La mistica de la calle

Mª Victoria Molins (Religiosa de la Compañía de Santa Teresa de Jesús — Barcelona)
Durante la semana me levanto a las seis de la mañana. La primera hora del día la dedico a la oración, la personal y la comunitaria con el rezo de Laudes. Es un tiempo de silencio y de interioridad, casi el único que tengo para serenarme, pensar, tratar con Dios, alimentarme de su palabra y dar pleno sentido a mi vida y al resto de la jornada.
Acto seguido, tres veces por semana, voy a la piscina para que el ejercicio físico mantenga mi columna sin demasiado deterioro.
Mi pequeña caminata hasta la Plaza de Cataluña es otro de los momentos buenos para pensar, observar, a veces oír las noticias en una pequeña radio portátil. Y el metro, uno de mis lugares preferidos para lo que llamo la “mística de la calle”, que me permite conocer y amar a mi sociedad.
El resto de la mañana es mi momento “profesional”, por llamarlo de alguna manera. Llego a la Editorial STJ y allí me dedico a escribir, contestar correo –electrónico, por supuesto– corregir pruebas, decidir lo que se edita y lo que no. Un trabajo variado y rico que me encanta.
La tarde es la que tiene más variedad para mí.
Los lunes, después de comer en el trabajo, me dirijo a un piso de acogida de ex drogadictos, enfermos de sida, que están en fase de reinserción en la sociedad. Han dejado la droga, están haciendo algún programa de rehabilitación, algunos de ellos cumpliendo una condena en medida alternativa, y todos con el deseo de cambiar sus hábitos y costumbres, y prepararse para una vida nueva. Un precioso trabajo de amistad con estos hombres que me enseñan muchas cosas. Lo que supone para ellos la lucha diaria, a veces rozando con lo heroico, por dejar aquello que ha sido su más fuerte adicción y, al mismo tiempo, la causa de su ruina personal.
Es aquí donde vivo y he vivido momentos inolvidables de mi vida. Gente con la que he compartido mucho, gente a la que he visto morir, después de luchar, gente a la que he querido en el fracaso y en el triunfo.
Al salir, por aquellas calles en donde se encuentran algunos de mis amigos “externos” metidos en un mundillo, a veces muy deprimente, a menudo me paro a hablar con alguno de ellos, a saber de su vida actual, a dar algún que otro cigarro a una pareja conocida que suele dormir en la calle porque los echan de todas partes, o me marcho a la calle San Ramón en busca de una chica que desaparece de casa de vez en cuando y sé dónde va a parar para pagarse el consumo.
Otras tardes las dedico a las familias de los niños de Cintra, un proyecto de educación en el Raval y Ciutat Vella (dos barrios deprimidos de Barcelona) que acoge a los hijos de familias con problemas. Esta tarea de acompañamiento es muy variada y me lleva a conocer de cerca tanta miseria desconocida para la mayor parte de la gente. Yo siempre digo que hasta que no se sube a alguno de aquellos pisos en donde se convive con la desestructuración familiar y social más lacerante, no se sabe lo que es la exclusión. Es aquí donde más sufro, siento impotencia, me duele en el alma la vida de tanta gente –especialmente niños– que viven su día a día al margen de lo que hemos llamado “vida normal”. Sus cualidades y sus defectos me enseñan mucho. Porque en medio de la miseria moral, de la degradación social, puedo encontrar tanto amor, tanta sencillez y tanto corazón que me avergüenzo de mí misma. El viernes es mi día dedicado a la prisión. Allí paso la tarde con otros tantos amigos, con los que hablo, juego y convivo unas horas. Hay gente a la que visito hace muchos años y gente que va llegando y renovando mi cupo de amistades y de nombres que –como diría Casaldáliga– van ocupando mi corazón.
He de decir que en todo esto me siento bastante torpe e impotente, y no hago nada más que estar y ofrecer mi amistad, porque no me dedico propiamente a solucionar problemas, que no es lo mío, ni a dar, porque no tengo. Me limito, digo, a estar.
Cuando, algo cansadilla, llego a casa por la noche, me encuentro a menudo con otros amigos, inmigrantes que conocemos del Proyecto Benallar y que son ya como “familiares” de nuestra comunidad y con ellos compartimos también preocupaciones y añoranzas. No pertenecen al número de los “marginados”, pero son el resultado de la exclusión que genera el neocapitalismo en países enteros.
Ceno y, después de comentar con la comunidad las cosas del día y de reír un rato, que es muy sano, rezo un poco –porque a esta hora ya no doy para más– y me duermo como una bendita hasta el día siguiente a las seis.

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