Los chinos aún no se lo creen

Jordi Pérez Colomé
No sé ir por Pekín sin bicicleta. Sólo llegar, busco siempre un mecánico de bicis. Tengo suerte y al lado del hotel hay uno, en un callejón del Tercer cinturón. Es una auténtica chabola. Me dirijo al hombre y le digo si tiene alguna bici vieja para alquilar durante una semana. El mecánico me mira, pero no me escucha. Está completamente pasmado. No es capaz de descifrar mis palabras en chino; no reacciona. No comprende que un extranjero pase por allí y quiera algo. Está pasmado.
Otro cliente –que parece más acostumbrado al mundo exterior– me ayuda y le repite lo que he dicho. El buen hombre sigue pasmado. Esto va para largo. Por suerte aparece el hijo, más espabilado, y me atiende. Me deja una bici durante siete días, por tres euros. Mientras la preparan, hablo con el hombre, que ya se ha animado y hasta me sonríe. Dice dudando que tiene cincuenta y pico años y su hijo veintipico –aunque luce canas. Vienen de la provincia cercana de Shandong y duermen en esta chabola, juntos, en un tablón de madera entre herramientas de bicis.
En estas, llegan dos mujeres con carpetas y cara de disciplina. Les piden un permiso y tienen que pagar un impuesto. Aunque pobres y en chabola tienen que ajustar las cuentas con el Estado.

SE RIEN EN MI CARA
Salgo con la bici. He quedado para comer con dos amigas de cuando trabajaba aquí, en el 2000. Tienen 30 años y la única diferencia entre ellas y yo es la nacionalidad. Por sus gustos, podrían vivir en España: tienen móvil, ven la tele, cenan por ahí y no tienen hijos.
Les anuncio en seguida que China se ha puesto de moda: los medios de comunicación occidentales insisten en que será una potencia tremenda. Espero que se alegren por la buena nueva que traigo del exterior, pero mientras hablo, empiezan a reír a carcajadas. ¿Qué pasa? ¿Dónde está la broma? Entre risas, dice una: “Ya sabemos que somos una amenaza, lo dicen también nuestros periódicos”. Venga a reír. Las risas se las provoca imaginarse por un momento su país como una gran potencia –y que yo haya picado y me lo crea.
Ellas sin embargo son la prueba, respecto a sus padres, de que el país mejora. Como ellas hay 300 millones de chinos, que viven más o menos bien. Pero luego hay mil millones que viven mal. Para mis dos amigas, que haya tantos compatriotas con dificultades es un enorme obstáculo para el desarrollo, y los ven cada día por Pekín: “Somos demasiada gente. El país no puede aguantar a tantos. Una cosa es fabricar productos baratos y otra ser una potencia”, piensan. En cambio, para los extranjeros, que haya 300 millones que puedan comprar nuestros productos y muchos más que fabriquen lo que consumimos, es algo increíble. Por eso los chinos aún no se lo creen, y nosotros hace tanto tiempo que los admiramos.

NADIE ES COMUNISTA, PERO NO LO DICEN
Al día siguiente tengo otra comida, esta vez con tres amigos chinos jubilados, la mar de campechanos. El restaurante está muy lleno, con ruido. Sentados, hablo de China con el viejo Wang. Le veo animado pero sin jolgorio, como siempre. También cree que hay demasiados chinos y que eso será un problema insuperable. La conversación va hacia las creencias de los chinos que, dice Wang, no creen en nada: ni religión ni política ni nada. Tras esta frase, Wang se me acerca por encima de la mesa, mira de reojo a los lados, pone las manos alrededor de los labios y, en castellano, me susurra:
–No creen ni en el comunismo.
Wang me ha descubierto un secreto. Y sigue: “Yo creí en el comunismo. Pero a partir de las reformas capitalistas de 1980, ya nada”. Ahora creéis en el dinero, le sugiero. Duda, pero dice que sí, que “sobre todo los jóvenes”. Él se mira la ropa y confiesa que siempre lleva la misma: “Los pantalones me han costado dos euros; la camisa, uno; en China es muy barato; ¿para qué quiero algo de marca, más caro?”
Es verdad que a Wang no le importan los caprichos. A sus 67 años, es un honroso y sanísimo jubilado cuya tarea cada mañana es ir al mercado, donde vigila hasta el último céntimo y me da detalles del precio exacto de un kilo de cebollas. A la vuelta a casa –que le concedió el Estado cuando se casó hace 40 años– ayuda a su mujer a hacer la comida. Luego lee el periódico, que vale dos céntimos de euro, duerme la siesta y hacia las seis cenan. Más tarde salen a dar una vueltecita por el parque para hacer ejercicio. Conversa poco con su mujer: “Habla mucho. Las mujeres hablan mucho”. Al volver del paseo miran un poco la tele y pronto a dormir.
Wang tiene además un hijo, que vive en Singapur hace años, y que está casado. Pero su mujer se quedó en Pekín, donde sigue con sus padres. El piso del matrimonio está vacío. No pregunten por qué. Es algo habitual entre chinos: si hay que vivir separados, pues se vive. Yo lo he tratado de averiguar mil veces y lo máximo que he oído es que el amor en China es distinto: “¿En Europa cuánto tiempo podéis vivir separados? Muy poco ¿verdad?”, responden. La nostalgia no es un invento chino.
Sea como sea, Wang ciertamente ha vivido –con la holgura que le ha permitido un buen trabajo de traductor de castellano– con dignidad. Ahora se conserva bien con su pensión y dice que a los jóvenes les gusta más el dinero. Sin embargo, Wang nos cuenta sin rubor cómo ha invertido todos los ahorros de su vida –6.000 euros– en acciones de una empresa. Espera que dentro de seis años se los devuelvan con unos intereses del once por ciento. Otro de los amigos jubilados ha hecho lo mismo. Y tiene más de 70 años.

¡UNA LIBRERÍA LLENA!
Luego me acerco a la librería Xinhua, la más grande de Pekín, en la avenida Chang’an. Son cuatro pisos de libros y muchísima gente hojea los volúmenes. Hay casi una planta entera de obras para aprender inglés, con cintas y vídeos. Y grandes zonas de novelas, historia y hasta informática. Veo también libros sobre Napoléon y Bill Gates.
En una esquina, en la planta baja, están las obras completas de comunistas ilustres: Marx, Lenin e incluso Mao. Nadie las mira y las estanterías están medio vacías. No deben reeditarse.
A continuación visito la redacción donde trabajé, de la revista China hoy. El nuevo director, Li, me recibe. Con él –funcionario modelo– voy a poner a prueba la vigencia del comunismo. Le explico a Li mi sorpresa en la librería y los libros comunistas, y le pregunto con malicia: ¿ya no cuida el Partido Comunista a sus mentores? Li no es tonto. Como Wang, también Li sabe que esto del comunismo chino ha pasado a la historia. Pero no quiere ser el primero que lo diga en voz alta. Así que me mira con cara de ya-​sé-​qué-​quieres-​pero-​no-​me-​vas-​a-​pillar, me hace unas sonrisitas y me responde: “Los tiempos cambian”.
A pesar de que los tiempos cambien, como director de una revista oficial sabe que si quiere ascender de cargo aún tiene que seguir las directrices: “El que quiere subir, tiene que leer el Diario del Pueblo y guardarlo en la memoria para cuando toque”. El Diario del Pueblo es el altavoz del Partido. Da la versión oficial de las noticias, todas las oficinas tienen que estar suscritas, pero pocos lo leen. Hasta que el Diario no publique que el comunismo ha muerto, aquí nadie va a abrir la boca en público.
Tampoco es que la política importe mucho. El interés general es ganar dinero y el gobierno lo permite con agrado. Es cierto sin embargo que no hay otras libertades, y por eso nadie levanta la voz. El montaje parece una mentira piadosa: uno se puede hacer rico, pero debe ser un rico comunista. ¿Y la democracia? Como en el resto de países asiáticos, primero ha venido el cambio económico. Ahora hay que dejar pasar el tiempo.

Y CUÁNTO GANAS
De noche vuelvo al hotel a pie. Me gusta Pekín al oscurecer, sobre todo en verano. Hace fresco y la gente charla o juega en taburetes y tumbonas por la acera, ante sus casas, con discreción. La sensación de seguridad es admirable y el paseo, muy apacible.
Cuando me canso de andar paro un taxi. El taxista es un hombre cordial, elocuente y mal afeitado. Bebe té sin parar de su cantimplora. En China no es de mala educación preguntar cuánto gana alguien. Así que nos lo preguntamos. Él gana 200 euros al mes, pero no necesita más: “Tengo ya la casa de la familia; la comida, la ropa y los gastos son muy baratos. Sólo necesito dinero para mi hija: el colegio vale 30 euros al mes”. Se lamenta sin embargo que ahora no haya tanta gente que quiera ir en taxi: “El año 96 fue el mejor”, recuerda, aunque no sabe por qué. Cuando nos despedimos se va satisfecho con lo que tiene y no me envidia porque yo gane bastante más.

SHANGHAI ES AÚN MEJOR
Cojo el avión hacia Shanghai, que presume de ser el escaparate de la nueva China. Es más moderno y limpio que Pekín, se parece más a una ciudad occidental. Hay más extranjeros, más coches y menos bicis, que son símbolo de pobreza (quien puede se compra una moto).
Uno de los días que paseo por Shanghai quiero coger un taxi y me dispongo a hacerlo al borde de la acera. De golpe se detiene un Volkswagen Polo rojo, nuevecito. Baja la ventanilla un chino rechoncho y risueño y me pregunta dónde voy. Se lo digo y responde que muy bien, que suba. Yo dudo si me va a cobrar: “Te llevo por 20 yuanes (2 euros), mucho más barato que un taxi”. Está bien, me fío.
No averiguo por qué se ha ofrecido a llevarme, pero tiene ganas de hablar. Quiere saber de dónde soy. Se lo digo y hace que sí con la cabeza, pensativo:
-¿En España se habla inglés, verdad?
Le corrijo sin entrar en detalles. Él no le da mucha importancia y durante nuestra charla me llamará “mi amigo español”.
Trabaja de administrativo, está casado, tiene un hijo y conduce este pequeño coche alemán que aquí vale un dineral. Cuando planteo por qué se lo ha comprado, parece que es simplemente porque le gusta. Aprovecho para pedirle si ve su país tan bien como nosotros desde fuera. No, tampoco: “Decir que China progresará tanto es demasiado optimista”. Me explica lo mal que viven en gran parte del interior del país y también lo que cuesta aún en impuestos fundar una empresa privada. Cuando llegamos recoge el billete de 20 yuanes con las dos manos y los dedos en pinza, signo oriental de gratísimo respeto.

HACIA EL OESTE
Tras unos días en Shanghai, voy a la estación de autobuses a comprar un billete para la Montaña Amarilla –Huangshan – , el mayor destino turístico chino. Huangshan son esas típicas montañas entre neblinas tan pintadas en los cuadros chinos. En la taquilla pido que me den un billete en el mejor autobús que tengan para hacer las siete horas de trayecto.
Cuando subo en el destartalado vehículo, veo qué significa “el mejor autobús”. El viaje atravesará la provincia de Anhui, una de las pobres de China. El traqueteo empieza con jaleo. El que se sienta detrás mío enciende un cigarro. Es un hombre con cara de peligroso delincuente y me disgusta tenerlo justo detrás. Cuando el humo se esparce, la cobradora grita: “¡Está prohibido fumar!” El hombre no se da por aludido y sigue fumando. Fumará en total seis cigarrillos y en todos se repetirá el mismo grito y la misma indiferencia. Pero no se enfrentarán.
Conforme vamos entrando en las profundidades de Anhui las carreteras se estrechan y serpentean. Pero no por ello nuestro chofer reduce la velocidad. La calzada está llena de gallinas, perros, niños y mayores, pero nada hace frenar a nuestro conductor. Su único remedio es el repetitivo claxon y esperar que todos se aparten. Por la ventanilla veo cómo la gente se apiña contra los muros. La probabilidad de matar algún ser vivo aumenta sin cesar. La situación de tensión crece, mientras los chinos de mi alrededor duermen y charlan relajados. Por suerte más arriba construyen una autopista que aliviará a todos estos pueblos humildes de los arrogantes conductores de autobús.
Menos mal que paramos a comer. Es un pequeño lugar donde hay unas mesas y unos taburetes. Mi acompañante me advierte: “Pobre de ti que comas algo aquí”. Está ciertamente sucio, pero no hay para tanto. Pido un arroz frito que no tiene mal aspecto y me siento a comer. Quizá tengo alrededor a 50 chinos, y me miran. Es complicado, porque aunque domino bastante bien los palillos, cualquier desliz es causa de sonrisas y comentarios. Admiran mi habilidad, pero sobre todo se preguntan qué hace un extranjero aquí. Tengo pues a 50 chinos estupefactos. Alguno mira con el temor reservado a apariciones extraordinarias.
La gente de estos lugares son pobres. Comen lo que cultivan en una tierra ocre poco dotada para la agricultura y tienen lo que se ve desde fuera: cuatro paredes, algún mueble y algún animal. Al anochecer, muy pocas luces se alumbran.

LAS CAMPESINAS, FUERA
Para volver desde Huangshan, compro los billetes el día antes, con la promesa de un asiento reservado en el autobús. A la mañana siguiente, llega el autocar con dos horas de retraso y lleno hasta los topes. Aquí ni asiento reservado ni nada, y son siete horas de viaje. Cuando el cobrador ve que hay extranjeros esperando –esta vez somos tres– se pone muy nervioso.
Le preguntamos qué piensa hacer ahora. El cobrador sube y se mueve rápido entre las filas, buscando una solución. De repente se para ante unos asientos y a gritos hace levantar a las campesinas que los ocupan, y que le hacen caso un poco temerosas. El hombre nos ofrece orgulloso sus lugares. Pero a nosotros esto nos parece injusto y protestamos. El cobrador no lo entiende: nos consigue un sitio y nosotros aún nos quejamos. Las dos campesinas se han sentado ya en un taburete en el pasillo y miran fascinadas. No abren la boca y asumen resignadas su mala suerte.
Al fin nos sentamos en esas butacas y todo se tranquiliza. Es verdad que una buena parte de China va bien, pero no es extraño que muchos chinos aún no se lo acaben de creer.

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