Un coche a velocidad de carro

Núria Sastre
Abogada
La lentitud de la justicia es el resultado de una perversa combinación de elementos que no acaban de hacer funcionar bien el producto. Algo así como si dispusiéramos de todas las piezas de un automóvil pero, al no encajar entre sí, sólo consiguiéramos hacer funcionar un simple carro, a marcha lenta, y todo ello, a pesar de ingentes esfuerzos y presupuestos.
El tema es complejo: se suceden gobiernos de distinto signo, programas y cambios legislativos. Se producen avances y retrocesos, pero el conjunto es criticado por el ciudadano, el cual, como destinatario último, sufre de una endémica desconfianza hacia un entramado en el que se siente trágicamente atrapado.
Entre tan desolador panorama, no resultan mejor parados los abogados. A pesar de ser necesarios, prácticamente imprescindibles, para orientarse en la jungla judicial, el ciudadano les considera mal y no valora su decisivo papel en el cumplimiento de la legalidad, batiéndose diariamente en la arena de los juzgados.
Pero volvamos al coche y a sus desaprovechadas piezas y entremos en el campo de aportar soluciones, desde una experiencia de muchos días de trabajo como abogada en Barcelona y su cinturón industrial. Estas son sus piezas más importantes:
Los funcionarios. Sufren ante una tarea ingente, casi siempre sin dirección, angustiados por la responsabilidad y la dureza del medio. Sus horarios son increíbles, sus desayunos a media mañana, intocables. Su preparación no siempre es la adecuada. Nadie agradece su esfuerzo. Es un colectivo desaprovechado.
Los jueces. Sufren también ante una tarea enorme. Son sus primeros y últimos responsables. Casi todos, demasiado jóvenes. La inmensa mayoría nunca ha ejercido la abogacía. Acceden desde las universidades a la carrera judicial y, cual médicos residentes, deben enfrentarse a las tareas más desagradecidas. Su esfuerzo les consume y ansían cambiar constantemente de aires, aunque lo que hallan no es mucho mejor. Nadie les ha preparado en gestión empresarial, recursos humanos o técnicas de productividad. Se sienten abandonados por sus superiores y sostienen el edificio sin esperanza.
Los abogados. Incombustibles trabajadores, algunos más listos que otros. Han hecho de la controversia, un oficio. Los jueces les temen. Los funcionarios les odian. Su labor de constante reclamación no es siempre comprendida. Gracias a su actividad, la noble función del juzgador adquiere su pleno sentido. La falta de inteligibilidad del lenguaje jurídico les convierte en intérpretes de textos extraños y, a veces, en hechiceros orgullosos de su poder. Son como médicos de cabecera, a quien se acude cuando algo duele. Tienen fama de ricos y adinerados. Su jornada laboral es ilimitada.
Los legisladores. Hacen y deshacen leyes, con poderío y, con frecuencia, sin pleno conocimiento del patio que pretenden ordenar. Es el sueño del jurista, trabajar en el laboratorio, sin ruido ni gente que moleste. El resultado no siempre es bueno. Si lo es, el mérito se lo llevan los políticos. El lenguaje empleado sigue siendo incomprensible para la mayoría de los ciudadanos. Están convencidos de que las leyes arreglarán la sociedad. Nunca han pasado una mañana en una sala de espera de un juzgado.
Los políticos. Llegan al cargo con su esquema teórico. Proponen la construcción de grandes edificios. No preguntan a los jueces lo suficiente, ni a los abogados. Les encanta firmar leyes nuevas o modificar otras antiguas, aunque no sea del todo necesario. No bajan de su pedestal y al final de su mandato no han entendido del todo de qué iba la fiesta. Se ocupan de obtener mejoras en el presupuesto, pero no consta que lleguen a ocuparse de cómo se gasta. Nunca pasarán, de incógnito, una mañana en la antesala de un juzgado.
El justiciable. Así se llama al ciudadano que pide que se le haga justicia. Vive su encuentro con la trama judicial, como una fatalidad, con más temor que confianza. Apenas entiende el lenguaje empleado en los juicios, aunque intuye que se tratan allí sus problemas, o quizás se decide su vida, entre algunos latinajos. No comprende por qué el horario de las oficinas judiciales es inferior al suyo, ni por qué el juzgado no funciona por las tardes. Tiene siempre la impresión de ser un estorbo.
La experiencia nos dice que desde arriba sólo se arreglan algunas cosas, cosas importantes, como el presupuesto y la promulgación de las leyes. El resto debería atacarse desde la base, mediante un diálogo continuo entre todos los actores o, tal como los hemos llamado, entre las piezas que deben encajar de un automóvil.
Si consideramos como unidad base el juzgado, sea del tipo que sea, y analizamos sus problemas, sin olvidar que la finalidad principal es un buen servicio al ciudadano, se podría probar esto:
Ante todo, paliar la soledad de los jueces, nombrando al menos dos para cada juzgado. Evitaríamos con ello, el constante vacío del juzgado sin titular, o con un juez sustituto que no llega nunca a arraigarse. Exigir al menos quince años de ejercicio profesional como abogados a los aspirantes a jueces. Todos saldríamos ganando y ellos los primeros.
Establecer una gerencia con preparación empresarial para el funcionamiento del juzgado, liberando a los jueces de tareas organizativas para la que no han sido preparados.
Mejores sueldos y más preparación y reciclaje para el funcionariado. Cumplimiento estricto de horarios, destinando los primeros veinte minutos al desayuno. Distribuir la jornada y el personal entre trabajo y atención al publico. Sustituir progresivamente el funcionariado por personal contratado, de acuerdo con unas exigencias de productividad propias del mercado de trabajo (en la tierra). Más presupuesto y mejor empleado. Horarios al servicio del ciudadano.
Conclusión, provisional, por supuesto: una justicia más preparada y eficaz incidiría a medio plazo en la disminución de los conflictos. Sería deseable un diálogo constante entre políticos, legisladores, jueces, abogados y ciudadanos, para hallar soluciones o establecer criterios. Y, sobre todo, ser voluntad política, que no es otra cosa que dar a la justicia y a su ámbito, la importancia y los medios que debe tener.
Espero que nadie se haya sentido ofendido por estas palabras. La justicia es como mi familia, la amo y la sufro. Sería genial verla funcionar a velocidad de crucero.

Revistas del grupo

Publicidad