Mis tres placeres del día

Rosario Bofill, Jordi Delás, Alejandro Duque Amusco, Pere Escorsa, Carlos Eymar, Marcos Eymar, Joaquim Gomis, Lorenzo Gomis, Soledad Gomis, J. A. González Casanova, Jordi Maluquer, Carlos M. Moreno, Jordi Pérez Colomé y Eulàlia Tort.
EL DESAYUNO. O mejor será decir “mi desayuno” de tres platos: fruta, tostadas con embutido y café con leche y –muy importante– una magdalena de cierto horno de la calle Girona de Barcelona, donde aún las hacen como en tiempos de Proust.
En los días de invierno, abrir las cortinas para que el sol de primera hora de la tarde ilumine con sus oros decadentes las plantas, los muebles y la página del libro que leo tumbado en el sofá.
Acordarse de noche, ya tarde, de que uno ha olvidado recoger su correo electrónico, teclear la contraseña y en mitad de la cascada de mensajes basura descubrir el nombre de un amigo.

LLEVAR AL NIÑO por las mañanas al cole y ver las caras de inconsciente alegría o sueño invencible de todos los niños.
La conversación de la cena familiar, en la que todos mis hijos, como en los programas del corazón, acusan a los demás de tener no sé cuántos romances al mismo tiempo que desmienten categóricamente los que les atribuyen.
Poner mis pies fríos sobre los calientes de mi mujer en el momento de acostarme en las noches frías de invierno.

CUANDO POR LA MAÑANA salgo a comprar los periódicos y algo al súper, me llego al parque donde se reúnen los jubilados, y corriendo me viene a saludar Daisy, una perrita tan fea como cariñosa, que cuida y es cuidada por Chema, un jubilado con parkinson y otras enfermedades.
La pausa deliciosa de la siesta que no es por necesidad ni sueño (ya duermo por la noche), sino como una puerta abierta al paréntesis vital. Y además suele venir nuestra gata Muski a compartir la siesta y el paréntesis.
Después de cenar, cuando leo en la cama, escuchar cómo ríe mi mujer, con ganas, por algo que ve en la tele, o lee o por las travesuras de Mariví (otra gatita).

IR ANDANDO al trabajo por las mañanas entre callejuelas y plazas y escuchar el chirrido de los cierres de las tiendas que se abren o el tañido de la campana que toca a misa de ocho y media.
La hora del café, después de comer, acompañado de un trocito de chocolate negro. Placer levemente alterado por el escrúpulo de que puede afectar a la glucosa o al colesterol.
Comprobar, justo en el momento de meterse en la cama, que todo está en silencio.

POR LA MAÑANA TEMPRANO, después de la ducha, con el café humeante, ese momento de serenidad.
Todos los días no, pero los tres o cuatro por semana que al mediodía juego a tenis disfrutando del clima de Barcelona.
La lectura antes de cenar, intercalada con algo de música suave.

RECORRER EN BICICLETA el trayecto cuesta abajo entre mi casa y la universidad.
Degustar por la calle el currusco caliente de la baguette recién comprada para la cena en la panadería de la esquina.
Abrir despacio el buzón con la incurable esperanza de que me haya escrito alguien además del banco.

RESOLVER, después de comer al medio día, los crucigramas del periódico (en castellano y en catalán) mientras tomo a sorbos un chupito de orujo y me fumo un caliqueño.
Mis ejercicios de piano para aprender, al borde casi de la vejez, un arte que se me prohibió de niño.
Pronunciar en voz baja y lentamente el padrenuestro que antecede al sueño con la sensación insensible de ser escuchado.

TOMAR EL SOL en las mañanas de invierno desde la galería: cerrar los ojos, percibir mis latidos, por un rato tener la sensación íntima de ser una planta.
Los diez minutos que paso en esa ágora improvisada, la sauna del gimnasio, donde, aparte de eliminar toxinas, uno descubre al oír a la gente que es sabia a su manera.
El momento de meterse en la cama, el descanso de la horizontalidad y el agradable tacto de las sábanas; el cuerpo ingresa como en un nuevo claustro maternal y se dispone al sueño. ¡Un monumento para el inventor de la cama!

DESDE QUE TRABAJOen casa, el desayuno. Ahí es nada, bajo la luz ligeramente tamizada de verde, tener el periódico a la izquierda, un vaso de zumo de manzana, tostaditas con pan con tomate y queso tierno, y un aromático café largo para, en memoria de Proust, mojar una magdalena, mi único azúcar descarado del día.
La fiebre de media tarde cuando comienzo a pensar en el concierto a donde iré por la noche, los comentarios que me podrá suscitar y como a la mañana siguiente lo plasmaré en un texto que, una vez enviado a la redacción, me repondrá a la normalidad hasta que a media tarde…
El regresar, normalmente tarde, a casa. Aparcar a unos cincuenta metros, mirar alto y ver las estrellas, oír el silencio nocturno lleno de pequeñas crepitaciones o, en primavera, de locura de ruiseñores. Abrir el portón, un chirrido, cerrarlo y con esto aparcar todas las preocupaciones del día.

EL TIEMPO DE AMOR.
Levantarse por la mañana cuando la casa y casi la ciudad está en silencio y tratar de dar forma a los proyectos.
De noche, robar horas al sueño y comprobar que los minutos duran más de sesenta segundos.

DESPEDIRME CARIÑOSAMENTEde mi mujer y salir de casa. Ver que hace solecito, meterme las manos en los bolsillos y pensar: qué bien. Tras un paseo, parar a tomar un café italiano y leer una revista inglesa.
En el trabajo, admirar cómo lo que hace unos días era una idea vaga, una propuesta, hoy es un hecho.
El café de la tarde. Hacia las cinco y media, en una cafetería donde me conocen. Me olvido de las penas. Dura una media hora, suelo leer y a veces tengo una idea.

SUELO SER EL QUEprimero se levanta de la familia. Tras la ducha, el desayuno es un placer: tostadas con un buen aceite, leche y fruta. Releo el periódico del día anterior y lo tiro. El silencio es total. Luego, algunas noticias por la tele y ¡a trabajar!
Por la tarde, al salir de la oficina, en lugar de tomar el metro más próximo, camino un rato y lo tomo varias paradas después. Mientras paseo me gusta ver la gente en las cafeterías, los escaparates, los quioscos.
Por la noche, ya en la cama, me encanta comentar las incidencias del día con mi mujer. Solo que, algunas veces ¡me duermo antes de que ella venga!

SI ESTOY EN EL CAMPO,nada más despertarme abrir la ventana para ver el paisaje, el tiempo que hace.
Tomar un té (Earl Grey) para desayunar mientras hojeo un par de periódicos.
De nueve a doce o una de la noche. Cenar poco, poner los telediarios, empalmar con alguna película o debate. Si no hay nada bueno, leer en la cama hasta bastante tarde. Son tres horas, o más, deliciosas.

LLEGAR A CLASEdiez minutos tarde –ocho y diez– y ver que el profesor todavía no ha llegado. A las ocho y cinco aún estoy en la moto maldiciendo al semáforo que no se pone verde. Sin embargo, cuando por fin llego, descubro que el profesor es menos puntual que yo y lo acepto con optimismo.
Momento Cacaolat. Son las siete de la tarde y aterrizo en casa. Lo primero que hago es ir a la cocina, encenderme un cigarro (solo puedo fumar en la cocina) y pongo en el microondas una taza (que lleva grabado mi nombre) con Cacaolat. Ya estoy lista para practicar el “sofing” o arte de no hacer nada.
Leer antes de ir a dormir. Evidentemente, hay que aceptar un requisito para que este momento sea placentero: tener un buen libro que no puedas abandonar.

MOJANDO GALLETASde Tierra de Campos en un tazón de leche caliente, echo un vistazo a los periódicos de la mañana, que no tendré tiempo de leer hasta la noche.
Pongo Radio Clásica y me dispongo a dormir una siesta corta recostado en un sofá con una manta ligera. Despierto al rato comprobando que sigue sonando música en el mundo.
A las ocho y media de la tarde doy por terminado el trabajo del día y me preparo para ver tres telediarios hasta la cena.

EL PRIMER PLACER es el desayuno. El segundo desayuno, en mi caso. El primero es con los niños: apenas un tentempié acelerado. El segundo, hacia las diez y media, tiene por escenario el bar de la empresa. He encendido el ordenador, leído los mails y recogido los periódicos. Abajo, en el bar, aún no he pagado el café con leche cuando ya Emilio, el camarero, me lo tiene listo en la barra. Nos encontramos con una amiga y nos sentamos al lado de la cristalera que da a un verde y unos árboles que recuerdan algo la naturaleza. Quiero sentir el sol en mi espalda y ella quiere la luz en su cara. Siempre me traigo de casa un bocadillo en una bolsa de tela a cuadros estilo “mi merienda”, en aras a la sostenibilidad. Siempre me quedo con ganas de repetir.
Ya he pasado casi toda la jornada y llega el segundo gran momento. Se produce cuando llegamos a casa –yo y los niños– a una hora temprana. Cierro la puerta, echo el tranco y las llaves y siento ganas de decir: “Que se hunda el mundo”. Queda mal, lo reconozco, y procuraré sustituirlo por un “ahí queda eso”.
Y el último es el resopón. Ceno pronto y, antes de dormir, un punto de hambre y otro de hedonismo me llevan a la cocina a buscar un yogourt (griego o bio de fresas del bosque) o un pellizco de chocolate con leche (Lindt). Si la cena ha sido demasiado ligera, la cosa se pone en pan empapado en leche con cacao. A la delicia del sabor se une el silencio que reina en la casa y la perspectiva de tener aún un ratito para, en la cama, sobre colchón de látex y bajo edredón de plumas –que trata de trasmitir algo de la sensación de nube– disfrutar de un rato de lectura o del final de una película.

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