Me voy a México con mis dos hijos

Soledad Gomis Bofill
El último viernes de agosto subí a un avión hacia México. Había dudado mucho antes de emprender el viaje, con mis dos hijos. Pero al final la insistencia de la familia que nos invitaba y la oportunidad de conocer un destino distinto a mi amada y rodada Europa me decidieron. Uno de los recelos eran las famosas mordidas, pero no tuve que lamentar ningún incidente. En el avión, nuestro compañero de asiento nos explicó cómo en la aduana debíamos apretar el botón de una suerte de semáforo para que se encendiera la luz verde –vía libre– y no la roja –registro exhaustivo– (yo sufría porque, si aparecía el kilito de jabugo que llevaba como obsequio, me habían advertido que debía dar por probable que se quedaran con algún paquete). Fuera por la fórmula que un vigilante de aduanas había relatado a nuestro vecino de avión –apretar con el dedo seco, sin sudor, y rápido– o por purito azar, el hecho es que mi hijo Noel cantó victoria al lograr pasar sin examen. Pero tan rápido había sido nuestro paso por la aduana que, cuando salimos, nuestros anfitriones no estaban. Constaté así una de las características de la ciudad: nunca sabes si para llegar a un punto tardarás 20 minutos o una hora y cuarto.

La primera cena fueron elotes (mazorcas de maíz) y quesadillas (unas empanadillas de variados rellenos) comprados en la esquina. Segunda constatación: en México DF se vende comida en todas partes y a cualquier hora. Todo es picante, eso se sabe, pero con lo que no contaba es que cuando te dicen que algo pica poco, aquello resulte limítrofe para nuestro paladar. A una buena mujer se le escapó la risa cuando dije que una cosa estaba rica: la habíamos hecho traer sin picante y a ella le pareció horrible de puro soso. Más de una persona me preguntó cómo se cocinaba en España si no añadíamos chile a todo. Verduras muy frecuentes reciben nombres distintos a los de aquí, de manera que, al principio, cedía a mis anfitriones la elección del menú: me parecía que las cartas de los restaurantes estaban en suahili. Las primeras comidas, encontraba todos los platos estupendos y la carne excelente. Al poco, me moría por una ensalada. Aunque mi estómago y los de los niños sufrieron menos de lo esperado, no sé si hubiéramos llegado al final sin algo de cocina internacional y las frutas de los desayunos de hotel.

Tras conocer diversos lugares de México DF, un día nos acercamos a Teotihuacán. Poco se sabe de esta ciudad que llegó a tener 125.000 habitantes. No se conoce siquiera por qué desapareció. Recorrer los dos kilómetros largos de paseo que se conservan es impresionante. Como debe serlo llegar a la cúspide de sus pirámides del sol y de la luna. Yo no lo logré porque mi hijo de seis años empalideció en medio del ascenso y llegué a temer que sufriera un vahído. Pasear por lugares en que los sacrificios humanos eran habituales produce una sensación que en nada se parece a recorrer Pompeya. Igual que ocurre con otras culturas precolombinas, los sacrificios de niños, prisioneros, soldados o equipos del juego de pelota –no se sabe si los ganadores o los perdedores– eran tan habituales que, a pesar de lo elevado de la civilizaciones en aspectos como el cálculo del tiempo, una no llega a admirarlas. También sus estéticas se me hacen lejanas. Y a pesar de que tras visitar el Museo Nacional de Antropología he decidido incluir Chiapas en mi lista de viajes futuros, la verdad es que lo hago en un puesto bastante “pa allá”.

Hay barrios muy hermosos en el DF, como el de Coyoacán que nos acogió. Sorprende en una de las ciudades más populosas del planeta, más de 20 millones de almas, que el día a día pueda ser relativamente tranquilo, si uno no tiene que alejarse de su colonia: las casas son en general bajas, unifamiliares, y a menudo se agrupan en condominios organizados como pasajes o patios protegidos por muros y rejas. A causa de la altísima contaminación, los árboles son especie protegida: nadie hace el gamberro con ellos, hay debates encendidos si una obra requiere cortar uno y sus troncos seculares pueden ocupar tres cuartas partes de la acera. Un atardecer de tormenta, al volver a casa, vimos un árbol derribado. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, lo habían cortado para poderlo retirar pero, a lo largo de sus restos, se erguían ya cuatro o cinco jovencísimos suplentes.

La familia que nos alojó jamás había tomado otro medio de transporte público que el taxi. Temen llamar la atención. A mí esas diferencias, a menudo abismales, me hacían muy duro el “turisteo”. Nunca había estado en un hotel de lujo en el que, al dejar las cinco piscinas y pisar playa –el Pacífico, siempre con bandera negra o roja– varias personas, algunas ancianas, ofrecieran sus masajes, sus artesanías. Y que, encima, los presuntos compradores, se empecinaran en regatear. Regatear, pensaba yo, con alguien que tal vez cene de lo que tú le compres.

Nos marchamos sin visitar el Zócalo. Los partidarios de López Obrador, el candidato que no será presidente por poco más de 233.000 votos, tienen ocupada la plaza desde que denunciaron irregularidades en las elecciones. También el paseo de la Reforma, la principal vía de acceso –y la única segura si no vas en vehículo oficial – , estaba llena de tiendas de campaña. En coche era imposible ir al centro, el metro no resulta recomendable y con niños no pareció conveniente andar más de dos kilómetros sin saber qué encontraríamos. Nuestro amigo nos consoló diciendo que habíamos vivido un momento histórico. Pues eso: vivimos la tensión, conocimos la desinformación, leímos los argumentos, pero no pisamos el Zócalo.

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