En positivo

Pere Escorsa. Catedrático de Economía
Este verano he podido explorar tres territorios de inmigrantes: el Raval barcelonés, el Lavapiés madrileño y el Rastre tortosino. Confieso que la algarabía multirracial me atrae. Me encanta pasear entre restaurantes indios o libaneses, colmados paquistaníes, tiendas de ropas chinas, locutorios ecuatorianos, carnicerías marroquíes. Estamos ante una nueva Babel. Impresionante.
Desde 1995 han llegado a España 3,3 millones de extranjeros que han hecho aumentar la población en un 10 por ciento. Un reciente estudio de Caixa de Catalunya indica que sin la inmigración el PIB per cápita habría retrocedido seis décimas, en lugar de crecer a una media anual del 2,6 por ciento. La economía española habría crecido a un ritmo de sólo el 1 por ciento, frente al 3,6 de media desde 1996. Sorprendentemente, España ha sido líder en Europa en creación de empleo: 6.441.000 puestos de trabajo entre 1995 y 2005, un tercio del empleo generado en toda la Unión Europea en este período. Económica y demográficamente, la inmigración está actuando como revulsivo en un país algo aletargado.
Sin embargo, me preocupan los aspectos negativos del fenómeno: el hacinamiento en los pisos, la precariedad de los empleos, los bajos salarios y, sobre todo, la falta de integración. Me preocupa ver como en calles y plazas de Tortosa, por ejemplo, al atardecer se forman grupos de hombres, magrebíes o subsaharianos, que conversan entre ellos, sin mezclarse con la población autóctona. El esfuerzo integrador es insuficiente. Y tiemblo ante lo que puede suceder si pincha la burbuja inmobiliaria.

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