Una prisión con calle mayor

Jordi Pérez Colomé.
Periodista
La cárcel de Can Brians está aislada, rodeada de campos, a unos treinta kilómetros de Barcelona. Fue construida en 1993 y es el centro más moderno de Cataluña. Nos recibe Silvia Serra, la directora, en su despacho. Oriol, de la Generalitat, sigue acompañándome. Es mi ángel de la guarda penitenciario.
Silvia me explica la distribución de los internos por módulos. Aquí hay también un módulo de mujeres y un hospital psiquiátrico. El funcionamiento general es similar al de la Modelo, aunque Brians es mucho más grande y hay menos presos. El día que voy yo hay 1.780. Brians no está llena del todo por pocas plazas.
Para Silvia tengo dos preguntas difíciles. La primera es por qué cree que la gente comete delitos. La mayoría, dice, es por falta de oportunidades: porque han nacido en un medio mísero, porque han visto siempre lo mismo, porque están en drogas. Albert Batlle, secretario general de Servicios Penitenciarios de la Generalitat, me dijo que en las cárceles sólo hay “pobres, enfermos y extranjeros”.
La cárcel, en estos casos, ayuda poco. Y son la mayoría: los delitos por robo y por venta de drogas representan el 70 por ciento de los reclusos. Para los internos, dice Silvia, la cárcel debe servir al menos para salir con más recursos que cuando entraron y para realizar un proceso de maduración personal.
Le pido también a Silvia si ha conocido a gente mala.
–¿Mala? ¿Casos perdidos? –dice. Duda y responde la subdirectora del área de mujeres, Ana Alonso, que ha venido y me enseñará el centro: “Yo he conocido a dos, que me han puesto los pelos de punta. Hablaba con ellas y no sabía qué pasaba por su cabeza”. Silvia dice que esos son casos de trastornos de personalidad antisocial, antes conocidos como psicópatas. Son personas que no sienten culpa ni compasión, pero sí que saben cuál es la diferencia entre el bien y el mal. Son listos y no son enfermos. Disfrutan a veces haciendo el mal, ese es el problema. Luego hablaré con el psiquiatra de guardia, que me confirmará todo esto y me dirá que no hay medicación posible para estos casos, como sí la hay para esquizofrénicos o depresivos.
Sigo preguntando a Silvia y Ana, que entre las dos suman más de treinta años de experiencia penitenciaria: –¿Pero habéis conocido a personas malas que no tengan algún problema psiquiátrico? –repito. Es muy difícil responder y no insisto, pero me queda la sensación de que no se da a nadie por perdido, que se confía en los programas y en la reinserción, aunque los recursos, los educadores y los psicólogos sean limitados por el número de internos.

Amor y bodas con invitados
Empiezo la visita a Can Brians y me salto la parte de comunicación externa, porque ya la he visto en la Modelo. Llegamos al pasillo descubierto que pasa por delante de la entrada de cada módulo. Aquí dentro lo llaman la “calle mayor”. Es donde pueden verse internos con internas. Se pueden cruzar cuando van a algún sitio o encontrarse en las ferias que se montan cada tres meses. Tienen que ser flechazos, porque no hay tiempo para conocerse. Han surgido bonitas historias de amor. Cuando se ven, se preguntan en qué celda están y empiezan a enviarse cartas. Al cabo de un tiempo pueden pedir hablar a través del cristal. Si la cosa va bien, pueden pedir un vis a vis íntimo. Y hasta se casan. En Can Brians se celebran bodas –entre internos o con alguien de fuera – , con su rito civil o religioso, sus invitados, ¡a veces invitan hasta a funcionarios!, su festín y su noche de bodas, que es un vis a vis de seis horas. Luego no hay luna de miel.
Vamos primero al módulo femenino. Es la hora de cenar pero algunas internas están aún en el patio. Un grupo de gitanas ha reunido unas sillas y ha montado un tablao flamenco, donde unas diez tocan palmas mientras otra baila en el centro, con mucho brío y “¡olés!” La funcionaria encargada del módulo me avisa: “Uy, aquí dentro hay mucho arte”.
Mientras las que faltan van a cenar, nos quedamos en el patio a hablar sobre las diferencias entre internos e internas. Las mujeres suelen saber mejor dónde están y evitan más hacer una tontería y complicarse la vida con castigos. Son menos impulsivas. Otra diferencia es la emocional. Entre las mujeres se dan relaciones amorosas. Las dos únicas bodas homosexuales que se han celebrado aquí han sido entre mujeres. ¿Por qué? El lado emocional es una de las mayores carencias de estar privado de libertad. Las mujeres lo aceptan y se establecen relaciones. Hay varias parejas, e incluso comparten celda, que en Brians son de dos personas. (Si dos internos quieren compartir celda, se les suele conceder; en la Modelo también: “Todo lo que facilite su vida, mejor también para nosotros”, me dice un funcionario.) En cambio, todo esto es imposible entre dos hombres. Según una funcionaria, “no me imagino que dos hombres vengan a pedirme que quieren compartir celda. Se les haría el vacío”.
Otra de las cosas básicas para llevar bien un módulo, me dice Ana, la subdirectora de mujeres, es el equilibrio en el patio. El “patio” aquí es como la opinión pública fuera. Si se castiga a una injustamente o se dan favoritismos a otra, el patio se rebota y mosquea. Hay que tenerlo en cuenta. La calma es el objetivo principal y hay que ir con cuidado.
Otra de las cosas que se procura es fomentar la relación entre internos y funcionarios, que en el patio siempre se pasean entre ellos. Esta es la mayor diferencia, en la que han coincidido varios de los funcionarios, entre las cárceles de Cataluña y las del resto de España. (Cataluña es la única comunidad que tiene traspasadas las competencias en instituciones penitenciarias.) En Cataluña se procura que el funcionario esté a pie de patio; en el resto se mueven más desde los búnkeres. Yo no he podido comprobarlo porque sólo he visitado tres centros catalanes.

Me miran mientras comen
En el comedor ahora las internas comen y de pie sólo hay dos funcionarias. Cuando entramos se giran a mirarnos. Es rara una visita a la hora de cenar, supongo, y miran con curiosidad. A mí no me importa que me miren, pero nunca me habían mirado más de doscientas mujeres reclusas a la vez. Me escondo un poco entre las funcionarias y veo que Oriol también se ha refugiado: “¿Impresiona, eh?”, me dice.
Pasamos por la cocina y la subdirectora pregunta cómo va todo a las internas encargadas. Una recoge la basura y otra pasa el mocho. “Perdón, perdón”, nos dice cuando molestamos. Pasamos también por una celda, nueva, con un baño sin tapa ni rebordes –para no esconder nada– y con una gran ventana sin barrotes. Qué diferencia con la Modelo.
Ahora vamos al módulo cuatro, centrado en hombres toxicómanos. También comen y nos miran, pero menos, porque es un comedor alargado y estamos en una punta. Nos recibe el encargado, un funcionario admirable. Son cuatro funcionarios para más de doscientos internos. Le pregunto si no tiene miedo que pase algo. “No va a pasar nada”, asegura convencidísimo. “Lo único que pasa aquí es que dos se peleen, pero si se dan empujones, se separan y yo no lo veo, mejor; prefiero que se arreglen entre ellos”.
Hablamos también de las drogas. Entran en los vis a vis íntimos –hay cacheos, pero siempre se cuela algo– y con los internos que con permisos entran y salen, a menudo dentro del estómago. Si hay sospechas fundadas, se puede pedir una radiografía. Pero no se puede pedir cada día. Una vez dentro, hay dos lugares donde se reúnen internos de distintos módulos y se compra y vende: el polideportivo y la misa, que es multitudinaria. Salimos ya de noche, son las nueve. Por el pasillo van dos internos y un funcionario. ¿Dónde irán? Han pasado y el único que ha dicho “buenas noches” ha sido uno de los internos. Ana nos acompaña a la puerta. Está todo muy tranquilo. Charlamos un ratito más y Ana concluye: “Una cárcel no es una isla, sino que es lo que nosotros queramos que sea”.


Por qué hay tantos presos
Este reportaje no lo he hecho para averiguar por qué hay tantos presos en España. Pero ha sido un tema habitual en mis entrevistas. Que haya tantos reclusos no es culpa de los jueces, en principio, porque aplican la ley que es el Código penal. Y el Código penal lo han hecho en el Parlamento los diputados que hemos votado. En mis visitas, varias veces se han quejado funcionarios de que por pequeño que sea un delito, la sociedad, los medios, exclamen en seguida: “¡A la cárcel!” Los políticos escuchan a la calle e imponen más penas o alargan la prisión provisional, para que “no entren por una puerta y salgan por la otra”.
En total, he estado sólo diez horas en la cárcel, cuatro en la Modelo, otras cuatro en Brians y un par en Gerona. Vi a internos en el patio, trabajando, preparándose para dormir, aunque a penas pude hablar con ellos. Vi también a un montón de funcionarios y charlé con unos pocos. Tengo por tanto una visión limitada. Pero todo lo que vi me lleva a pensar que las cárceles funcionan porque la gente que trabaja allí hace muy bien –no sé si todos, pero muchos sí– su trabajo. Los internos también ayudan. Están encerrados porque algo habrán hecho, se dice. Pero yo solo vi a personas que soportaban con pesar la reclusión. Como haríamos todos. Cuando he salido algunos amigos me han preguntado cómo eran. Son como nosotros. Yo los miraba y ellos me miraban y comían y hablaban.
Es cierto que hay casos complicados, que necesitan por un tiempo un medio que les contenga y seguir un programa determinado, con sus psicólogos y educadores (en una cárcel hay el 60 por ciento del personal de vigilancia; el resto es de ayuda a la reinserción). Por tanto, las cárceles no son inútiles, pero sí son demasiado utilizadas. Así, el servicio que podrían hacer, desaparece. La cárcel no reinserta porque no hay medios para ocuparse bien de tantos internos. “Sólo levantar la persiana cada mañana en las nueve cárceles catalanas cuesta 540.000 euros. La gente no tiene ni idea de esto”, me decía Albert Batlle, secretario de Servicios Penitenciarios de la Generalitat.
Salir de una cárcel después de años dentro no es fácil. No nos es posible saber qué es vivir cinco años en unos metros cuadrados. Tiene incluso su síndrome y adaptarse de nuevo a la vida fuera no es sencillo. Cuando uno sale no encuentra en seguida trabajo y una vida bonita. Y menos si vuelve al ambiente del que salió. Para Batlle, la política penitenciaria es “una política social paliativa consecuencia del fracaso de otras políticas sociales: la integración, la educación, la socialización”.
“Si somos una sociedad avanzada, tenemos que demostrarlo”, me dijo Antonio Gutiérrez, director de la Modelo. Se refería a ser más comprensibles, a conceder más oportunidades a los que se han equivocado. No es fácil, pero eso sería una sociedad avanzada.

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