Laura y Condi, presidentas

George W. Bush lleva ya seis meses de su segundo mandato en la Casa Blanca. Se le ve más tranquilo. Tan mal lo pintaban cuando lo reeligieron que ahora nos alegra que se hable poco de él. Y cuando lo citan es para bien: vino a visitar la Unión Europea en Bruselas y luego se acercó para celebrar en Moscú el 60 aniversario del final de la Segunda guerra mundial. Tuvo también su lejana participación en las elecciones ucranianas y en la retirada siria –de tropas– del Líbano. Además, como fueron bien las elecciones en Irak y los europeos le hacen más caso, ahora les deja tratar con Irán sobre armas nucleares, y anima a China para que convenza a Corea del Norte. Incluso, para que nos alegremos del todo, permitió que la Corte Penal Internacional –cuyo tratado fundacional Estados Unidos no ha firmado– inicie un proceso por crímenes contra la humanidad por lo de Darfur (Sudán).
En este apacible panorama, Condoleezza Rice, la nueva secretaria de Estado, tiene un papel apaciguador. Bush la aprecia y confía en ella, y Condi lo aprovecha para hacer y deshacer a su gusto, más diplomática y sabia que su colega Rumsfeld, desaparecido.
La otra gran protagonista del semestre es la esposa del presidente, Laura. En una cena con la prensa en Washington, Bush hacía su típico discurso, con bromas. En una de ellas, Laura se levantó y le dijo: “Oh no, George, por favor, no cuentes ese viejo chiste otra vez”. George se sentó y Laura tomó la palabra (la situación y el discurso estaban preparados, pero Laura hizo bien su papel). La mejor de sus frases fue: “Le dije a George el otro día: ‘George, si realmente quieres terminar con la tiranía en el mundo, tienes que irte a la cama más tarde de las nueve.’ Veréis, estoy casada con el presidente de Estados Unidos, y así es una de nuestras típicas noches: nueve en punto, aquí el señor don Diversión duerme profundamente y yo miro la tele con Lynne Cheney [esposa del vicepresidente, Dick Cheney]”. Cuentan las crónicas que George Bush acabó llorando de risa, lo que le honra.
En España, un poco de este humor sería bien recibido. Nos cuesta aún imaginar a las mujeres de José Luis y Mariano diciéndoles: “No, por favor, otra vez no: siempre el mismo rollo”.

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