Mi biblioteca del papa Ratzinger

Casiano Floristán
Casiano Floristán (Arguedas, Navarra, 1926) es el sexto de siete hermanos e hijo de agricultor. Estudió ciencias químicas en Zaragoza, filosofía en Salamanca y teología en Innsbruck (Austria). Fue ordenado sacerdote en 1956. En la comida del misacantano se bebió el vino que había elaborado diez años antes, como enólogo en la bodega de su padre, para su futura boda. Pertenece a la diócesis de Pamplona, donde va de visita a ver al arzobispo con fingida humildad. Obtuvo el doctorado en teología pastoral en 1959 en Tubinga (Alemania). Cuando volvió de Alemania, fue presentado por un cura guasón a los compañeros así: “Primer pastoralista de España y quinto de Alemania”. De 1960 a 1996 fue profesor ordinario de Teología Pastoral en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue asesor de los obispos españoles en el Concilio Vaticano II y presidente de la Asociación Española de Teólogos Juan XXIII de 1980 a 1988. Ha dado cursos en América Latina y Estados Unidos en verano, a lo largo de 30 años. Desde octubre de 1997 es profesor emérito. Ha publicado unos 30 libros, traducidos a varios idiomas, incluido el chino. Los más importantes son Teología práctica y La Iglesia, comunidad de creyentes (Sígueme).

Las biografías del nuevo Papa señalan que proviene de una familia modesta de campesinos alemanes de Baviera, distintos de nuestros payeses, segadores, vendimiadores y aceituneros altivos. Le gustan las salchichas bávaras de hígado, eine Delikatesse. Por otra parte, Joseph se aficionó a la música clásica en familia. Nosotros oímos por radio Olé jotas vibrantes, pasodobles andaluces y coplas de la España profunda. Difícilmente llegamos a saborear a Mozart, el músico preferido del nuevo Papa.
En cualquier familia alemana se guardan fotografías en sepia de antepasados que fueron empleados de ferrocarril, policías, carteros, militares prusianos con bigote y mujeres teutonas. Nosotros, en cambio, somos hijos de bandoleros con manta palentina, sobrinos de obreros flacos y renegridos huyendo a Francia, nietos de los maquis de Asturias, miembros de las cofradías de semana santa con un cirio en la mano y un capirote en la cabeza y descendientes de los “santos inocentes” de Extremadura. Demasiado pintorescos para entender al nuevo papa.
Ratzinger fue siempre atractivo, guaperas, de ojos tunos, manos suaves, bien peinado y maneras discretamente amaneradas. Todavía mantiene restos nobles de su porte antiguo, con trazos finos y cabellos blancos. Le sientan bien los colores de los atuendos papales. No intimida su voz suave y fina, en contraste con sus palabras contundentes de prefecto de la fe. Hay algo en él misterioso que llama la atención, incluso en la pantalla: no deja de mirarte. Conmueve por su timidez y su apariencia humilde. Tiene pinta de rezar mucho. Vamos, que te acompleja.
Cuando yo abandonaba la Facultad de Teología de Tubinga con el doctorado debajo del brazo a finales de 1959 para volverme a Navarra, tomó posesión de su cátedra poco tiempo después el joven profesor Ratzinger con dos tesis brillantes a sus espaldas: una sobre San Agustín, del que heredó el pesimismo y la certeza de que en la Iglesia hay pecado, y otra de San Buenaventura, franciscano propicio a la reforma de la Iglesia y defensor acérrimo del primado papal. También estudió a fondo a Santo Tomás, del que heredó rigor, sistema y claridad.
Ha escrito unos 60 libros –la mitad traducidos al castellano– y más de 300 artículos. Ha sido profesor de dogmática en las Facultades de Munich, Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. Sus temas predilectos de estudio han sido liturgia y misión, escatología y encarnación, dogmática y mística, piedad y liturgia, fraternidad cristiana e institución jerárquica.

Pueblo y casa de Dios en la enseñanza de san Agustín sobre la Iglesia
Estudió la eclesiología agustiniana en su tesis con este título (Munich 1954, no traducido). Llegó a decir atrevidamente que “si la Iglesia está fundada sobre Pedro, está fundada no sobre su persona sino sobre su fe… El fundamento de la Iglesia es Cristo”. La entiende como casa y pueblo de Dios, realidad institucional y carismática, jerarquía y fraternidad. Lo plasmó en un libro pequeño pero enjundioso, basado en los Hechos, La fraternidad cristiana (Taurus, 1960), escrito antes de que proliferaran las comunidades de base, que las rechazó por populares y democráticas.

El nuevo pueblo de Dios
Según Hans Küng, el teólogo Ratzinger redujo la colegialidad de la Iglesia a la colegialidad de los obispos, “para pasar por alto la colegialidad, tanto de las comunidades como de la Iglesia entera”. No es extraño que las bases progresistas se llevaran un susto cuando salió al balcón de la plaza de san Pedro vestido de Papa. Otros muchos –los conservadores– se alegraron de la “buena nueva” proclamada por el cardenal telonero. La eclesiología de Ratzinger se encuentra en El nuevo pueblo de Dios (Herder, 1972), excelente obra, y en La Iglesia (Paulinas, 1991). Es eclesiología de la comunión, con mucho acento primacial.

Informe sobre la fe
Como buen católico de Baviera, Ratzinger ha sido siempre un “romano” sin fisuras, a diferencia del suizo Hans Küng, crítico frente a la curia. El hecho es que hay una distancia sorprendente –aunque no excesiva– entre el Ratzinger teólogo conciliar progresista de 1962 y el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 1982. Muestra su pensamiento en un diálogo claro y pesimista con el periodista italiano Vittorio Messori en Informe sobre la fe (BAC, 1983); el título “Informe sobre la Iglesia” hubiera sido más exacto. Este informe no fue bien recibido por muchos teólogos y no pocos obispos. Lo juzgaron demoledor y pesimista.

Introducción al cristianismo
Ratzinger destaca por su rigor, claridad, precisión y contundencia. No llega a la altura de Rahner y Congar, Küng y Metz, y ocupa un lugar modesto en las antologías teológicas de Gibellini, Vilanova, Vorgrimler y Winling. No ha creado como Barth, Tillich, Congar, Rahner y Moltmann, un “universo teológico” o un “sistema dogmático”. Pertenece al polo conservador del pensamiento teológico alemán, contrario a los críticos. No protesta cuando le llaman defensor de la “restauración”, a condición de precisar que eso equivale a la “búsqueda de un nuevo equilibrio”. Se muestra así en Introducción al cristianismo (Sígueme, 1970), obra destacada. Se ve asimismo su pensamiento teológico en Fe y futuro (Sígueme, 1971).

Un canto nuevo para el Señor. La fe de Jesucristo y la liturgia de hoy
Es un melómano, como todo alemán que se precie. Tiene un piano de cola en su piso, que toca con soltura. Supongo que llevarán el Klavier a las habitaciones papales. Es lógico que no nombraran papa al cardenal Maradiaga, de Tegucigalta, ya que sólo sabe tocar el saxofón, instrumento de los bajos fondos de Nueva Orleans. La estética es tan importante en Ratzinger como la ética. Es bueno leer sus incursiones teológica-​litúrgicas en Un canto nuevo para el Señor. La fe de Jesucristo y la liturgia de hoy (Sígueme, 1999), La fiesta de la fe. Ensayo de Teología litúrgica (Desclée, 1999) y El espíritu de la liturgia. Una introducción (Cristiandad, 2001). Guarda un recuerdo inolvidable de Guardini, otro esteta y melómano que roturó caminos.

Instrucción sobre algunos aspectos de la ‘Teología de la Liberación’
Por su anticomunismo visceral, no aceptó Ratzinger la teología de la liberación de Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Juan Luis Segundo y Jon Sobrino. Creyó que estaba impregnada de marxismo; lo de Iglesia popular le pareció un experimento latinoamericano inaceptable a lo chino. Se observa el rechazo “liberador” de Ratzinger en Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la Liberación” de septiembre de 1984, publicada por la Comisión para la Doctrina de la Fe, presidida por él. En realidad ahí se condenó, según los entendidos, una caricatura de dicha teología, en la que “no se reconocería ningún teólogo serio en América Latina” (Juan Luis Segundo).

Ser cristianos en la era neopagana
Ratzinger combinó en Baviera la cátedra de teología y el despacho parroquial. Fue arzobispo de Munich y al cruzar la plaza, escuchaba atentamente, con todo el pueblo muniqués, la música de los muñecos que dan vueltas a una noria de juguete, bajo el reloj del ayuntamiento, al dar la hora. Entonces los bávaros, profundamente católicos, son iguales. Pero son católicos si cumplen los requisitos de Ser cristianos en la era neopagana (Encuentro, 1995).

El Dios de Jesucristo
Nuestro Papa, recién escudillado, fue en su juventud y primera madurez, antes de asentarse en el palacio del antiguo Santo Oficio, buen teólogo, siempre al servicio del gobierno eclesiástico. Conservó celosamente la fe de los católicos, incluso la de Hans Küng y Leonardo Boff, al modo como se guardan en el sótano botellas de vino añejo. Obras teológicas de Ratzinger, elaboradas y pensadas con una visión serenamente conservadora, son El Dios de la fe y el Dios de los filósofos (Taurus, 1972), Teología e historia. Notas sobre el dinamismo histórico de la fe (Sígueme, 1972), Dios como problema (Cristiandad, 1973) y El Dios de Jesucristo (Sígueme, 1979). Vilanova, el inolvidable Evangelista, dijo que Ratzinger “se distinguió por sus aportaciones históricas de valor hasta que al ser nombrado prefecto sobre la Congregación romana de la Doctrina de la Fe, en el pontificado wojtyliano, se asentó en una postura altamente vigilante y ortodoxa”. Ha sabido divulgar –dicen Fermet y Marlé– un “impacto catequético”, sobre todo a través de sus reflexiones sobre la fe. Ha desgranado los artículos del credo con maestría, sin salirse de la raya conservadora, preocupado por un pluralismo excesivo de interpretaciones. Siempre le ha gustado repensar la fe cristiana en la unidad, centrarse en lo esencial.

Revelación y tradición
Por otra parte, piensa que el Vaticano II no confirmó ni el papalismo clásico ni el episcopalismo, sino que optó por una “tercera posición”, la consabida posición centrista de los que dicen –equivocadamente, pienso yo– que la virtud está en el medio. Ratzinger ha acentuado siempre el valor católico del “papa solus” y ha juzgado con cierto distanciamiento la colegialidad de los obispos y las conferencias episcopales. Es decir, ha interpretado el Concilio de un modo reductor y ha optado por la estabilidad doctrinal en una postura “restauracionista”. Recordemos su libro Revelación y tradición (Herder, 1971).

Iglesia, ecumenismo y política
Teólogos que habían hecho en el Concilio un excelente trabajo, como Ratzinger, Urs von Balthasar, De Lubac, Hamer y Delahaye –ha señalado Vilanova – , se desmarcaron de los teólogos firmemente conciliares como Rahner, Congar, Schillebeeckx, Küng y el grupo de la revista Concilium. En oposición a los progresistas, crearon la revista Communio y adoptaron una actitud de reserva y distanciamiento de cara a las consecuencias posconciliares. Quizá por el “vacío espiritual” que surge siempre en tiempos de crisis, retornaron a una visión neoconservadora, propia del catolicismo postridentino, caracterizado por el sobrenaturalismo, autoritarismo, moralismo, pietismo y dirección desde arriba, sin consejos democráticos. Podemos comprobarlo, por ejemplo, en Iglesia, ecumenismo y política (Paulinas, 1987). Naturalmente, estas posiciones fueron bien vistas y apoyadas por la curia, que se repuso del susto conciliar a base de tila y unas copas de coñac francés, hecho por los ultraconservadores galos en sus propias bodegas familiares. El papa Ratzinger ha sugerido siempre buscar la fe pura, sin contaminarse de las corrientes que campan en el mundo. No tengamos miedo: la curia romana no tiene una teología particular sino la “fe apostólica”. Ahí hay que estar, resguardados y calentitos, sin resfriados ni pulmonías.

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