Venir sea como sea

Rosario Bofill. Periodista
La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, ha sido contundente: “No vamos a tolerar que sigan llegando”. Esta rotundidad duele. Comprendo que el problema es agudo, dramático. Y que el gobierno no sabe o mejor, tal vez, no puede afrontarlo. Se han hecho gestiones con Senegal, con la Unión Europea y la respuesta es tibia. Para los encargados de la inmigración y para los gobiernos europeos aplazar una reunión unos días, darse un tiempo para estudiar el problema es algo normal, para los miles de inmigrantes que cada día se juegan el tipo para llegar en un cayuco, es cuestión de vida o muerte. Muchas veces de muerte. Les acosa el hambre, la desesperación o los conflictos bélicos. Gastan todo lo que tienen, porque si consiguen entrar y, después de mil azares, tener trabajo podrán mantener a sus familiares que han dejado en su país. Están decididos a venir sea como sea.
Han llegado unos 21.000 en lo que va de año. Desde que a primeros de agosto se anunció más vigilancia han llegado 7.000 y las cifras aumentan.
Pero por de pronto: vigilancia estricta y con barcos, aviones o helicópteros; vigilar a estos hombres como si fueran una presa de caza. Pero no es posible ponerle puertas al mar, ni a los deseos y necesidades de estos hombres dispuestos a todo. Hay que buscar soluciones urgentemente por todos los ámbitos. Las duras palabras de la vicepresidenta amagan un grito de desesperación. Me hacen daño.

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