Cómo pueden ayudar los países ricos a los pobres

Artur Saurí, Joaquín Novella y Jordi Goula
Las preguntas corren a cargo del subdirector de El Ciervo, Jordi Pérez Colomé, con el objetivo de entender mejor cómo ayudar al Tercer Mundo
Jordi Pérez: ¿Qué es lo primero que pueden hacer los países ricos por los pobres?
Artur Saurí: Lo primero que yo haría sería reducir, o quizá eliminar, la deuda externa. Es uno de los mayores obstáculos para el progreso de los países subdesarrollados. Sin embargo, es algo que está bastante avanzado porque los países ricos ya han perdonado gran parte de su deuda. La deuda que aún queda es la de los organismos internacionales: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Tras el perdón de la deuda, el paso siguiente para beneficiar a los países pobres podría ser abandonar el sistema de créditos y pasar directamente a donativos.
Jordi Goula: Hay un segundo punto en el que también podemos mejorar. En estos asuntos de economía internacional, solemos ser muy hipócritas: nos llenamos la boca hablando de cómo ayudar a esta gente y de cuántos millones viven con un dólar diario, y al oírlo todos nos rasgamos las vestiduras. No obstante, los países realmente pobres la única riqueza que tienen es la más primaria, la que sacan de la tierra: la agricultura. Y nosotros –mediante barreras comerciales– les limitamos la posibilidad de exportar esos productos: así que o les compramos lo que producen o nunca saldrán del pozo. Evidentemente, esto que es tan fácil de decir y tan de sentido común, y que parece sencillo de hacer, choca con la realidad en la que está montada nuestra sociedad: las ayudas agrícolas que conceden Estados Unidos y la Unión Europea a sus productores provoca la aberración económica de que en el mercado un producto hecho aquí sea más barato que el mismo producido en Senegal o Marruecos. Esto no sólo les impide exportar, sino que llega a la barbaridad de que nuestros productos les resulten más baratos. Hasta que no eliminemos estas ayudas será difícil que los países de economías basadas en la agricultura puedan salir adelante.
Joaquín Novella: Se han tocado los dos temas más significativos: la deuda externa y el comercio. Para no repetir, yo iría más allá. Sería muy importante que ayudáramos al Tercer mundo a no vender sus productos en bruto, con poco valor añadido. En lugar de vender el café o el cobre en bruto, los países del Sur tendrían que poder manufacturarlos, transformarlos en productos acabados. Esto choca con los intereses de grandes transnacionales, que son las que ahora transforman estas materias primas. Por tanto no es un tema fácil: requeriría que a estos países se les suministre tecnología y formación. Otras dos cuestiones posibles serían crear un fondo internacional que sirviera para estabilizar los precios de las materias primas –para que el agricultor pobre pueda trabajar con cierta seguridad– y por otro lado el famoso impuesto Tobin, que gravaría el movimiento internacional de capitales y que se colocaría en un fondo básico para ayudar al desarrollo de parte del Tercer mundo.

QUÉ ES LA DEUDA EXTERNA
J. Pérez: Veamos una por una las soluciones. ¿Qué es la deuda externa?
J. Novella: Los países del Tercer mundo reciben ayudas en forma de créditos que dan los gobiernos occidentales, los organismos internacionales o los bancos privados. Son préstamos que hay que devolver con intereses. Lo que a cada país le falta por devolver, eso es la deuda externa. Cuando hablamos de deuda externa nos referimos sobre todo a la pública, que es la que se puede condonar. Luego están los créditos privados que ofrecieron algunos bancos para financiar operaciones de gobiernos del Tercer mundo.
J. Pérez: ¿Qué soluciones hay para esta deuda exterior?
J. Novella: Hay que hacer dos clasificaciones. Por un lado, a los países con mayor deuda externa según el Banco Mundial se la tenemos que perdonar, no hay otra posibilidad. Y a los que van un poco mejor, se les puede condonar con ciertas condiciones a favor de la ciudadanía, por ejemplo a cambio de que realicen una política educativa, social o de infraestructuras. Esto no es nada complicado y podría hacerse.
J. Pérez: ¿Cómo deben concederse los créditos para que esas condiciones beneficien a los ciudadanos?
J. Goula: Hasta ahora los créditos se daban sin mirar y parte del dinero se lo embolsaba el dictador de turno y su grupo de amigos. Desde los años 90 se controla mejor a quién se otorgan estos créditos. La concesión por tanto debería ligarse no a hacer una determinada política como quiere el FMI [ver artículo de Pere Escorsa, en la página 16], sino a variables éticas y a aplicación de políticas. Además las ayudas proceden de impuestos que pago yo, y yo como ciudadano exijo que se controle adónde va a parar mi dinero.
J. Pérez: ¿Qué institución debe controlarlo?
J. Goula: El Banco Mundial.
J. Pérez: ¿Y cómo puede saber dónde va el dinero?
J. Novella: En el caso de países gobernados por dictadores, la ayuda debe ser condicionada, como ha sido en el caso de los fondos europeos. El gobierno receptor debe dar cuenta de cómo ha destinado el dinero a sanidad, educación o infraestructuras, que son sectores donde es sencillo comprobar el resultado de la inversión: puedes ir a ver los kilómetros de carreteras recién construidos, si hay un nuevo sistema de cloacas o el índice de escolarización. Así exiges responsabilidades y limitas o aumentas el dinero del año siguiente.
J. Pérez: ¿Esto es fácil de hacer para el Banco Mundial?
J. Novella: Sí, pero tiene que ser un Banco Mundial democratizado. Habría que democratizar los dos grandes organismos internacionales financieros: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Lo que significa dar más poder a los que menos tienen, que son los países del sur. Ahora en el consejo de administración cada país tiene tantos votos como dinero paga a ese organismo, es decir, si se unen Estados Unidos y un par de países europeos ya tienen la mayoría absoluta.
J. Pérez: ¿Y qué es lo que deciden?
J. Novella: Pues la política de cada institución: a quién dan créditos y a quién no, por ejemplo.
J. Pérez: ¿Es factible la solución de eliminar los créditos a favor de puros donativos?
A. Saurí: Es la única salida. Las ayudas tendrán que ser ilimitadas y sin condiciones excesivas para los países con buen gobierno y garantías de que serán realmente bien utilizadas y no derivadas a la corrupción, gastos suntuarios y cuentas en Suiza. Al mismo tiempo, como se ha dicho, debería realizarse un seguimiento a los países para asegurar el cumplimento de los objetivos de la ayuda. Además, a estos países bien administrados la ayuda debe fluir de manera sostenida atendiendo sin cortes a sus necesidades. En cambio, a un país sospechoso tienes que vigilarlo de cerca y la ayuda debe ser muy selectiva, a fin de que no sirva simplemente para perpetuar en el poder a regímenes corruptos.
J. Pérez: ¿Y de dónde sacamos el dinero para hacer estos donativos?
A. Saurí: Está claro que tendrán que organizarse los recursos para conseguir el dinero. Uno de los caminos sería el célebre 0,7 por ciento que los países ricos deberían destinar a ayuda exterior y que está lejos de cumplirse en muchos casos.
J. Goula: Ahora estamos en el 0,2 por ciento.
J. Pérez: Por tanto, para hacer donativos todavía hay que buscar quién los pague: los Estados del norte con el 0,7 es una posibilidad. ¿Qué más?
A. Saurí: El impuesto Tobin es una posibilidad más de financiación. Otra sería poner un impuesto sobre la gasolina de los aviones, que hoy están exentos. Aunque en este caso quizá acabaríamos de hundir las compañías aéreas. Ninguna de estas dos opciones me parece viable.
J. Goula: ¿Veis posible la tasa Tobin en un mundo tan abierto, con tantos paraísos fiscales desde donde puede hacerse cualquier operación? Me parece que para esto deberíamos ponernos todos de acuerdo. Y cuando digo todos quiero decir todo el mundo.
J. Novella: No es fácil, es verdad. Pero mi opinión es que debemos avanzar hacia una cultura de fondos internacionales –con lo cual es necesario que alguien ponga dinero en ellos– que se encarguen de ir allí donde es necesario y redistribuir el capital. Se trata de la fórmula de compensación que se ha dado dentro de la Unión Europea y en los mismos Estados entre regiones ricas y pobres. Deberíamos poder hacer lo mismo en el mundo.
J. Pérez: Aunque pasáramos de los créditos a las donaciones de los organismos internacionales, esto no impediría seguir con los créditos de la banca privada.
J. Goula: No, claro, eso es inevitable.
A. Saurí: Sin embargo, la ventaja de los organismos multilaterales es que los recursos que utilizan son transparentes. Porque cuando hablamos de que ahora los países destinan el 0,2 por ciento a la ayuda al desarrollo, deberíamos preguntarnos antes si ese dinero, con lo poco que es, no es encima una ayuda encubierta a exportaciones, es decir, dinero que el país receptor debe utilizar únicamente para comprar productos del país que le ha dado la ayuda.
J. Pérez: ¿Por tanto tampoco desaparecerán los créditos entre un país del Norte y otro del Sur?
J. Goula: Tampoco tiene por qué. Aunque sí que sería bueno que existiera una institución que tuviera una financiación clara sin cuotas de poder, democrática y que pudiera hacer cumplir unas exigencias éticas. Esto no me parece tan complicado y tendríamos que ponernos manos a la obra. Un ejemplo reciente en el buen camino: una organización como la Organización Mundial del Comercio (OMC), montada por los países ricos, en el 2004 falló a favor de Brasil contra Estados Unidos y Europa. Esto hace unos años hubiera sido impensable.
J. Novella: A medida que los países del sur se organicen, aumentará la presión sobre el norte para que tome medidas. A mí lo que me da miedo es la postura de Estados Unidos. Primero porque es la gran potencia, está claro, y segundo porque debería abandonar su espíritu unilateralista. La primera reacción norteamericana suele ser cerrarse: Estados Unidos es de los países que menos se ha suscrito en organismos internacionales.

HAY DOS TIPOS DE BARRERAS
J. Pérez: La segunda cuestión para ayudar a los países pobres es la eliminación de barreras comerciales. ¿Qué son?
J. Novella: Hay dos tipos de barreras comerciales: las arancelarias, que consisten en un impuesto sobre determinadas importaciones, y las no arancelarias, más importantes, que no están escritas y dificultan aún más la entrada de productos en nuestros países.
J. Goula: Para que quede claro, estas barreras no arancelarias se usan si es más barato traer de fuera por ejemplo el cemento, pero a nosotros nos interesa fabricarlo aquí. ¿Cuál es la solución? Emitir una norma que diga que el grano de cemento debe tener un diámetro específico, que sólo puede conseguir el cemento fabricado aquí. Así evitas toda competencia extranjera. Lo mismo sucede con algunas normativas sanitarias en juguetes, que a veces sirven sólo para impedir la entrada de productos más baratos.
J. Pérez: Si con estas barreras impedimos que las empresas del sur se desarrollen, ¿por qué no se eliminan?
A. Saurí: Eliminar las barreras iría en contra de muchos intereses creados en nuestros países. Esto de las barreras, en un mundo globalizado como el nuestro, cuando los países en desarrollo funcionen mejor, dejará de tener sentido. Porque las barreras arancelarias provocan condiciones de favor que en el fondo te impiden llegar a ser productivo. El proteccionismo está superado.
J. Pérez: Pero aún se da.
J. Goula: Para las barreras comerciales es necesario diferenciar entre la agricultura y la industria. En la industria, las mismas transnacionales ya producen piezas en distintos países, con lo que las barreras se irán eliminando por necesidad. Pero hay que ir con cuidado antes de hacer una liberalización total, porque puede perjudicar a muchos países que están empezando a desarrollarse y que no tienen aún una industria sólida.
J. Pérez: ¿Y en la agricultura?
J. Novella: El asunto agrícola es el más importante. Las barreras comerciales han causado un conflicto entre las organizaciones de agricultores y los sindicatos del norte contra los intereses del sur. Porque en la medida que España liberaliza y elimina subvenciones a la agricultura entran más productos del sur, con lo que aquellos países mejoran, pero los agricultores de aquí pierden actividad. Por tanto los sindicatos de aquí se quejan, lo que es una contradicción dentro de la misma izquierda, que debe ser solidaria con el sur. Hay que aceptar esta contradicción, que no es fácil, e ir desmontando las subvenciones agrícolas en el norte y abrir nuestros mercados a los países del sur, porque allí lo pueden hacer más barato. Si nosotros les pedimos que abran sus mercados para nuestros productos, tenemos que hacer lo mismo y que produzca el que lo haga más barato. Además su situación inicial es peor, por tanto hay que añadir el factor de la justicia. Aunque está claro que el gobierno de aquí que apruebe esto tendrá una respuesta de los sindicatos. Habrá que pensar en medidas compensatorias, pero ahora tenemos que ir eliminando las subvenciones, tanto europeas como norteamericanas.
J. Pérez: ¿Y qué harán los agricultores de aquí?
J. Novella: Deben pasarse a algún tipo de cultivo en el que sean aún competitivos. Los Estados pueden darles alguna ayuda en estos cambios. Debe ser un cambio pausado, no se trata de hundirlos de un día para otro.
J. Pérez: Y en la industria, con las famosas deslocalizaciones, ¿también hay que recolocar a los trabajadores en otros sectores?
J. Novella: Las deslocalizaciones en economía tienen una explicación muy sencilla, que es el ciclo de Vernon: cada país tiene una determinada capacidad tecnológica y de formación; conforme un país y sus ciudadanos progresan, los sectores se van desplazando de un Estado a otro. España, hasta ahora, estaba en el nivel basado en mano de obra barata y poca formación. Ahora este sector se está desplazando a otros países menos avanzados y España necesita que vengan aquí empresas que requieran obreros y técnicas más cualificadas y de más nivel añadido.

UNOS MÍNIMOS PARA TODOS
J. Pérez: ¿Qué se puede hacer para mejorar la calidad de vida en el sur?
J. Novella: A mí me gustaría proponer algo que sé que es difícil, pero que ayudaría a progresar más rápido. La humanidad está en un momento en el que debe empezar a plantearse unos mínimos sociales y ecológicos para todos. Unos mínimos que sirvan para decir a los gobiernos: ‘Si usted quiere ayuda, debe cumplir estos mínimos’. No se trata de exigir a una dictadura que en dos años sea una democracia, porque eso es complicado, sino pedirle que haya un día a la semana de descanso, con jornadas de cómo máximo doce horas. Tienen que ser mínimos factibles: si tú pides que los niños no trabajen hasta los doce años, hundes a muchos países, pero creo que hasta los siete u ocho, todos estamos de acuerdo en que no deben trabajar.
J. Pérez: ¿Si prohibimos que los niños de menos de doce años no trabajen, hundes a muchos países?
J. Novella: A muchas áreas, sí. Para ellos un tío de doce años es como aquí uno de veintipico. La necesidad aprieta. Pero un chaval de seis años no debe trabajar, al menos en según qué trabajos.
A. Saurí: Los más interesados en que se apliquen estos mínimos son las empresas instaladas en los países ricos.
J. Pérez: ¿Por qué?
A. Saurí: Porque eliminan parte de la mano de obra barata de la que disponen los países en vías de desarrollo. Es decir, se quedan con menos competidores.
J. Novella: Sea como sea es necesaria la existencia de mecanismos internacionales que controlen las condiciones sociales de los países, como Naciones Unidas o la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Sería esencial la creación de un convenio entre la OIT y la OMC para que no se comercialicen productos que hayan sido fabricados sin que se respeten unos mínimos. Hay que asegurar esos mínimos y luego que funcione el mercado.
A. Saurí: Esto es muy difícil porque si preguntas en los países donde explotan la mano de obra te dirán que sí, que están explotados, pero que al menos sobreviven. Hay que ir con mucho cuidado con estas reformas.
J. Novella: Es cierto, pero en la medida en que estas normas sean universales y obligatorias, ¿dónde irán entonces las empresas que quieran niños de seis años trabajando?

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