Seis retratos de viudez

Jordi Pérez Colomé
Periodista
EL DUELO SON DOS AÑOS.
“Hija mía, no te pongas el pañuelo de luto, que no te lo quitarás en toda la vida”. Esto es lo que su madre le había dicho años antes a la señora Pacheco. Pero el día del entierro de su marido, la señora Pacheco se vistió de negro: “Me puse unos pañuelos negros, como una musulmana”. No estaba aquel día la señora Pacheco para elegir modelito. Su marido llevaba años enfermo y ella había tenido que cuidar de él, del ganado y de las tierras durante los últimos tiempos en su pueblo, Abertura (Cáceres). Estaba agotada. Las hijas lo confirman: “No podía más. Nos la teníamos que llevar con nosotras”.
Cuatro días después del entierro de su marido, las dos hijas se trajeron a su madre a Barcelona, donde vivían. La señora Pacheco venía todavía con el pañuelo en la cabeza. Cuando la vio el nieto de una abuela amiga gritó: “¡Qué fea!”, y se escondió debajo de la cama. A los tres días, sus hijas la habían convencido para que se quitara el luto riguroso.
Sin el pañuelo, la señora Pacheco mantenía el duelo. Hasta que un día, a los tres meses, la hija mayor, Francis, volvió a casa y la vio cosiendo: “Ya se está recuperando”, pensó. El cambio de vida y la recuperación física en casa de sus hijas ayudó a la señora Pacheco a mejorar. Fue un duelo bien resuelto y bien llevado.
Todas las viudas con las que he hablado coinciden sin embargo en que el duelo por el marido dura al menos un año, pero no más de dos. Las presidentas de asociaciones de viudas, que además de su caso conocen el de otras, coinciden: hay que aguantar el primer año.
“Es toda una señora”, me habían dicho de la señora Pacheco. Como todas las señoras de verdad, la señora Pacheco es sencilla y elegante, de ojos pícaros (“mis hijas se piensan que no me pongo azúcar en la leche”, confiesa a hurtadillas). Con su pelo blanco, vestida de negro, sentada a la ventana de un pequeño piso de un barrio de Barcelona, la señora Pacheco cuenta sólo la verdad, con naturalidad. No se vanagloria ni oculta nada. “Estoy viva gracias a que mi marido murió y a que mis hijas me sacaron del pueblo”.
La señora Pacheco en Barcelona dejó de hacer las tareas de casa y se dedicó al ganchillo –“coso para entretenerme”– y a la lectura –“leo a gente de mi época, Matute, Delibes, que yo pueda entenderlos”. Durante estos quince años en Barcelona, muchos domingos, la señora Pacheco y sus dos hijas se iban de turismo con una amiga que tenía coche: “Conozco mejor Cataluña que Extremadura”, dice.
Entre semana, la señora Pacheco espera en casa a sus hijas para comer; por la tarde va con Mari, la pequeña, al parque de la Trinidad: “A ver pasar las estaciones”. Allí se le acercan unos gatitos, y algunos pájaros, y charla con una vigilante. Ahora le cuesta andar y sale menos de casa (la finca no tiene ascensor y ella no quiere bastón), y va menos al parque.
El año pasado, la señora Pacheco tuvo que ir al hospital del Vall d’Hebron, de urgencias. “Era la primera que vez que me ingresaban en un hospital”. La tuvieron unas horas en el pasillo. Los enfermos que veía pasar la asustaron: “Aquello fue como pisar la antesala del infierno”. La señora Pacheco guarda mal recuerdo de los hospitales: “No quiero saber ná de hospitales. Quisiera morirme aquí sentada, y cuando mis hijas no estén”. Para que no puedan llevarla al hospital.

UNA PERSONALIDAD DISTINTA.
María Luisa Hernández es la viuda del ingeniero de caminos José Antonio Fernández Ordóñez, hombre ilustre y querido que murió hace cinco años, cuando ella tenía 62. Las primeras semanas fue difícil de creer: “Piensas que va a volver”. Todo había sido muy rápido. José Antonio empezó a cansarse en verano y el 3 de enero falleció. Tras el duelo habitual –“estuve año y medio, dos años, sin levantar cabeza; como en el aire” – , María Luisa empezó a ocuparse en algún voluntariado y en la Fundación de Amigos de Museo del Prado. Mantuvo además durante el duelo otras dos cosas que la ayudaron: el yoga, “que recomiendo a todo el mundo”, y la lectura. La vida de María Luisa, dos años después, se recuperaba.
María Luisa descubrió además algo nuevo. “José Antonio era muy absorbente y yo tenía que estar muy pendiente de él. Tenía en la cabeza mil cosas”. Ahora, sin “las mil cosas” de José Antonio, María Luisa veía que era una persona distinta: “Soy más pasota. Antes las cosas me afectaban mucho, ahora las veo con más tranquilidad”. Se ve cada día más fuerte: “Yo creía que no era así”. ¿Qué pasó? “Cuando se tiene un marido con mucha personalidad, luego hay que buscarse la vida; descubrirla. Ser más realista.”
La desaparición de algunas amistades fue relevante. (Las viudas ven cómo muchos matrimonios que consideraban amigos se desvanecen; a veces son las mismas viudas las que ya no se sienten a gusto entre matrimonios.) “Antes tenía un círculo de amistades amplio, ahora me he dado cuenta de quiénes son los verdaderos amigos, y tengo algunos muy buenos”.
María Luisa y José Antonio vivían ya solos, tenían cuatro hijos mayores: “Los hijos son importantísimos, y se les quiere mucho, pero no son lo mismo que un marido”. María Luisa tuvo la suerte de que cuando murió José Antonio uno de sus hijos se separaba, y volvió a casa. “Ha sido muy importante para no estar sola.”

LA SOLEDAD Y LA PUERTA.
Montserrat Rabella es la presidenta de la Asociación de Viudas de Barcelona, miembro de la Confederación de Federaciones y Asociaciones de Viudas Hispania, la Confav, que es la voz de las viudas en España desde 1969. El día en que visité a Montserrat en la sede de la Asociación de Barcelona, en un piso de una parroquia en el barrio de Horta –la Confav es “una asociación de apostolado seglar” – , estaba preocupada y a punto de ir a Madrid. Era antes de las vacaciones y parecía que el Gobierno quería presentar a la Unión Europea una medida impopular contra las pensiones de viudedad. Al final fue que no.
Como presidenta de una asociación de viudas, Montserrat conoce la vida de muchas. Le pregunté, en su opinión, por el mayor problema de las viudas: “La soledad”. La falta de dinero viene después; la soledad es si cabe un problema más difícil de solventar: “Vivir sola, sin poder compartir decisiones. Una hace por ejemplo una actividad pero cuando vuelve a casa, la puerta se le cae encima”. (El recurso a la puerta que cae para expresar soledad se lo he oído a tres viudas.)
La Confav es una asociación de acogida y reivindicación, pero básicamente es un lugar donde encontrar mujeres en la misma situación: “A veces llaman viudas a la asociación y preguntan: ‘¿Hacéis bailes con hombres? ¿No? Pues no me interesa.’” Hay otras viudas que encuentran excusas mejores para salir de la soledad: “Las hay que dicen que el médico les ha recomendado que muevan el esqueleto”. A pesar de no organizar bailes, la Confav sí que organiza salidas culturales, cursos y voluntariados, que también sirven para mover el esqueleto. Sin embargo, la soledad espera siempre en casa.

LA ACTIVIDAD ES UN ALIVIO.
Teresa Peralta consiguió evitar la soledad –y así aligerar el luto– con actividad. Murió su marido sin haber cotizado nunca, con lo que no tenía pensión, y dejó una deuda. La señora Peralta, a pesar de tener tres hijos, no quiso permitir que la ayudaran y así lo anunció: “Voy a ponerme a trabajar”. Tenía 70 años y el nieto mayor se extrañó: “Pero abuela, ¿te vas a poner a trabajar?” Que sí, que sí, le contestó la abuela. “Yo soy aragonesa y dicen que somos tercos”.
La señora Peralta fue a tres parroquias del barrio de Salamanca de Madrid, donde dejaba unas tarjetas: “Señora sola cuidaría niños”, decían. Al poco tiempo ya tenía trabajo: de institutriz de dos niños españoles de tres y cuatro años que vivían en Bolonia (Italia). “Yo era la abuela para ellos. No hablaba italiano pero daba igual, no tenía que hablar con nadie”.
“Esto me ayudó a no quedarme en casa triste y llorona. El trabajo por necesidad fue un gran alivio”. Cuando volvió a Madrid después de un año y medio en Italia y ya sin deuda, seguía lógicamente sin pensión, pero pudo conseguir una mínima para personas sin ingresos. No quería quedarse tampoco en casa. Volvió a las parroquias y pidió esta vez trabajo como voluntaria. En seguida lo encontró, en una residencia de ancianos del centro de Madrid: cosía y echaba una mano a las enfermeras. Lo hizo unos años, pero ahora, con 85, ya no tiene tanta fuerza. “Pero no puedo quejarme.”

LOS HIJOS EMPUJAN.
Con cinco hijos pequeños se quedó Avelina Navarro el día en que murió su marido. Tenía 41 años; hoy han pasado dieciocho. Avelina no trabajaba, pero pudo ocupar el lugar de su marido en el negocio familiar. Con la suerte de tener la economía cubierta, los hijos lo fueron todo, “porque el primer año es tremendo, tienes que agarrarte a algo”. Así, “me volqué en mis hijos. Ves la necesidad que tienen de ti.” No quería que sus hijos la vieran flaquear: “Si me veían débil, débiles iban a ser ellos. No podía ser débil ante de ellos. Ni transmitir pena.” De ahí parece que sale algo positivo para los hijos de viudas: “Dicen que los hijos de viudas son más responsables”, admite Avelina.
Pero la madre sigue sola: “Los problemas pesan más. Para solucionar algo, tenía que ir yo en persona al banco”. Porque una viuda “cuando se queda sola, se crece”. En las alegrías también falta algo: “Se echa de menos compartir, el compañero. Cuando mi primer hijo terminó la carrera, quería contarlo a alguien”.
Con los hijos ya criados, Avelina es ahora la presidenta de la Asociación de Viudas de Sevilla. No sabe estarse en casa: “Soy muy echada pa’lante. Hay que dedicar el tiempo a algo. Siempre tiene que haber alguna pequeña ilusión”. De la experiencia en la Asociación, ha aprendido que “digan lo que digan, el tiempo cura. El duelo, el primer año, hay que pasarlo sea como sea”.
Avelina enviudó joven, pero con cinco hijos no tenía la cabeza para pensar en otros hombres. Ahora, con más tiempo, lo ve distinto: “Estoy más libre. A lo mejor ahora una está más abierta a nuevos compañeros”. Otro hombre en mi vida.
Laura es la única de todas las viudas que me ha pedido que cambiara su nombre. Laura se quedó viuda con 46 años, con tres hijos mayores –el pequeño tenía diecinueve años– y con un trabajo estable, que le daba actividad e ingresos, además de la pensión. De los obstáculos en la vida de una viuda, le quedaba el más difícil: la soledad.
Laura pasó el duelo del primer año a duras penas: “Pensaba a veces que hubiera sido mejor que me llevara con él”. Cuando paseaba, Laura miraba por la calle a parejas mayores y pensaba: “Nunca iré así por la calle con mi marido”. Animada por una amiga, que la veía sola en casa, salieron una noche. Hacía siete meses que había muerto su marido. Era demasiado pronto. En el baile, se sentía fuera de lugar: “¿Y tú qué haces aquí?, me preguntaba. Me pedían para bailar y yo: ‘no, no, no’. Fue extraño”. Esta única salida en el primer año la dejó peor. En los primeros meses sólo salía con un matrimonio amigo: los sábados por la tarde iban de compras, a la piscina, a un museo; el domingo el marido le enseñaba de nuevo a conducir. Laura tenía el gran coche de su marido aparcado en el garaje, y había que sacarlo de vez en cuando.
Pasados unos meses, volvió a salir. Esta vez de día, a una excursión para personas solas. Fue mejor. Así volvió a animarse y una noche aceptó la invitación para salir con cuatro amigas: dos casadas, dos separadas y ella. Fueron todas a una sala de fiestas –“¡las casadas también!”, dice Laura – , pero seguía sin querer bailar. Hasta que una de sus amigas le dijo: “Va, vamos a bailar con estos dos chicos”. “Fue una encerrona”, recuerda. Pero fue bien. El hombre fue correctísimo y al acabar el baile se sentó junto a ella. No se decían nada. Laura miraba a su amiga que reía a carcajadas con su pareja de baile: “¿De qué demonios hablarán?”, pensaba. De repente, su acompañante le dijo: “Tan guapa y tan seria”. Empezaron a charlar. Laura le dijo que era apenas viuda, que tenía tres hijos. El hombre estaba casado y tenía dos. No ocurrió nada más, pero aquel diálogo natural la ayudó mucho. Rompió el hielo de los hombres: “Mi marido me decía que yo era muy inocente. Tenía miedo de que quisieran aprovecharse de mí. Pero vi que no, que hay de todo. Aquel hombre me ayudó en el momento justo, y no sé ni cómo se llama”.
Empezó a salir más a menudo. Ya con la idea de buscar a alguien: “No quería estar siempre sola”. No era fácil: “Los hombres no piden ya para bailar”. Hacía ya un año y medio que era viuda –hoy hace cuatro. Un día una amiga le enseñó cómo había chateado con amigos por internet. Laura no le dio importancia, no tenía ni siquiera correo electrónico.
Pero un sábado por la tarde, después de haber ido a pasear, volvió de nuevo a la casa vacía –el hijo que vivía con ella había salido: “Entonces te da el bajón. Y me dije: ‘voy a probar esto de internet’”. Se puso en el ordenador de su hijo, entró en hotmail y vio una página llamada Amor y amistad. “Reconozco que estaba desesperada”, confiesa. Entró y tuvo que rellenar un pequeño formulario sobre cómo era, decir de qué región y la edad. Le dio al botón y le salieron más de 400 hombres de su zona: “¡Algunos estaban casados!” Laura vio a dos posibles. Lo quería viudo, como ella. “Una amiga me había dicho que los separados vienen rebotados, que cuidado”. Quedó con uno de los dos a ciegas –“¿quién me iba a decir a mí que un día haría algo así?– y hoy llevan casi dos años de feliz relación, aún sin vivir juntos. Pero con planes de boda para el 2006.

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