Mi mes con Marisa Martins

Jordi Maluquer
Me encontré a la mezzo soprano Marisa Martins entre dos funciones de La gazetta, ópera de Giacomo Rossini que se representó en el Liceu hasta el 3 de julio de este año. En ella, Marisa interpreta el personaje de Doralice y lo hace con elegancia, dejando el ansia de “un poco más” cuando ha desgranado su única y bella aria Ah! “Si spiegar potessi…” Le manifesté mis reservas a la puesta en escena de Dario Fo que quiere añadir excesiva comicidad, con tics ya muy gastados, a una ópera que en si ya es cómica. La pude ver, también con Marisa en el mismo papel, en su estreno en el festival de Pesaro del 2001.
Cuando nos despedíamos, sonriente me dijo: “¿Por qué no te vienes a Cordon en donde hay un pequeño festival en el que canto Monteverdi, Mozart, Haydn y Purcell?”. Me entró un fuerte desánimo. ¿Cómo ir a un festival desconocido, lejos, en la Savoya francesa? Tampoco los ánimos, a una cierta edad, sobran. La propuesta se fue haciendo camino en mi mente. Vi que del 6 al 10 de julio no tenia excesivos compromisos y que me podía hacer un hueco en mi planificada vida. Era ya una buena señal.
Luego consulté por internet y me salió una bella foto de Cordon con el apelativo de “el balcon del Montblanc”. Setecientos cincuenta kilómetros de Barcelona. Vi que había pequeños hotelitos de quince a veinte habitaciones. Que el lugar tenía ochocientos y pico habitantes pero cuatro mil camas. Era turismo de invierno y de agosto. En julio ningún problema de alojamiento. Ni tan solo precios de temporada alta. Encontré una habitación a precio asequible en un dos estrellas a cinco kilómetros, encima de Cordon. El balcón efectivamente daba a una impresionante vista del Montblanc. Mi mujer y yo fuimos los únicos inquilinos de una amable dama que cocinaba como los ángeles.
El director del festival –le dije que haría la crítica para un periódico, El Punt– me comentó que no habría ningún problema para las entradas y que seria acogido en el carré d’or. (“Carré d’or” que se transformó en una pesada espera a cada concierto en donde al fin el mismo director –¡qué curiosa organización!– venía a la puerta para acompañarnos a una localidad, a veces errónea).
¡Pues a Cordon se ha dicho! En un festival bien dirigido artísticamente en donde se hacen programas, según su director Christian Chorier, inéditos en el sentido que la combinación de obras es inédita. Con dos conjuntos de cámara y tres cantantes se consigue hacer una música muy viva. Pude, pues, escuchar a Marisa Martins en su aria preferida, el Lamento d’Arianna de Monteverdi; luego en el Oh Solitude y The Plaint of Didon de Purcell, todo ello con el conjunto barroco Pulcinella que dirige Ophélie Gaillard; seis canciones de Mozart y tres de Haydn y, al fin, la maravilla de las maravillas: la Cantata Arianna a Naxos de Haydn con Jérôme Hantai al fortepiano. Desde la primera sílaba, la desolación hecha música se encarnó en Marisa que con una emisión de voz sin ninguna sombra nos llevó cogidos de la mano hasta el desenlace.
Casi en seguida, el día 11 de julio –su último recital en Cordon fue el 10– cantó en La Pedrera de Barcelona una canción de Salvador Brotons como preámbulo a la presentación de una exposición. El 17 cantó en Montpellier con la OBC, dirigida por Eduardo Diemecke, las Siete canciones negras de Montsalvatge, que sabe decir de manera renovada después de las sacralizadas versiones de Victoria de los Angeles o de Teresa Berganza. El 19 repitió el concierto en el Auditori de Barcelona.
Y si no se hubiera cancelado, por problemas de coproducción, la anunciada ópera infantil de Alberto Garcia Demestres Jocs de Mans, todavía habríamos podido oír a Marisa Martins el 31 de julio en el Festival de Peralada. Quien puede negar que, al menos para ese cronista, el mes de julio ha sido el Mes de Marisa, una suerte de bendición musical servida por un criterio artístico muy serio y una sensibilidad expresiva fuera de lo común.
Marisa tiene todavía una voz más apta para las sesiones de cámara que no para la ópera ni las grandes orquestas, a no ser que cuente con un director en sintonía. Su proyección vocal empero, va creciendo de manera natural, sin forzarla, y, a sus 29 años, se le puede augurar una impresionante carrera.

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