Yo contra 100 abogados

Jordi Delás.
Médico
El propietario de mi piso era un banco y el administrador, un señor educado y por añadidura amigo de la familia. Todo el mundo me decía que era alquilar el piso a un banco.
Un buen día, al volver de vacaciones, el alquiler había aumentado astronómicamente. Cambio generacional. Había un nuevo y más joven administrador y me cargaban unas obras realizadas en algún lugar desconocido de la casa. Como yo era el más nuevo –con mucho– y los cargos se hacían proporcionalmente al coste del alquiler, me encontraba que prácticamente yo pagaba todas las obras realizadas, como decían en su terminología, en la finca.
Las noticias de obras se sucedieron, casi cada mes aumentaba el alquiler, en el concepto de trabajos. Como casa antigua, ocasionalmente aparecían operarios. Pero más en el recibo de mi alquiler que en las obras de la escalera.
Consulté a un abogado. Me dijo que podía ser una estrategia para aumentar alquileres bajos –no era mi caso, los que eran bajos eran los del resto de la casa– pero que así era la ley y que no había nada que hacer.
Me convenció, pero como el alquiler aumentaba exponencialmente me vi abocado a ir a juicio o cambiar de casa. Estaba convencido que no habían tenido lugar las obras y fui a pedir las facturas al banco. Imponente edificio, de largos pasillos, techos altos y salas llenas de despachos ocupados por oficinistas en mangas de camisa. Era como uno se imagina que es el corazón de un banco. A la derecha estaba la sala del departamento de inmuebles. No me daban las facturas, ni copias, ni fotocopias. Podía mirarlas, revisarlas y apuntar los importes en una libreta, siempre en las dependencias del banco.
Durante unas semanas fue casi mi trabajo añadido. Me dejaban una mesa donde copiaba conceptos e importes hasta la hora de salida. Era como un empleado más, pero que litigaba contra la empresa. El administrador estaba en un despacho a la vista. Lo oía hablar por teléfono y despachar temas. Me dijo: “El banco tiene 100 abogados para defender nuestra causa”.
Con las copias de las facturas recorrí varios despachos hasta dar con un abogado que me dijo que aunque tuvieran 100 abogados no todos podrían ir al juicio. Aceptó el caso y el juez falló a nuestro favor. Nos subieron el alquiler de forma insignificante y terminó la pesadilla de las obras y los aumentos. Al cabo de unos meses nos vendieron el piso.
Hubo fortuna y la moraleja no es pleitear, ni siquiera ser defensor a ultranza de los propios derechos. Creo firmemente que es mejor un mal pacto que un buen pleito. Pero el pleito, como tantas otras cosas en la vida, aparece cuando no hay más remedio y la falta de alternativa da fuerzas y agudiza el ingenio.

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