Las películas de mi época

Manuel Quinto
A principios de la década de los 50, el cine se hallaba en un momento muy especial en su desarrollo como arte y como industria. La posguerra producía el neorrealismo en Italia, los festivales descubrían el cine japonés de Kurosawa, en los Estados Unidos estaba en auge la caza de brujas del infausto senador McCarthy, mientras que Renoir y Ophuls regresaban a Francia. En aquellos años, yo comencé a ir al cine. Mis recuerdos más persistentes van ligados al surgimiento del cinemascope, la gran pantalla cuyas cortinas se abrían al compás de una marcha militar de De Souza, que luego daba paso a la fanfarria de la 20th Century Fox. Así, puede decirse que desde los 50 hasta hoy se extiende mi particular historia del cine.
Determinadas películas han representado mucho para mí. A través de ellas he ido solidificando una afición irreprimible, a la vez que comprendía mejor el mundo y a la gente. El cine no ha sido un entretenimiento, sino una teoría del conocimiento, unas experiencias por personas interpuestas, una forma de trascender lo inmediato. En el momento de elegir las películas de mi vida, señalaré diez, no siempre en el orden en que las vi, sino en el de su producción. Hay que decir, claro está, que no digo que sean las mejores de estos años. Son las que me han causado una mayor impresión y, aún ahora, las vuelvo a ver siempre que tengo ocasión, renovando sensaciones, en la confirmación de que transitamos juntos a través del tiempo. Veamos cuáles son:
Diario de un cura de campaña, de Robert Bresson (1951). Pocas veces la soledad, el sufrimiento y el sacrificio han estado tan patentes como en esta austera y profunda adaptación de la novela de George Bernanos. Una muestra de auténtico cine religioso, sólo parangonable al Ordet de Dreyer.
Raíces profundas, de George Stevens (1953). Son varios los westerns de los que he disfrutado, en un género que quizá sea mi preferido. Los maestros Ford y Hawks se han unido a los Mann, Daves, algún John Sturges, Sam Peckimpah. Pero nunca he vivido con tanta intensidad el drama interior del marginado que se redime en un acercamiento a la tierra y a la familia, como en la figura de Shane alejándose herido hacia las montañas, mientras Joey le suplica un imposible retorno.
Esplendor en la hierba, de Elia Kazan (1961). La sensualidad reprimida y la diferencia de clases entre Deanie y Bud conducen inexorablemente hacia una elección entre la locura o el conformismo y se resuelven en una despedida melancólica, con los versos de Woodsworth definitorios de que “la belleza subsiste en el recuerdo”, que yo transformaría en “no hay belleza sino en el recuerdo”.
West Side Story, de Jerome Robbins y Robert Wise (1961). Los musicales de la MGM dirigidos por Donen o Minnelli son los grandes clásicos, explosiones de alegría y color. Sin embargo, el paso definitivo lo marca esta versión de Romeo y Julieta entre las bandas juveniles neoyorquinas, una tragedia con partitura inolvidable de Leonard Bernstein.
El Gatopardo, de Luchino Visconti (1963). Visconti nos explica la llegada inexorable de la vejez, con su corolario de renuncias, en el personaje señorial decadente del Príncipe de Salina, enmarcado en la unificación de Italia tras Garibaldi, en la que “todo debe cambiar, para que todo siga como está”. El baile final –vals inédito de Verdi incluido– es ya una de las secuencias magistrales del cine.
Persona, de Ingmar Bergman (1966). He elegido esta película de uno de mis autores predilectos, porque es una de las más ricamente ambiguas, llena de sugerencias, en una magistral dirección de actrices tan maravillosas como la Anderson y, sobre todo, la Ullman. También podría haber destacado Como en un espejo, Los comulgantes, Fanny y Alexander o En presencia del clown.
La jauría humana, de Arthur Penn (1966). Nunca la violencia presente en las estructuras sociales americanas estalla con tal intensidad y resulta tan definitoria de unas relaciones de dominio, generadoras de insatisfacción y ansias de revancha en orgías de sábado noche, como en este guión de Lillian Hellman sobre la novela de Horton Foote. Un reparto de campanillas, incluidos secundarios de la talla de Robert Duvall, E. G. Marshall y Miriam Hopkins.
El padrino I, de Francis Ford Coppola (1972). Podría haber elegido El padrino II, demostrativo –con El Quijote en literatura– que también segundas partes fueron buenas, pero me quedo con la imborrable impresión que me causaron las dos primeras versiones consecutivas en el mismo día de esta saga mafiosa convertida en auténtica tragedia shakesperiana “llena de ruido y furia”.
Manhattan, de Woody Allen (1979). Nueva York, el puente de Brooklyn y las majestuosas entradas de la Rapsody in Blue de George Gerswhin. Momentos inolvidables en un homenaje a una ciudad y en el punto álgido de la intersección entre la vida y la obra de este hombrecillo tan inteligente, en el que la ironía está siempre teñida de comprensión. Añadamos la compañía de Hannah y sus hermanas, Delitos y faltas y Zelig.
La mirada de Ulises, de Theo Angelopoulos (1994). Conocí a Angelopoulos en la presentación de esta película en Barcelona y nos hicimos amigos, más que nada porque yo hablaba francés y los periodistas presentes inglés. Este periplo de un director americano de origen griego por los Balcanes está repleto de escenas de una espléndida belleza, empezando por la gente con paraguas ante el cine en el pueblo heleno y terminando con las sobrecogedoras imágenes de Sarajevo en el desenlace.
Million Dolar Baby, de Clint Eastwood (2004). Como se ha repetido tantas veces, no se trata de un film de boxeo, sino de suma de soledades, como el Fat City de Huston, o elegía por los perdedores, como El buscavidas de Rossen. Eastwood, un actor formado con Leone y Siegel como pistolero silencioso y policía violento, se ha convertido en uno de los últimos clásicos, desde Bird o el desarmante western llamado Sin perdón.

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