso e intentos de derribo: teléfono, correo electrónico, cartas (casi ya en desuso), visita domiciliaria o persona interpuesta.
En etapas anteriores, cuando tenía mucho más desprotegido el ego, decía a todo que sí, y eso conllevaba, un suponer, viajar el viernes por la noche en una litera renqueante, amanecer en Villafresnedilla de la Condesa, ser recibida por el/​la demandante de turno y, después de un café (con magdalena, si había suerte) impartir curso, cursillo, taller o retiro en horario intensivo. En los ratos libres, visita acompañada a los monumentos o museos de la villa (abomino ambas cosas), para volver exhausta el domingo en otra litera e incorporarme al trabajo en la mañanita del lunes. Si a esto se une que el “agasajo” que suele acompañar a estas expediciones y que se supone debería servirme de cierta compensación, mi ego lo recibe como los celíacos el gluten, pueden imaginarse el suplemento de energías que he tenido que invertir.
Durante esta etapa, que ha durado más de lo razonable, he sofocado los gemidos de mi ego enviándole mensajes subliminales de que, en vez de quejarse, debería estar contento de tanta disponibilidad y talante servicial. Pero lejos de acallarse, sus gemidos se han ido convirtiendo en bramidos y no he tenido más remedio que tomar la decisión de atenderle y prodigarle cuidados. El secreto de cómo lo estoy consiguiendo no pienso revelarlo aquí, no sea que entre los lectores haya algún demandante y se entere de los flancos débiles de mi nueva estrategia.
Lo que ocurre es que, de un tiempo a esta parte y cuando mi ego ronronea de gusto al sentirse más atendido, empiezo a preguntarme si no me estaré pasando con la dosis de “q.m.d.e.p.” y mi ego correrá el peligro de desarrollar obesidad mórbida.
Releo el poema de Bonhoeffer “¿Quién soy?” y su final tiene el poder de sosegar mis preguntas:
¿Quién soy? ¿Este o aquél?
¿Quién soy?
Las preguntas solitarias se burlan de mí.
Sea quien sea, tú me conoces, tuyo soy,
Oh Dios…

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