La reina del hogar

Rosario Bofill
Periodista
La casa la llevaba la mujer y el hombre trabajaba fuera. La mujer era la reina del hogar (pronto se cansaría del eufemismo). En las casas todo solía estar en orden. Cuando llegaba el invierno se ponían alfombras y cortinas gruesas. Al llegar el buen tiempo se quitaban y los sofás y sillones a veces se cubrían con fundas de cretonas de flores para dar a la casa un aire primaveral. El veraneo era largo –de San Juan hasta primeros de octubre – , las fundas, que también podían ser blancas, no se quitarían hasta volver.
Las porterías eran de distinta categoría según hubiera portero o portera. Recogían los paquetes, las cartas, los recados y abrían la puerta del ascensor. ¡No faltaba más! Estoy hablando de casas, hogares, de clase acomodada, que es la que yo viví y por tanto la que mejor conozco.
En la organización de la casa el ama de casa contaba con ayuda. El servicio: camarera y cocinera, o luego se iría simplificando en “chica para todo”. La chica iba con una bata rayadita o a cuadros. Para servir la mesa se cambiaba con un traje oscuro y delantal blanco. En los años cincuenta en Cataluña las chicas de servicio –así se llamaban– venían de Galicia o de Andalucía. Eran fijas, es decir, dormían en la casa y tenían dos días de salida, el jueves y el domingo. Normalmente de cuatro a diez, lo más tarde. A veces, esperaban en el portal con el novio, apurando los últimos momentos. Hasta las diez en punto. Si no subían al piso puntuales era frecuente que alguien comentara: “Está abajo con el novio, de palique. ¡Hay que ver!” Tenían un mes de vacaciones para ir al pueblo. Durante los días laborables se levantaban las primeras y no paraban. A veces, por las tardes, si no había plancha, podían estarse en su habitación un rato. Después, preparar la cena, servir la mesa y dejar la cocina arreglada. Entonces podían retirarse a dormir.
No había ese utensilio que llamamos “fregonas”, se fregaba el suelo de rodillas, con una especie de alfombrita para las rodillas por toda comodidad. No había lavavajillas. Empezaba a haber alguna máquina de lavar ropa. Se fueron imponiendo las neveras eléctricas. Nada de microondas. Había pocos aspiradores, así que se picaban colchones y alfombras con una especie de raqueta de mimbre.
Un día a la semana solía hacerse lo que se llamaba “sábado”, que consistía en sacar los muebles de la habitación que tocaba, se fregaba el suelo, se quitaba el polvo, se lavaban las cortinas, se “hacían” los cristales. Todo patas arriba. El ama de casa lo supervisaba. A veces para estos menesteres se tenía una mujer de hacer faenas, que ayudaba.
La señora iba a la compra, en algunos casos incluso se hacía acompañar por la chica al mercado para que llevara el capazo. No había carritos para llevar la compra, ni supermercados. Lo que había eran colmados. Subían lo comprado a las casas.
Pronto se pondría de moda el “duralex” como algo muy práctico. Apareció el nylon y también el tergal y las camisas de los hombres ya no se plancharon con almidón cuellos y puños. En las casas se desayunaba sentados, se comía y se cenaba. Puntualmente. Nadie solía comer fuera de casa. Los alimentos congelados no existían.
Ningún marido se metía en la cocina. “¡Qué horror!” Ni jamás cambiaba un pañal de los pequeños. Las amas de casa cuidaban de que todo funcionara: la ropa planchada, los armarios en orden, la comida en su punto. En alguna ocasión hacían un plato especial. Por las tardes salían con alguna amiga, hacían punto, cosían o iban a buscar a los niños al colegio.
Algunas conducían, pero no muchas. No había fines de semana. La gente no se iba al campo como ahora. Incluso los sábados se trabajaba y poco a poco se fue aplicando lo que se llamó la “semana inglesa”, que consistía en hacer fiesta el sábado por la tarde.
Atender al marido, cuidar a los niños, la peluquería y la modista ocupaba bastante tiempo a las mujeres. Nada de prêt a porter, los vestidos a medida. Llevar el mismo modelo que una amiga era casi, para algunas, un drama. Había ropa de invierno, de entretiempo y de verano. Fuera de los trajes de noche, la verdad es que íbamos todas muy modositas. A principios de los 50 aún había algunas que llevaban pequeños sombreros para salir.

PANTALONES, NUNCA
Todas las mujeres llevaban unos jerseys llamados “rebecas”, que tenían que ver con la película de este título. Y las jóvenes lo que entonces se llamaban “nikis”, que venían a ser las camisetas de ahora un poco más ajustados que lo que se solía vestir. Pantalones, nunca.
A primeros de los 50 la gente joven organizaba “guateques”, es decir, fiestas en casa para relacionarse. Y las niñas bien se ponían de largo. Ya empezaban a salir chicos y chicas juntos. Rara vez solos. Y nunca de noche. Las chicas –las que estudiaban al terminar el colegio– era para ser enfermeras, azafatas, maestras, secretarias o farmacéuticas. Poner una farmacia a la niña era como un seguro de vida. Lo mejor para las niñas era encontrar un marido con carrera, o un fabricante. En las universidades empezaron a verse, poco a poco, por fin, también mujeres.
Era un mundo en que “las clases” contaban. Era un mundo más injusto.

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