Un poco de apertura

Miquel Siguan
Catedrático emérito de psicología
En 1951 hacía doce años que había acabado la guerra, doce años en los que el régimen de los vencedores pretendía imponer su peculiar visión de España. Pero más aún que sus consecuencias políticas, lo que había dejado la guerra era un país empobrecido y en el límite de la subsistencia, una pobreza agravada todavía por el aislamiento. Poco después de terminada la guerra española habían empezado los largos años de la guerra mundial y una vez terminada ésta en 1945 los aliados habían decidido ignorar al régimen español. En 1951 el aislamiento empezaba a romperse.
Ello ocurría por causas puramente exteriores. Una vez derrotada Alemania los que habían sido aliados frente al régimen de Hitler muy pronto se distanciaron, se levantó el telón de acero y se fue perfilando la Guerra fría. Este distanciamiento acabó favoreciendo al régimen franquista. A finales de 1950 la ONU retiró la condena y los embajadores extranjeros volvieron a Madrid. De manera que los que confiaban en que el triunfo de los aliados representaría el final del régimen franquista tuvieron que aceptar que la cosa iba para largo mientras el régimen se veía obligado a hacer algunos gestos de apertura. En 1951 en el gobierno de Franco además de falangistas más o menos puros y de militares estaban hombres como Martín Artajo y Ruiz Giménez, que representaban un pensamiento de raíz religiosa y ajenos al totalitarismo.
De todas maneras España seguía siendo una economía autárquica y estatificada, el gobierno decidía el cambio de la peseta y manejaba todas las divisas que entraban en el país de modo que para adquirir un producto era necesario no sólo conseguir permiso de importación sino conseguir las divisas y para viajar al extranjero no sólo era necesario tener pasaporte y permiso sino demostrar que alguien pagaría la estancia en el lugar de destino.
Las materias primas básicas, como el hierro o el cemento, estaban nacionalizadas y en principio destinadas a las grandes obras del régimen: pantanos, planes de regadíos, de manera que empresas y particulares se veían obligados a adquirirlos en un mercado paralelo. Para mantener la actividad económica y disponer de lo que no podía llegar del extranjero había que multiplicar el ingenio y como muestra basta un botón. En 1951 se presentó solemnemente al público el Topolino, un coche construido íntegramente en Palma de Mallorca. Y en el mismo año se corrió en el circuito de Montjuic el gran premio Peña Rhin, una prueba de motociclismo puntuable para el campeonato del mundo que ganó un corredor italiano pilotando una moto Gilera construida en Barcelona. Faltaban aún diez años para el Plan de Estabilidad y la convertibilidad de la peseta y poco más para que de la Seat saliesen los primeros 600 de serie.
En 1951 los medios de comunicación reflejaban la ideología oficial bien en la versión falangista caudillista representada por el Arriba o la versión conservadora y tradicional del ABC pero se advertían también intentos de modernización, por ejemplo la controversia sobre el ser de España producida por la publicación de los libros de Laín y de Calvo Serer del Opus Dei. Un enfrentamiento que hoy nos resulta muy lejano pero que en aquel momento tenía su miga.
Resulta curioso recordar que en 1951 en Madrid había dos eclesiásticos que a través del púlpito y del confesionario ejercían una influencia literalmente extraordinaria entre la juventud más o menos intelectual, universitaria. El uno, localizado en la iglesia de los jesuitas de la calle Serrano era el padre Llanos, capellán mayor del Frente de Juventudes y muy cercano a los planteamientos de Laín. El otro era el padre Panikkar que, desde el Colegio Mayor del Opus en la Moncloa, proponía un catolicismo estrictamente ortodoxo pero moderno y cosmopolita. Hoy, medio siglo después, sabemos que con el tiempo el padre Llanos se instaló en una chabola en el Pozo del Tío Raimundo y en nombre de su fe compartió destino con los inmigrados, se afilió al Partido Comunista y a su alrededor se gestaron las primeras Comisiones Obreras. Y que Raimundo Panikkar, después de unos años alternando Bombay y Benarés con la Universidad de California, hoy en lo alto de una montaña catalana ejerce de maestro, o de gurú, de una espiritualidad de clara raíz védica. Hace medio siglo nadie, ni ellos mismos, podían preverlo.
Precisamente desde la perspectiva actual quiero destacar dos hechos ocurridos en Barcelona en 1951 y que, igual como la fundación de El Ciervo, anunciaban los cambios que ocurrirían en el futuro.
El primero es la huelga de usuarios del tranvía. El anuncio de que se iban a subir las tarifas provocó de una manera casi espontánea y sin más medio de difusión que el boca a boca, la negativa a usar este medio de transporte, consigna que fue seguida sin excepción a lo largo de tres días con gran sorpresa no solo de las autoridades sino de los propios barceloneses que descubrían así la fuerza de la solidaridad. El recuerdo de la huelga de los tranvías se mantuvo muy vivo y que jugó su papel en el nacimiento de las organizaciones vecinales que luego desempeñaron un papel tan destacado en el camino hacia la transición.
El segundo es la preparación del Congreso Eucarístico que se celebró en Barcelona en 1952. Dada la estrecha relación entre el régimen político y la cúpula de la jerarquía eclesiástica se podría suponer que la preparación fuese sólo una cuestión de colaboración entre la Iglesia y organismos administrativos del Estado. Pero quizá porque el Congreso se organizaba en Barcelona, el planteamiento fue distinto y de la organización de los actos se encargaron organizaciones apoyándose en voluntarios y con completa independencia de la administración. La experiencia de este trabajo cívico a cargo de organizaciones de voluntarios no sólo tuvo como consecuencia que el Congreso se prolongase con algunas actuaciones de orden social, sino que despertó la conciencia cívica de muchos activistas que en los años posteriores se incorporaron a la lucha política en campos muy diversos.

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