Qué son los transgénicos

Pere Escorsa
La polémica continúa. Por un lado, organismos como Greenpeace, expertos como el economista norteamericano Jeremy Rifkin o la física india Vandana Shiva, y sindicatos agrarios, como el catalán Unió de Pagesos, se oponen radicalmente al cultivo y la comercialización de productos transgénicos, también llamados Organismos Genéticamente Modificados (OGM). Por otro, la FAO, personalidades como el premio Nobel Norman Borlaug, padre de la “revolución verde” de los años 60, la comunidad científica y, por supuesto, las multinacionales productoras de semillas transgénicas, recomiendan decididamente su adopción.
El propio presidente Bush se quejó duramente de la moratoria establecida por la Unión Europea entre 1998 y 2004 sobre la venta de alimentos y semillas modificados genéticamente, alegando que vulneraba las normas del libre comercio internacional. Según él, los transgénicos son la solución para acabar con el hambre en el mundo. En cambio, el pasado junio los ministros de Medio Ambiente de la Unión Europea reconocieron el derecho de los estados a prohibir el cultivo y la comercialización de OGM, en contra de la opinión de la Comisión, partidaria de levantar las limitaciones en los 25 países miembros.
Pero ¿qué son los transgénicos? Son plantas o animales, en cuyo cromosoma se han introducido genes de otro ser vivo (virus, bacterias, vegetales o animales) para obtener características deseables, tales como resistencia a los parásitos, a las enfermedades, a las heladas o a la sequía, rendimientos más elevados, mejor sabor, colores más atractivos, etc. Un tomate que tarda más en madurar, un girasol que da más aceite o un ratón adecuado para investigar el cáncer, son ejemplos de OGM. Por extensión, se consideran transgénicos los alimentos que contienen OGM como ingredientes.
Uno de los transgénicos más conocidos es el maíz Bt, diseñado para que sea resistente al taladro, un insecto muy perjudicial. Se le ha insertado un gen procedente de la bacteria Bacillus thuringiensis que produce una toxina que mata al insecto. Algunas compañías crean semillas patentadas que resisten a los herbicidas que ellas mismas fabrican. Por ejemplo, con el herbicida Roundup, de Monsanto, los agricultores matan las malas hierbas sin dañar los cultivos obtenidos con semillas de la misma empresa.
De hecho, los OGM no son nuevos. Desde tiempo inmemorial los agricultores han cruzado especies cercanas, trasladando genes de unas plantas a otras. Pero desde 1983, en que se consiguieron las primeras plantas transgénicas en el laboratorio, la ingeniería genética ha saltado la barrera de las especies. Se anuncian para el futuro arroces con vitaminas, aceites reductores del colesterol, alimentos más nutritivos y con menos grasas. Fantástico.
Con estas premisas, los cultivos transgénicos se están multiplicando. Se estima que en el año 2004 se sembraron en el mundo 81 millones de hectáreas, más de la mitad de las cuales en Estados Unidos, seguidos a distancia por Argentina, Canadá y Brasil. España, país muy afectado por el taladro, es el mayor productor europeo de maíz transgénico.
Pero la felicidad no es completa. En primer lugar, los organismos atacados por las toxinas –insectos y malas hierbas– se vuelven resistentes, obligando a los agricultores a utilizar productos químicos cada vez más fuertes, que acaban también con los insectos polinizadores naturales. Además, los genes de los OGM se dispersan de manera incontrolada a través de las raíces y el polen, contaminando los cultivos vecinos, tanto tradicionales como ecológicos. Se hace difícil acotar las fronteras de lo que es transgénico.
Otro grave inconveniente reside en la dependencia respecto a los grandes productores de semillas y herbicidas: la americana Monsanto, la suiza Syngenta –resultado de la fusión de las divisiones agrícolas de Novartis y AstraZeneca – , la alemana Bayer y la también americana DuPont. Los agricultores dejan de plantar variedades autóctonas, fruto de largos años de experimentación, y se pasan a los monocultivos transgénicos, lo que les hace mucho más vulnerables y dependientes. Además, estas semillas están patentadas, por lo que no se pueden usar libremente. Un ejemplo: la compañía tejana Rice Tec patentó, años atrás, todas las variedades del arroz basmati, cultivado hace siglos en India y Pakistán, por lo que los agricultores de estos países corren el riesgo de ser obligados a pagar royalties a Rice Tec. Cabe señalar que, años atrás, Monsanto y AstraZeneca habían creado las semillas terminator que producían plantas estériles, obligando a los agricultores a comprar cada año nuevas semillas. Afortunadamente la indignación popular hizo que ambas empresas renunciaran a la comercialización de estas semillas.
Los pájaros están comiendo semillas transgénicas. La ganadería come piensos transgénicos. Nosotros comemos galletas, chocolates o helados que contienen probablemente una elevada proporción de soja transgénica. ¿Qué consecuencias tendrá esta contaminación genética? “Sencillamente, no lo sabemos” –responde Rifkin. No me extraña que el consumo de alimentos ecológicos se dispare.

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