Viví feliz en mi pueblo

Montserrat Obiols
Asistente social
Vivo desde siempre en Sant Just Desvern, cerca de Barcelona. Mi pueblo, en 1951, cuando yo tenía 10 años, tenía unos 3.000 habitantes, y lo recuerdo sencillo y amable, familiar. Gozábamos de un buen mercado, de la iglesia parroquial, de las Escuelas Nuria y, de un gran Ateneo orgullo del pueblo, construido hacia 1918 por la gente del pueblo y que era el centro y corazón cultural. Preparaban y realizaban la mayoría de actos y fiestas: teatro, cine, coro, el inicial orfeón, bailes, la fiesta de Sant Anton y la fiesta mayor. El bar estaba abierto siempre, y mi abuelo paterno cada domingo nos decía: “Al salir del casal parroquial venid que os invitaré a almejas”, y así lo hacíamos mi hermano y yo (era uno de nuestros mejores momentos).
Vivíamos y vivimos en una casa que mi abuelo, hacia el año 1925 se hizo, de aquellas llamadas “de Macià: la caseta i l’hortet” (una planta y un pequeño huerto). Vivíamos con nuestros abuelos paternos. Teníamos gallinero, conejos y cubas de vino. Los domingos por la mañana mi hermano y yo solíamos ir con mi abuelo y mi padre a dos pequeños terrenos (viñas), a ver cómo trabajaban y a almorzar. Antes, nosotros habíamos ido a la misa infantil, casi obligatoria.

LAS COCINAS IBAN CON CARBÓ
De aquellos años, tengo un rosario de recuerdos imborrables. Recuerdo las tardes y noches de invierno junto al hogar, el foc, con nuestra abuela, explicando cosas de su vida y cantando canciones de juegos, muchas de Apel·les Mestres, mientras se cocía la verdura. Entonces las cocinas funcionaban con carbón, que bastantes veces iba a comprar con un cesto: un quarterò de carbó. Después tuvimos, una “cocina económica” que decían. Y años más tarde se pasó a cocinas de petróleo y finalmente de butano. La luz se nos iba bastantes noches, y la vela era imprescindible.
El ritmo de vida cotidiana era ir a la escuela que estaba muy cerca de casa. Algunos días, antes iba a comprar al mercado “cap de costelles de vedella, carn picada i òs” para el caldo. Yo me ponía al lado izquierdo de la parada y el “Joan de la Carn” en seguida me preguntaba: “¿Qué quieres? ¿Lo de siempre?” y me lo servía enseguida para evitar que las mujeres se me colaran. Por las tardes, cuando salía de “repaso” de la escuela, iba a buscar un litro de leche, con la lechera.
En la escuela además de estudiar, algunos días cantábamos todos reunidos y el jueves teníamos clase de solfeo. Cuidábamos el jardín por grupos de cuatro niñas, nos lo pasábamos muy bien. El invierno del año 1953 creo, hizo tanto frío que muchas niñas llevaban el abrigo debajo de la bata-​uniforme y por la mañana salíamos a la galeria externa, con mucho sol, para hacer la clase más calientes. Las clases eran separadas por edad y sexo, la escuela era mixta y seria. Pero al salir al mediodía y especialmente por la tarde nos íbamos a jugar a la calle o a espacios de los alrededores o a casa de las amigas: casi todas tenían patio o jardín más o menos grande. Jugábamos hasta que alguien daba la orden de ir a casa. Y aún algunas noches íbamos a la plaza de la iglesia donde coincidíamos niñas y niños para jugar al escondite.
En verano jugaba con mi hermano y prima. Tengo la sensación de que el juego llenaba por completo nuestro tiempo. El rosario de recuerdos me lleva a añorar sobre todo los juegos en la calle: correr, montar paradas de tebeos o cualquier otra cosa. Por las tardes solíamos ir a las colinas cercanas, a subir, saltar y vivir en algarrobos o construirnos ermitas o a buscar moras o flores. Y descubrir poco a poco la realidad familiar de cada amiga o amigo. Si llovía, como la calle no estaba asfaltada, jugábamos a poner barreras de tierra, para parar el agua y luego a hacer figuras de barro con el agua y la tierra estancada.
El mundo de los mayores era un poco de niños también. Recuerdo bastantes mediodías, a mi padre y otros hombres jugando al veli (no sé cómo traducirlo: un juego de pelota con las palas que servían para lavar la ropa) en medio de la calle, después de comer y antes de volver al trabajo. Por la calle no pasaban coches. El único coche que circulaba era el del médico, y el coche de la casa del vecino, que al anochecer, entraba en su jardín y todos íbamos a mirar.
Otro recuerdo agradable es el del sábado por la tarde, al salir de la escuela: ir a tocar campanas. Éramos un pequeño grupo informal de niñas y niños, que teníamos la complicidad de las nietas del campanero y de él mismo, y el enfado de alguna maestra. Subíamos a oscuras por la escalera de caracol, con cierto miedo para tocar a fiesta con un ruido arrebatador.
Y las noches de verano gozando del fresco en la calle. Todos los vecinos iban saliendo, casi siempre en un mismo orden. En mi casa, el abuelo, obrero de la fábrica de cemento, era el primero en salir, con su sillón y el caliqueño. Los niños nos tendíamos por la acera con una almohada, jugando o escuchando y medio durmiendo al final. Allí se hablaba y reflexionaba en común, nos enterábamos de hechos y nos íbamos conociendo más. El carro era un elemento omnipresente en la vida del pueblo. Pocos años después empezaron a desaparecer. Había el carro del Manco, que vendía hielo por las calles. Era manco, simpático y buena persona.
Observábamos impresionados como cortaba las barras de hielo según la demanda. Otro era el del basurero, que con su trompeta avisaba de la recogida. Y otros carros eran el del simpático Bartolo, vendedor de sardina fresca; el del pellaire que a principios de semana o de fiestas pasaba a recoger pieles de conejo por las casas.
Un gran recuerdo de aquellos años es el cine. Iba al cine mucho más que de mayor. El jueves por la tarde, un pequeño grupo mixto de amigos, después de hacer los deberes y jugar, nos marchábamos al cine del Ateneo donde reponían películas antiguas; nosotros nos poníamos en los palcos tan tranquilos. El sábado por la noche iba con mis padres a ver estrenos, y finalmente el domingo por la tarde, después de ir a “doctrina” en la parroquia nos quedábamos a ver cine. Nos pasaban películas cómicas de Charlot, Jaimito, Buster Keaton, el Gordo y el Flaco. Nos las sabíamos de memoria, pero reíamos como locos.

CONOCÍ AL ZAPATERO
Otro recuerdo excepcional han sido los personajes que descubrí, sin saberlo entonces. Los iba escogiendo y de alguna manera me dejaron huella. Por ejemplo, el zapatero. Trabajaba solo en los bajos de su casa, relativamente grandes, pero bastante oscuros, como muchas casas. Le gustaba que fuéramos, nos preguntaba cosas de la escuela, de los gustos y nosotros sin querer, aprendimos su oficio: poner suelas nuevas picando clavos sacados de la boca, perfilar suelas y tacones y poner grasa a las botas de los futbolistas del Sant Just. Poco a poco este tipo de vida fue cambiando, pasaban más coches por la calle y nos molestaban. Y, luego, sobre todo, nos invadió la televisión.

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