Ocho meses entre enfermos

Lola Mayo
Mañana empezamos a rodar. Pasaremos varios meses dentro del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, conviviendo con un grupo de enfermos. Sus historias se verán la próxima primavera en el programa Documentos TV. Pero queda tanto tiempo… Entramos en el hospital, no tenemos nada que ver con la gente que está aquí. Da vergüenza no estar enfermos, qué cosas. Es esa superioridad del distinto, y los distintos, para mí, son ellos: heridos, desalentados, encerrados: enfermos. Marisol no nos conoce de nada y va a dejar que nuestra cámara acompañe su embarazo y grabe el parto de su primer hijo. ¿Por qué? ¿Qué ve en nosotros? Podríamos ser desalmados, manipuladores, y ella va a dejar que estemos ahí. ¡Mientras está teniendo un hijo! Ha sido la primera en decir que sí en este documental. Siempre aceptamos un no. Porque la televisión ha dejado de ser creíble, ha dejado de enseñar a la gente una buena forma de vivir. “Se llamará Alba”.

Mariano no va a querer rodar con nosotros. Las personas sin esperanza no quieren contar su historia y ahora este hombre no tiene esperanzas. Hace nueve meses que espera un transplante de corazón. Hablar ya tan sólo le cansa, se mueve mínimamente en su piso de veinte metros, enfrente del hospital, por si acaso. Nos ha enseñado fotos de su casa, su casa de verdad, en Badajoz. Es mucho más bonita que este lugar sombrío donde espera una llamada que le salve. Una llamada, una llamada. Siempre que le llamo pienso que se pone nervioso, que se inquieta, que piensa que mi llamada es la llamada. En su casa de Badajoz, cerrada, no suena el teléfono. ¿Sus perros se acordarán de él?

Carmen tiene muchas cosas que decir, pero no sabe cómo decirlas, qué terrible. ¿Por qué no me dice que tiene cáncer, que está cansada, que no sabe cómo va a salir de esta? Quizá porque no es eso lo que siente, porque, catorce años después de su primer tumor, Carmen parece salir de paseo con su enfermedad, casi feliz en su jornada programada: quimioterapia, análisis, escáner, gimnasio. Está tan sola que a veces creo que su enfermedad ya es una compañía, allí, en su cocina definitivamente ordenada.
Busco razones para no ir. Hace ya un mes que le conocemos y le he llamado muchas veces temiendo un “no” y ahora que ha dicho “sí” al documental quiero encontrar alguna razón para no hacerlo. Porque David tiene 24 años y se está muriendo a chorros, y nadie se lo dice, y él sonreirá a la cámara, y no dirá cuánto le duele. “La semana que viene intentan un último tratamiento. Y yo sigo pensando que lo que tengo es como un catarro”. Su madre le mirará, arreglará otra vez las almohadas a su alrededor, querrá curarle con la mirada, con las puntas de los dedos. ¿Por qué tiene cáncer un chaval de veinte años?

Mariano, el hombre que espera un corazón, ha dicho que sí. Es un hombre tan serio, sus palabras tienen tanto sentido, tanto peso, que crean un espacio alrededor de él. En el documental nunca lo contaremos, pero Mariano es alcalde de un pueblo de Badajoz que se llama Don Benito. En mitad del desamparo, lee a Séneca, y está en paz. “¿Puedo salir con la cara tapada?” No es vergüenza, es humildad. De pronto, decirnos que sí quiere contar su historia es como creer que su historia va a terminar bien. Siente que nuestra presencia le traerá suerte. Pero ya no sube las escaleras si no es con un bastón.

David tiene dolores tremendos. No tengo valor para filmar de nuevo con él. Le llevo al hospital una caja de marrons glacés. En la etiqueta dice: “Disfrute de los placeres de la vida.”

La tripa de Marisol sigue creciendo. La acompañamos a una ecografía. Ahí dentro, inexplicablemente, está el misterio. En la misma planta, Guillermo y Catalina (prematuros, minúsculos, lejos de los pechos de su madre) se beben a bocanadas el aire de este mundo extraño al que han llegado, tan débiles. Trabajamos de puntillas junto a la incubadora. Creemos que los dolores y la agitación de los cuerpos deben ser necesariamente grabados de lejos. Es un asunto moral. La técnica no tiene nada que ver.

Sonó el teléfono. En la carretera había muerto alguien que llevaba un corazón para Mariano. “He tenido mucho tiempo para prepararme para este momento”, dice. “Hoy puedo decir que el equipaje lo tengo empacado. Y mis cuentas están hechas”. Y sin embargo, vivió. Durmió casi diez horas en un quirófano que yo siempre recordaré y él no. Le abrieron el pecho, trabajaron allí en la noche larga y calurosa. Mariano, anestesiado, viajando por mundos que al despertar no recordó, logró encontrar el hilo que le unía a ese hombre desconocido que se había dejado el corazón en una carretera de Badajoz. También el cirujano era de Badajoz, como Mariano. Y yo… nací en Badajoz. Incapaz de mirar las manos del cirujano, yo sólo miraba la cara de Mariano ausente, pero vivo. En el quirófano sonó la radio toda la noche, y las enfermeras se reían, ¡y hasta bailaban un poco! No era inconsciencia, es que sólo la ligereza puede atraer a la vida. Si operasen como si fuese la última vez, sería la última vez.

Carmen me llama casi todos los días, se hace mi amiga, me acostumbro a ella, a su bullicio en medio de su soledad. Yo, que tantas preguntas le hago a la gente, agradezco que alguien me pregunte a mí. Su cáncer sigue avanzando, y ella lo nombra sin rodeos. Nunca se compadece de sí misma. No tiene amigos, le acompaña su Biblia, su rosario, sus estampas. Sólo se relaciona con su asistenta. “Me entiendo muy bien con ella. Es que somos del mismo signo del zodiaco”. “¿Cuál?”, le pregunto. “¡Cáncer!” Y encima es verdad… Hoy me ha enseñado, feliz, un artilugio extraño: “Es una trituradora de documentos. Acabo teniendo tantos papelotes del hospital”.

David se ha muerto. Fui a verle, su cuarto estaba vacío. Pienso: ¿por qué nadie me ha llamado? Pero, ¿y por qué tendrían que llamarme, quién soy yo? Sé que durante días me va a ser imposible llamar a su madre. Es cobardía pura. Le llevaré una cinta con la entrevista de su hijo y le rogaré que no la vea, porque creerá que su hijo está vivo en algún sitio y no será capaz de apagar la tele.

¡Ha nacido Alba! Qué terrible es un parto. Qué ganas teníamos de salir corriendo, pero éramos incapaces de despegarnos de allí, viendo como la vida nos decía “¡Aquí estoy!”. Cansados y felices como después de aquellas marchas en los campamentos de verano, parecía que habíamos parido nosotros. Qué buena suerte.

Carmen estaba tan tranquila, tan calentita, que yo no me creía que estaba tan grave. Lo último que tengo de ella, un mensaje en el contestador: “¿A que no sabes quién soy? Hija, otra vez en el hospital. Vaya lata que os doy, vais a tener que venir otra vez a grabarme!”. Cuando llego ya ha perdido la conciencia. A su lado, una enfermera contratada que apenas habla español. Carmen no tiene familia, sólo estas señoras, vecinas, conocidas, no sé, que hablan de “papeleos”. La beso y la veo más guapa que nunca. Después de los tratamientos, el pelo empezaba a crecer, blanco. Pero sólo por hoy.

En nuestra casa está el bastón de Mariano, y un tiesto con geranios que fue de su mujer. En su casa de Badajoz tiene muchos más geranios. También tengo una chapita del Día Mundial contra el Dolor, y la ropa de quirófano que nos pusimos el día que vimos nacer a Alba. Nunca la devolvimos.

En la sala de montaje nos esperan. Empezamos a las cuatro de la tarde. Ninguna película le hará justicia a esta gente, a veces habrá que traicionarles para explicarles. Al final el documental importa poco. Sólo es una hora de televisión. Supongo que entonces lo hacemos para estar al lado de ellos. O porque alguien esté al lado de nosotros. Cuando acabemos habrán sido ocho meses de trabajo. Un mes de rodaje y otro tanto de montaje. ¿Y el resto? Conocernos, esperar… No es triste, o no es sólo triste acercarse al sufrimiento de los otros. ¿Se notará en el programa cuánto nos hemos reído? Porque en medio de la desgracia, la gente se empeña en ser feliz, no pueden evitarlo.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad