El huracán que trina

El huracán Katrina llegó furioso, como nuestros lectores sabrán, a Nueva Orleans el 29 de agosto. Cualquiera que haya visto un huracán sabe que, tras apuntalar puertas y ventanas, hay que encerrarse bajo cubierto, esperar unas horas a que pase y luego arreglar los desperfectos. Pero en Nueva Orleans fue distinto. La situación empeoró justo después del paso del huracán: los vientos habían roto dos diques que mantienen a raya el lago Pontchartrain y un canal industrial del Misisipí, y sus aguas inundaron gran parte de la ciudad.
Esa fue la gran herencia del Katrina. (Curiosamente, los recordados huracanes de la última década en Estados Unidos han llevado nombre de chico: Andrew –del 92 y que fue una tormenta de grado 5, uno más que el Katrina – , Charley e Iván. Aunque el último que dejó muertos en Nueva Orleans, en 1965, se llamaba Betsy.) Con la ciudad inundada llegó el caos: el pillaje, la lentitud en el socorro, los desplazados desubicados, la sorpresa mundial.
Al ver el desastre, surgió la pregunta: ¿quién es el culpable? Está claro que un huracán no puede atribuirse a nadie. Ya ocurrió con el tsunami, cuando algunos incluso se preguntaron si el causante había sido Dios mismo, ahí es nada. Esta vez sin embargo unos diques habían cedido y la emergencia no había funcionado, con lo que también había responsables humanos. Con el presidente en la Casa Blanca del Partido Republicano y el alcalde de Nueva Orleans y la gobernadora de Luisiana del Partido Demócrata, la disputa política estaba servida.
En calamidades de este tamaño no es fácil asignar culpas. Había para todos: los diques estaban en mal estado; en las últimas décadas, para hacer navegable el río Misisipí, se habían erosionado marismas que protegían la región; muchas de las casas afectadas se habían construido a sabiendas en lugares peligrosos y sin control contra inundaciones; la respuesta de la policía ante el pillaje fue desorganizada, aunque según un habitante de la zona en declaraciones a The Economist, “la policía estaba a nuestro lado cogiendo televisores”. Todas las autoridades tienen seguramente su parte de responsabilidad. De todos modos, es el gobierno de Washington el que oficialmente debe tomar las riendas ante una emergencia así.
Cuando El Ciervo va a imprenta, las noticias que llegan de Nueva Orleans son de una ciudad cerrada donde se entra con permiso, con unas 150.000 casas destrozadas –muchas sin seguro – , pero con los desplazados volviendo a una cierta normalidad lejos de sus hogares. ¿Cuántos volverán un día a Nueva Orleans?

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