Se cuadran ante mi mujer

Alfonso Pérez
Médico
Cuando me senté a contar cómo es la vida con una juez en casa no tuve claro qué decir, pero hoy me he sorprendido escribiendo estas líneas a toda prisa para poder cumplir el plazo establecido. Tac,tac, tac, tac, tac, tac, tac, tac a toda velocidad, el ruido que ahora suena a estas horas de la noche al tocar, casi aporrear, el teclado del ordenador, es el ruido que, invariablemente, he oído durante horas y horas, casi cada día durante los diez años que llevo casado.
Tac tac por la mañana, por la tarde, por la noche, ya casi no puedo conciliar la siesta (cada vez más escasa) de los fines de semana, sin el ruido que al principio taladraba sin piedad mi cerebro, pero que ahora casi se ha convertido en una suave nana que traduce normalidad en mi casa. Creo que mis niños, preciosos, también están en pleno proceso de adaptación al tac-​tac (en otras épocas, depende del tacto del teclado, era tic-​tic o imagínense cualquier otro sonido).
Convivir con una jueza en casa tiene, me imagino como todas las profesiones, ventajas e inconvenientes. Presidiendo el salón de mi casa hay un cuadro que representa a la prudencia, a la fortaleza y a la justicia, tres altas virtudes de las cuales, puestos a elegir una, estoy seguro que la mayoría escogeríamos la justicia, calificándola como la de más enjundia o valor.
Pues eso, todos estamos seguros de que en casa tenemos a alguien importante, un ser de infinita memoria, representante de un gran valor, casi divino, aunque pensemos que lo que realmente no es justo es quedarse sin salir por tercera semana consecutiva por la dichosa sentencia (“es que es un asunto muy difícil, tú no lo entiendes”, me dice).
Tener de esposa a un juez es una cosa muy buena de cara a las relaciones sociales, todo el mundo te respeta mucho. Más tarde te das cuenta de que a quien realmente respetan es a tu pareja mientras tú , poco a poco, caes a tu valor real, el de acompañante que solo abre la boca para pedir el café en los bares, sobre todo si la reunión es de jueces, secretarios, o de ámbito legal.
También tiene otras ventajas: tras muchos años de escuchar sentencias, se adquiere cierto vocabulario pseudolegal que sirve para impresionar en las reuniones con los de tu profesión (en el país de los ciegos el tuerto es el rey). “Es que su mujer es juez”, dicen. “¡Ah!”
Una cosa que también me impresionaba mucho a los comienzos es como se “cuadraba” la policía ante mi esposa, cuando por ejemplo iba al juzgado o a algún reconocimiento, cuando yo, que la acompañaba alguna vez en coche, lo que tenía ganas era de meterme en el maletero y no salir de allí en horas.
Imagino que impartir justicia a diestro y siniestro durante años, impregna a estas personas un cierto aire inconsciente de superioridad, cierta vehemencia, cuando encaran algún problema o disputa doméstica, aunque sea menor. Pon aquí este cuadro, deja al niño tranquilo, no tienes razón… ¿realmente no tengo razón? Lo dice un juez.
Cuando, finalmente, te das cuenta de que tenías toda la razón del mundo, te sientes mal por no haber creído en ti, pero en realidad tenías todas las de perder, habías hecho un pulso con tu esposa, poderoso rival, que además, ¡iba de la mano de la justicia!
La visita a su trabajo no mejora las cosas; normalmente acudes a un sobrio edificio de grandes dimensiones y pasas algo parecido a un control antiaéreo vigilado por la policía. Después de que te ha pitado tres veces el detector de metales y te han registrado, subes todavía presa de los nervios por ascensores llenos de señores trajeados y señoritas muy bien arregladas; por fin atraviesas una puerta, y al fondo, cuando te has atrevido a preguntar dónde está la señora juez (“usted quién es, ¿el mensajero?”, me pregunta alguien), te encuentras a tu mujer delante de una enorme bandera, detrás de una enorme mesa con pilas y pilas de expedientes.
Dejas tu maletín y dices: ”Ahí dejo lo que me pediste, cariño, yo me voy, que veo que tenéis mucho trabajo”. ¡Cómo vas a llevar la contraria tú a alguien tan importante, a la que además todo el mundo llama señoría, ilustrísima, excelentísima u otros esdrujulismos similares!
“Cariño, contesta desde lejos, otro día no vengas con esa pinta, ponte al menos americana, que pareces cualquier cosa”.
Bueno, convivir con una jueza tiene su aquel pero, ¡qué orgullosos estamos los maridos de las jueces, sobre todo si además son buenas madres y excelentes personas, como mi esposa!

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad