Mi biblioteca Simenon y Wodehouse

José Antonio del Cañizo
Siempre he leído para pasármelo bien y no para presumir de lo que leo, y frecuentemente, cuando termino una novela densa y estoy dudando entre las que me miran desafiantes, hago como cuando culminamos un largo tramo de escalera muy empinado y nos paramos un momento antes de acometer el siguiente. Y elijo como compañero de descansillo a Georges Simenon (19031989) o a P. G. Wodehouse (18811975), porque sé que a las pocas páginas estaré intrigado y estremecido por culpa de Georges, o riendo o sonriendo gracias a Pelham Grenville.
Desde que lo descubrí en la biblioteca del Colegio Estudio de Madrid, el fino y alegre humorista inglés que creó al inolvidable mayordomo Jeeves me ha acompañado con unas 20 de sus 100 novelas, mientras el sombrío e inquietante belga al que tanto leía mi padre, y que creó al comisario Maigret, lo ha hecho con unas 80 de sus 190 obras (sin contar otras tantas breves y populares que firmó con diecisiete seudónimos durante una década de su juventud).
Simenon es muy cuantitativo, y entre las que llevan su verdadera firma hay también libros autobiográficos, ensayos, novelas cortas, tomos de artículos, hasta totalizar unos 240 en medio siglo, a una media de casi cinco anuales pero con años de hasta trece. Y todo ello simultaneado con la entusiástica atención que prestó a sus tan mencionadas diez mil mujeres, estimación a ojo establecida durante una desenfadada charla con su buen amigo Fellini, y que acompaña inevitablemente a su memoria.
En la escuela de frailes de Lieja fue muy piadoso y hasta místico, y ayudaba diariamente en la misa de alba; pero a los doce años fue iniciado sexualmente por una chica algo mayor que él y descubrió su misión en la vida, rompió con la religión, flojeó en los estudios, y los abandonó totalmente a los dieciséis para trabajar en La Gaceta de Lieja como reportero de sucesos, crímenes, juicios, para lo cual frecuentó comisarías y juzgados.
Desde niño se sentía fascinado por el antiguo y valioso reloj con leontina de su padre, y la musiquilla que emitía al abrirlo. Hacia los dieciséis o diecisiete años consiguió tras insistentes ruegos que se lo regalara, y se quedó emocionadísimo y feliz. Días después iba por la calle luciéndolo orgullosamente cuando se paró en seco ante un hotel a través de cuya cristalera vio a una negra escultural, y tras unas breves y atormentadas dudas, y un rápido y juicioso balance de ventajas e inconvenientes, entró y entabló con ella una negociación que dio dos frutos, consistente el segundo en la desaparición para siempre de las manos del padre y del hijo de aquel reloj tan amado por ambos.

LIBROS DE GEORGES SIMENON

Monsieur Gallet, difunto
A partir de los 21 años, ya en París y recién casado con Tigy, consiguieron ir viviendo de sus novelas cortas populares, en dos o tres de las cuales se vislumbró ya a Maigret, y a los 28 publicó la primera novela larga firmada con su verdadero nombre, protagonizada por el después famosísimo comisario. Se tituló Monsieur Gallet, difunto y mantiene el interés, pero lógicamente no es de las mejores. (Se suele decir que Jules Maigret se estrenó en Pietr-​le-​Letton, escrita quizás antes pero editada después). Dentro de ese mismo año, 1931, publicó once novelas, y tras aparecer la tercera le llamó un alto cargo de la policía para decirle que le habían gustado tanto que estaba dispuesto a ayudarle a remediar su desconocimiento de la vida cotidiana de un comisario, para lo cual le permitió acudir corriendo al lugar del crimen al mismo tiempo que la policía, cada vez que le avisaban.

La cabeza de un hombre y El loco de Bergerac
Tras varios meses de tan acertado tratamiento lanzó una verdadera obra maestra, La cabeza de un hombre, que mi padre leyó mucho después, frotándose las manos y con sus escasísimos pelos de punta, provocando mi desde entonces incurable “simenonmanía”. Al principio el juez condena a un presunto asesino con muchas pruebas; pero Maigret tiene sus dudas y hace que le dejen escapar para seguirle. Y él les lleva a descubrir a Radek, personaje apasionante y complejo que es uno de los mejores malos de la ficción policial. No hay que olvidar que Alfred Hitchcock decía que para que un argumento funcione el personaje del malo tiene que estar muy bien construido.
Ya en plena forma publicó otra de mis favoritas, El loco de Bergerac, en la que nuestro querido y admirado comisario resuelve el misterio estando inmovilizado ante la ventana de un hostal de dicha ciudad, tras fastidiarse una pierna al tirarse de un tren en persecución de un tipo raro que le intriga, y gracias a la ayuda de su mujer. (Idea inicial semejante a la que tuvo veinte años después Cornell Woolrich para el relato corto que el mencionado don Alfredo Hitchcock convirtió en La ventana indiscreta.)
Ya están aquí sus culpables que no son de una pieza (a diferencia de los de otros artífices del género), sino que están llenos de matices y contradicciones, tienen virtudes y defectos, y sienten violentas y ocultas pasiones y sordas y sórdidas desazones. Y, allá en el cenagoso, turbio fondo, se agazapa el oscuro y temible peso del pasado, cuya averiguación es la que permite esclarecer las culpas y comprender junto con Maigret, humanamente, hondamente, y a menudo compasivamente, a los convulsos, atormentados personajes.

El testamento Donadieu y Tres habitaciones en Manhattan
Poco después, Simenon conoció a André Gide, que admiraba mucho sus buenas novelas pero le hizo críticas constructivas de las flojas, y le animó a dedicarse más a las “duras”, “serias” o “literarias”. Él y Colette fueron quienes más creyeron en él y le ayudaron, y en general se relacionó poco con los demás escritores.
De sus novelas ajenas a Maigret he leído menos; pero impresiona que Simenon, a los 34 años, hubiese publicado 20 obras sobre el comisario y otras 20 “literarias”, siendo la que hace ese número una gran novela, una obra de envergadura, tremenda, ambiciosa y gruesa, pero que se lee de un tirón: El testamento Donadieu. Hay que echarle valor, pues como muchas de esas “duras” no es una novela-​descansillo, ni mucho menos.
Nuestro hiperactivo autor añadió a sus hasta trece novelas al año y unas tres mujeres al día numerosas mudanzas a nuevos caserones y castillos, y un montón de viajes por el mundo. Y, tras acabar la Segunda guerra mundial, vivió varios años en Estados Unidos. Al mes de llegar se convirtió en amante de una canadiense francesa de 25 años llamada Denise, a la que contrató como secretaria bilingüe para todo. Viajó por el inmenso país con ella, con Tigy y con su hijo Marc, y un lustro después se casó con la francesa tras divorciarse de la belga, que siguió viviendo cerca del escritor casi toda la vida, mientras Denise le daba tres hijos e iba hundiéndose en el alcoholismo y los internamientos psiquiátricos.
Inspirándose en sus iniciales y tórridos encuentros con su segunda esposa escribió Tres habitaciones en Manhattan, convertida en película como tantas novelas suyas. Es buena, tremenda, intensísima, aunque algo monocorde. Es la crónica fríamente desesperada del encuentro y el entrechocar de dos tremendas soledades, de dos cuerpos helados que se abisman uno en otro fogosamente, ansiosamente, provocando feroces celos de él, inestabilidad total de ella, e incesante consumo de alcohol por ambos. Mantiene la tensión hasta el final mediante el puro juego de los caracteres y los avatares psicológicos de los personaje, vistos con mirada casi científica, seca y emotiva a la vez, pero siempre contenida.

Maigret se enfada y El muerto de Maigret
Pero nuestro autor-​descansillo jamás descansa, y lleva tal ritmo de vida y de viajes, y tal cúmulo de mansiones y servidores, que necesita más y más dinero. Y, pese a su sempiterna minusvaloración de sus novelas maigretianas, tiene que seguir lanzando muchas más, hasta completar 80, porque se venden mucho mejor que las “literarias”. Y hasta que con casi 70 años publica su última novela, tanto de Maigret como en general, produce unas cuantas muy recomendables (además de otras que no haya leído yo, claro, porque aunque por este artículo no lo parezca frecuento e idolatro a muchos otros escritores).
Maigret se enfada resulta curiosa porque ya está jubilado pero se le presenta en su relajante casita de campo una anciana millonaria que sospecha de su yerno tras aparecer ahogada una nieta. Está muy bien construida e incluye tipos humanos interesantes e hilos hábilmente enredados. En El muerto de Maigret o Maigret y su muerto la pista de un hombre que le telefonea asustado porque le persiguen, y después aparece asesinado, le lleva a descubrir a unos criminales tremendos y fascinantes a la vez. La titulada La amiga de madame Maigret y también Maigret y el tercer hombre es buena, y además nuestra enternecedora, querida, y machistamente tratada madame participa decisivamente en la investigación. Y Maigret tiende un lazo también es sólida.
Entre las no maigretianas de esa época de madurez destaca la titulada Domingo, protagonizada por un matrimonio por interés que tiene un restaurante en la Costa Azul y una criada animalesca. Es tremenda y mantiene en tensión al lector.

Maigret y el ladrón perezoso y Maigret en Vichy
Cuando Simenon tenía casi 60 años entró a formar parte de su siempre numerosa servidumbre la italiana Teresa, que más adelante se convirtió en su tercera y última esposa. De los años siguientes recomiendo dos obras con sendos “culpables” interesantísimos y humanísimos, perfectamente construidos y en cuyas personalidades radica lo mejor de sus argumentos.
Una es Maigret y el ladrón perezoso, curioso y atractivo delincuente tranquilo, solitario, callado y gran lector, que tiene una anciana madre también interesante. Y la otra es Maigret en Vichy, ciudad-​balneario donde nuestro héroe, al que queremos ya como si fuese de la familia, pasea tranquilamente con su mujer y toma las aguas, como quizás hizo él con Teresa, pues con Denise es impensable. Y allí van planificando la jubilación, hasta que súbitamente aparece estrangulada una de las pacíficas y plácidas paseantes.
Como es habitual en Simenon, lo principal no es adivinar o llegar a saber quién es el asesino, sino descubrir su carácter, su psicología, su pasado y sus condicionantes, hasta el punto de que tanto el comisario como nosotros llegamos casi a comprenderle, estremeciéndonos por haber entrado tan a fondo en las oscuridades de un alma malherida.
Teresa le ayudó muchísimo en esta larga etapa, que fue durante bastantes años la más equilibrada y serena de su vida. Pero aquella felicidad estalló en pedazos cuando Georges tenía 75 años y su queridísima hija Marie-​Jo, inteligente, hipersensible y con un temperamento muy artístico, se suicidó a los 25 con un disparo de fusil en el pecho, en circunstancias parecidísimas a las de la novela titulada La disparition d’Odile, siete u ocho años anterior.


P. G. WODEHOUSE

Obviamente, uno no puede utilizar siempre a Simenon como compañero de rellano porque quizás acabaría pegándose un tiro, o disparándole a él, y por eso lo alterno con el mejor humorista inglés, que al mismo tiempo ostenta el récord mundial de duración de una carrera literaria, pues publicó su primer relato corto a los diecinueve años y estaba escribiendo el día que murió con 93. Las fechas de sus primeras ediciones en Inglaterra cubren desde 1902 hasta 1977.
Mis favoritas son El código de los Wooster (de Jeeves) y Ola de crímenes en el castillo de Blandings (de Lord Emsworth).
Pero habría mucho más que decir (y que reír).

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