Mi receta para escribir

Lorenzo Gomis
Periodista
Como los cocineros tienen sus recetas, los periodistas o escritores podemos tener las nuestras. Me dicen que aporte a estas páginas una receta y eso es lo que me pongo a hacer a continuación. Palabras cortas, mejor que largas. Muchos escritores han dicho que prefieren las palabras cortas. Mark Twain no escribía “metrópoli”, aseguraba, porque le pagaban lo mismo por escribir “ciudad”. Desechaba las palabras largas siempre que podía y afirmaba que gracias a ese cuidado había logrado rebajar el promedio de cuatro letras y media que según él tenía el idioma (inglés) a un habla personal con un promedio de tres letras y media.
Las mejores obras del humorista americano son Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. Tom y Huck son muchachos y sus peripecias se contaban mejor con palabras vivas y cortas como las suyas. Las palabras cortas suelen ser palabras vivas, populares, y en manos de un buen escritor, con malicia y gusto, el resultado es excelente.
Frases sencillas, mejor que complicadas. Azorín se dispuso un día a dar la fórmula de lo que, animado, llamó “el gran estilo”. La fórmula era esta: “Poned una cosa después de otra”. Nada más; esto es todo. Y el escritor alicantino recordaba esos escritos llenos de incisos, paréntesis y consideraciones pasajeras e incidentales en los que se dicen la mar de cosas casi al mismo tiempo para confusión del lector. Pues bien, lo contrario, insistía, es decir una cosa después de otra. Y él aplicaba su propia fórmula y avanzaba tranquilamente diciendo una cosa en cada frase y poniendo cada frase detrás y después de otra. Así el lector podía digerir también lo que se le decía, a pequeños bocados, como el pedazo de carne pequeño en la punta del tenedor. Escribir bien es ayudar a leer bien.
Además, la frase sencilla es la que se inspira en el lenguaje hablado. Hablamos con frases sencillas y es al escribir cuando a veces nos olvidamos de esto. La frase hablada, la frase viva, tiene además más soltura, más movimiento, más naturalidad. El lector se siente más cómodo.
Palabra exacta, la que dice lo que se quiere decir. Es verdad que, cuando se escribe, las palabras se alargan y las frases se complican, pero no todo son inconvenientes. También hay ventajas en la escritura. Tenemos más tiempo para decir las cosas, no nos interrumpen, podemos escoger con cuidado la palabra que ofrece mejor rendimiento expresivo, la que dice más exactamente lo que pretendemos decir. Creo que era Valle Inclán el que decía que el adjetivo que no da vida, mata. Hay que esperar a pescar el adjetivo que da vida.
Un esquema de frases sencillas y palabras más bien cortas, se enriquece si le acompañan a cada paso, a cada frase, las palabras que dan una idea más aproximada y rica de lo que tenemos en la cabeza. Frases sencillas sin palabras exactas pueden quedar pobres. Palabras exactas en una armadura de frase complicadas no se retienen, se pierden. Con palabras cortas, frases sencillas y palabras exactas se puede hacer buena literatura, periodismo ameno y hasta leer alguna conferencia que no aburra.
La idea que lo mueve todo. Uno se sienta a trabajar cada mañana, no importa si está brillante o letárgico, y antes de que se levante ha emergido ya una cierta cantidad de material, pongamos unas 1500 palabras, decía P. G. Wodehouse. Pero el novelista británico añadía también que sentarse ante la hoja blanca de papel y empezar a escribir sin una idea de por dónde va a ir la historia le parecía imposible.
La idea es lo que a uno le da ánimos, es la que busca aliados para hacerse comprender, para persuadir, es la que mueve todo el mecanismo de la prosa en busca del efecto deseado. Cuando la idea se ha comunicado al lector, este sabe más de lo que sabía y reacciona movilizando sus propias ideas para completar o rechazar la que acaba de llegarle.
Con palabras cortas, frases sencillas y palabras exactas sólo no conseguiríamos lo que pretendemos. Necesitamos la idea. La idea es la que nos da el gusto de escribir y busca por nosotros las palabras. Y es la idea lo que queremos comunicar. La idea lo mueve todo.
El tono adecuado. Busco en un diccionario de citas una que me venga bien para entrar en la palabra “tono”, difícil de definir en los diccionarios corrientes. Pero sólo encuentro esta frase publicada en el semanario humorístico Punch en 1884, no se sabe en medio de qué artículo y que el diccionario de citas incluye en el epígrafe “insultos e invectivas”: “No me mire, señor, con –ah– en ese tono de voz”. El tono de voz es aún más expresivo que la manera de mirar y dice más, y hay cosas que aceptaríamos que nos dijeran pero no precisamente en ese tono de voz. La inflexión de la voz y el modo de decir algo son decisivos para el efecto que el mensaje produzca.
Por eso al escribir hay que encontrar el tono adecuado para expresar la idea que pretendemos comunicar. El tono depende de nuestro estado de ánimo, pero también de la situación en que nos movemos y del interlocutor al que nos dirigimos. El tono matiza el mensaje de gravedad, de ironía, de amabilidad, y dice casi tanto como las palabras. Para encontrar el tono hay que sentir de un modo adecuado el momento, la intención, el efecto pretendido. Y para encontrarlo hemos de “ponernos a tono” con todo ello, asunto no siempre fácil, pero decisivo. Es el tono lo que nos pone cómodos con los escritores preferidos.
Ojo al párrafo. Hay grandes escritores que han escrito novelas con párrafos larguísimos –Alejo Carpentier, Gabriel García Márquez– y nos arrastran río abajo en la magia de su estilo sin que notemos ninguna incomodidad. Son los sentidos los que trabajan. Pero que no nos pregunten luego qué hemos leído. Por eso la prosa, como la vida, se sirve de puntos y aparte para distinguir unas cosas de otras, unos asuntos de otros, unos momentos de otros. Un poco de espacio en blanco pone orden en la vida y en la prosa.
Un periódico tenía un corrector celoso del espacio y deseoso de que cupiera el máximo posible de material en una hoja. Un día le oí decir: “Hay aquí un párrafo goloso…” Y se lo comió, es decir, suprimió el blanco y colgó el párrafo del anterior. Ya había un párrafo menos. El estaba contento, pero yo no. Traté de explicarle que yo daba mucha importancia al párrafo, que me importaba mucho que mi artículo tuviera los párrafos que necesitaba. “Mis artículos tienen diez párrafos”, concluí con ánimo didáctico. El buen corrector decidió respetar mis manías y rarezas y cuando me veía en un pasillo levantaba el dedo sonriente y decía: “¡Diez párrafos!” No siempre mis artículos tienen diez párrafos. Si un artículo de mil palabras tiene menos de diez párrafos me inquieto. Y cuando me salen más largos de lo convenido, por ejemplo, y tengo que reducirlos, empiezo por mirar si hay párrafos más largos, que excedan por ejemplo de las diez líneas en el ordenador, y los reduzco empezando por los más largos. Los artículos ganan si se acortan, aunque no siempre el autor lo crea así.
Me temo que los editoriales de esta revista a veces tengan menos párrafos de la cuenta y más largos. Se trata, claro está, de dar una opinión razonada y la palabra “razonada” empieza ya por tener cuatro sílabas. No siempre mis artículos cumplen pues las normas de esta receta. Lo reconozco. Pero al menos el lector sabe ahora cuál es la receta y puede reprocharme que no haya sabido mantenerme fiel a ella.

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