La hormiguita ante el elefante

Joaquim Gomis
Escritor
De la hormiguita ante el elefante en forma de poder (de poder que se las sabe todas). De la ignorante hormiguita que se despista y se pierde ante el lenguaje y los oscuros meandros de los trámites judiciales. Que prefiere abandonar su litigio antes de seguir perdiendo dinero y sin esperanza de buen fin.
Esta fue mi experiencia. Que incluso mereció un artículo de Arcadi Espada entonces colaborador de El País. Pero que desde entonces prefiero olvidar, no tanto por la importancia de la pérdida económica sino por la sensación de que a uno le tomaron el pelo. Sin posibilidades de respuesta. Evidentemente, en este asunto del poder de quienes lo tienen, de la ambigua respuesta de algunos de quienes deberían mediar para resolver agravios y entuertos, hay casos muchos más graves. Pero este es mi pequeño caso.
Sucedió en febrero de 1994. Había enviado a la administración de esta revista un talón por valor de 4.500 pesetas para obsequiar a un amigo con una subscripción a la revista que aquí también se publica Foc Nou. El talón nunca llegó a su destino, cabe sospechar –aunque sea imposible de probar– que algún empleado de correos lo sustrajo, lo manipuló y lo fue a cobrar. Con sabia astucia: el valor de 4.500 pesetas pasó a 460.000. Pocos días después, al comprobar mi estado de cuentas, descubrí la fechoría: nunca en mi vida había deducido tal cantidad. Fui a mi oficina de una de las más poderosas Cajas del país, de esas que se presentan –y quizá lo sean– como servidoras de múltiples obras sociales. Reclamé, me enseñaron el talón que se veía claramente manipulado (mal manipulado: yo lo había hecho en catalán, lo cambiado estaba con otra letra y en castellano). El responsable de la oficina, amablemente, jugó a tirar pelotas fuera: que mi reclamación podía perjudicar a la oficinista que había pagado el talón, que no se podía hacer esperar al personal para comprobar cada pago. Y terminó con esta frase genial: “Es como si le hubieran robado en su casa”. Es decir, que pensaba que su Caja era mi casa.
Consulté con una abogada amiga y me aconsejó que denunciara el caso a la policía. Es el mejor recuerdo que tengo de la aventura: no sólo por la sencilla amabilidad del funcionario que me atendió, sino por su lucidez. Y porque entendí todo lo que me dijo, cosa que nunca más sucedió en mis siguientes encuentros con el personal judicial. El resumen fue: no hay nada que hacer, estos robos son frecuentes, nunca se encuentra al autor (y, además, casualmente, la cámara de la Caja que debe filmar a los usuarios, en aquel momento no funcionaba). Más aún, confesó: “Si ante este talón claramente manipulado, hubieran hecho esperar al presunto cobrador cinco minutos para comprobar su petición, él habría desparecido”.
Con ingenuidad de hormiguita seguí mi intento de recuperar mi dinero. Acudí al defensor del cliente de las Cajas de Ahorros de Cataluña, que además era amigo de mi hermano Lorenzo. Me atendió con toda cordialidad y su conclusión fue: “No haga nada hasta que nosotros estudiemos la cuestión”. Nunca he sabido si fue una ingenuidad o una trampa. Porque mientras tanto, el elefante, la Caja, había maniobrado astutamente: presentó una denuncia penal contra el ladrón. Inútil evidentemente, porque en todos los papeles que conservo de las diversas instancias judiciales y policiales, todas coinciden en que es imposible encontrarlo. Me habían dicho que no lo harían, pero lo hicieron para evitar que yo presentara una denuncia civil contra ellos, por pagar indebidamente un talón manipulado.
Entre los diversos papeles que conservo de aquella aventura, hay perlas que quizá tengan interés. Por ejemplo, cuando desde el juzgado de Esplugues de Llobregat se me comunica que “si tenemos en cuenta las escasas probabilidades de éxito y la no excesiva gravedad de los delitos que se persiguen”, deciden dejarlo correr (para mí, perder 460.000 pesetas era una “gravedad”, pero parece ser que para el juez no lo era). No quisiera extenderme en textos para un servidor incomprensibles, pero si me encanta citar alguna otra perla: un juez, firma ilegible, me comunica que “no es de recibo transformar los actos del juez instructor en un remedo espurio del proceso penal”. Cómo debía exultar este señor juez al formular tal texto. El problema es que un servidor no entendió nada de lo que me quería decir. Lo siento, y tantos años después, quisiera pedirle excusas: las hormiguitas de a pie no estamos preparadas para saborear sus textos. Aunque en ocasiones agradezcamos su sinceridad: es el caso de otro juez, Guillermo Arias Boo, que en una respuesta a un recurso, tiene la sinceridad de confesar: “No obstante la oficialidad del personal de este juzgado, unida a un despiste del juez han conducido a una práctica prematura”. No sigo, lo que sigue no lo entiendo, pero me encanta y sorprende: que un juez se atreva a decir que otro juez se despistó.
Termino mi historia. Del robo de mi talón nunca más se supo. El elefante, la Caja, supo manipular el tema. Un servidor, la hormiguita, después de pagar al procurador, al notario, etc., pensó que mejor era abandonar el tema. Y sólo faltó que, meses después, recibiera una carta del defensor del cliente de las cajas en la que me acusaba de utilizar algo prohibido: enviar un talón por correo. Gracias defensores, nunca más acudiré a vosotros.

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