El futuro es inimaginable

El futuro, tradicionalmente, ha requerido imaginación. La preocupación por ejemplo de los primeros grandes economistas del siglo xviii era frenar el crecimiento demográfico porque no habría comida para todos. La técnica lo remedió. No tuvieron imaginación.
Ahora nos enfrentamos a algunos problemas enormes que nos llevan de cabeza: el cambio climático, nuevas enfermedades, la eficacia energética. Quizá la solución a estos problemas pase por algo que no sabemos aún qué es. De hecho, ya hay una ciencia nueva que estudia soluciones: la nanotecnología, que el mes pasado glosaba Pere Escorsa en El Ciervo.
La nanotecnología estudia el comportamiento de átomos y moléculas. Es un mundo tan pequeño que hasta que en 1981 IBM inventó un microscopio especial nadie sabía cómo era. Por ese microscopio se ven objetos que se miden en nanómetros (el grosor de un pelo mide unos 80.000 nanómetros).
Pero lo realmente espectacular es que a ese tamaño las leyes de la física común no funcionan. ¿Y cuáles funcionan? Pues sus propias leyes, tan sugerentes que pueden permitir que si tiramos una pelota contra un muro, en lugar de rebotar, pase al otro lado.
Esto permite por ejemplo fabricar telas resistentes a manchas y a olores. ¿Cómo? Añadiendo moléculas que crean una barrera protectora en el algodón. O vendas para quemaduras a prueba de microbios gracias a la inclusión de nanopartículas de plata.
Esto es solo el principio. Imaginemos qué puede hacer la nanotecnología con las memorias de nuestros ordenadores, nuestras medicinas o el aprovechamiento de la energía solar. Nuestros gobiernos se están gastando mucho dinero en esto. Confiemos en la imaginación.

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