Un periodista entra en la Modelo

Jordi Pérez Colomé.
Periodista
En el patio de entrada a la Modelo hay un palé lleno de latas de alubias. Detrás mío, dos funcionarias charlan: “¡Mira todas las alubias que se van a comer!”, dice una. Hay también en el patio una chica que deja una bolsa de basura llena de ropa en la consigna, un mensajero que trae un sobre y una anciana musulmana que no encuentra lo que busca. La típica doble puerta de una cárcel –hasta que una no se cierra, no se abre la otra– deja entrar y salir grupitos de gente.
De una puerta salen unos señores con americana. Uno es el director de la Modelo, Antonio Gutiérrez, que sube los brazos y señala aquí y allá. Parece que dé instrucciones. Viene ahora hacia mí. Le avisan: “Es el periodista”.
–¿Periodista? ¿De los que nos trata bien o mal? –contesta cordial y me toca la espalda para que le acompañe. No respondo a su pregunta; le veo atareado.
Vamos a su despacho, un gran despacho, con banderas, sofá y algo de madera noble. Antes de entrar a la Modelo me cuenta un poco cómo está distribuida, con sus célebres seis galerías. En la Modelo debería haber 500 internos –sólo uno por celda; cuando la construyeron en 1904 con ese planteamiento era un centro ejemplar y por eso lo llamaron Modelo. Pero el día que voy yo hay 2.108.
Antonio lleva 20 años trabajando aquí y hace dos que es el director: “He hecho de todo y he visto de todo”, dice, y me lo creo. Sigue: “Esto es como una familia numerosa. Somos más de dos mil y los recursos son los que son. Tenemos que compartirlo todo y no podemos dar más porque no hay más”. Ser una familia dentro de una cárcel suena extraño, pero él se muestra convencido, lo que tiene su mérito: “Hay buena relación y mucho contacto humano”.
Antonio insiste en que para que en un ambiente tan saturado no suceda nada desgraciado “hay que sujetar bien las riendas”. Esto de las riendas lo repetirá varias veces en nuestra larga charla. No se refiere sólo a los internos, sino también a los que trabajan aquí y forman esta “familia” de la Modelo: “Hay que estar encima para que no se pierda el ritmo, ser constantes, atentos a lo que se cuece”. En una cárcel hay que controlar que no se formen bandas, vigilar la droga –que entra sin remedio– y estar atentos a peleas por rencillas.
Antonio es muy delgado y no muy alto, pero tiene mucho nervio. Se las sabe todas. Cuenta por ejemplo cómo se puede hacer un “pincho”, un puñal, en la cárcel: “Con un trozo de hueso de carne, con un cepillo de dientes –aunque ahora tenemos unos más suaves y ya no se puede – , con metacrilato cuando lo había, con la madera del palo de la escoba, con un metal que hay en las suelas de los zapatos”.
Mientras hablamos, llega al despacho Miguel Ángel, un mando intermedio. Será el que nos enseñará la cárcel. También vendrá conmigo Oriol Bonet, jefe de Relaciones externas de servicios penitenciarios de la Generalitat. Cuando salimos del despacho, Antonio le pregunta a su jefe de gabinete: “¿Algo caliente?” Nada, le responden. Pasaré por aquí con Antonio tres veces y en todas preguntará si hay algo caliente. Está muy encima y le gusta su trabajo. Nos despedimos hasta luego. Voy a entrar en la cárcel.

¿Ya estamos dentro?
Entre las dos puertas que se abren y cierran hay una pequeña oficina con una funcionaria. Mira mi carnet y el pase que me han hecho y me deja continuar. Pasamos la segunda puerta: “¿Ya estamos dentro?”, pregunto, un poco ansioso. “Aún no. Esto es la zona de comunicaciones”, me dice Miguel Ángel. Es la zona de contacto con el exterior de los internos. Se divide en cuatro tipos de salas: las comunicaciones normales, los vis a vis íntimos, los vis a vis familiares y las comunicaciones con los abogados.
Primero visito las comunicaciones normales. Son pequeños cubículos con una pared de cristal, un taburete ancho de metal y una rejilla que deja pasar la voz. “¿No ve nada raro?”, me pide serio Miguel Ángel. No sé. “Algunos cristales están agrietados. Querían romperlos para pasar droga”, sentencia y me mira como a uno que sabe poco de esto. Entro en un cuartito al azar y leo escrito en boli en la pared: “Te quiero Miguel”.
Un interno tiene derecho a 20 minutos dos veces por semana en estos cubículos. Luego tiene derecho a dos vis a vis al mes, que pueden ser uno íntimo, de una hora y media, y otro familiar, de una hora y cuarto, o los dos iguales. El contacto con el abogado no está restringido; depende del abogado.
Ahora vamos a los vis a vis. El íntimo es una cama individual, una mesita de noche y un baño. No es un lugar muy acogedor, pero está bien. Los vis a vis íntimos pueden ser sólo con la persona que pida el preso, siempre la misma. No se pregunta nada ni se piden papeles de matrimonio; con el acuerdo de ambas partes es suficiente. Si el interno quiere cambiar de pareja tiene que notificarlo y estar un tiempo viéndose con esa persona en las comunicaciones a través del cristal. Así se evita la prostitución. ¿Cómo puede un interno cambiar de pareja si no sale de aquí? “Son normalmente relaciones anteriores, viene alguien de la familia aquí y le dice ‘oye, aquella estaría interesada en ti otra vez’; así empiezan”. Los vis a vis pueden ser con otros hombres: “No tenemos prejuicios”, asegura el funcionario encargado de la zona. Y sigue: “También ponemos cuatro preservativos”.
–¿Cuatro preservativos para una hora y media? –pregunto, con retintín. El funcionario levanta las manos y dice: “Nunca se sabe”.
Al lado de los íntimos están los vis a vis familiares, que son una pequeña sala de estar, con dos sofás (el sofá es igual que el que tiene el director, Antonio, en su despacho, me parece). Aquí sí que hay cristales, de modo que los funcionarios se pasean y vigilan un poco, sobre todo para que las parejas no aprovechen para hacer, llevados por la pasión, algo que sus hijos es mejor que no vean.
Por último veo la comunicación de los abogados, que es igual que la normal, con la única diferencia de que aquí hay una finísima ranura para pasar papeles. Todos estos compartimentos están repartidos en dos pisos entre la primera y segunda puerta de la cárcel. Casi todas las paredes son amarillas y está muy limpio.

Cafés a quince céntimos
Ahora sí que vamos a entrar. Nueva doble puerta. Cuando nosotros pasamos sale un abuelete, pequeño y esposado. “¿Y este hombre qué ha hecho?”, pido. “Alguna fechoría”, responde simpático un funcionario. En esta doble puerta está el control de ingreso a la cárcel. En un año entran o salen de la Modelo entre cinco y seis mil internos. Cuando alguien ingresa se le hacen dos fotos y se le toman las huellas de los diez dedos. “Si algún día usted ingresa aquí, ya lo sabe”, me advierte mi funcionario, que es socarrón.
Aquí está también el economato. En los cárceles no sirve el dinero. Ha sido sustituido por cartones que hacen esa función. En esta tiendecilla se puede comprar tabaco más barato que fuera y café a quince céntimos –no se carga nada en los productos. Los cartones se reparten una vez por semana y hay un límite de 60 euros. Depende también del dinero que tenga fuera cada cual. Si uno se queda sin cartones, puede pedir a otro interno un préstamo de por ejemplo cuatro. La semana siguiente deberá devolver seis. Si no lo hace le pueden pegar una colleja y pedirle ocho. La cosa puede ir complicándose sucesivamente hasta llegar a malos modos. A malos modos de verdad. Por eso el día de la semana en que se reparte el dinero es complicado: se ajustan las cuentas.
Antes de llegar a las galerías, damos una vuelta por la cocina. En la entrada hay unos diez internos fumando. Son hombretones con delantal. Es casi la hora de comer y dentro aún trabajan a destajo otros diez, al menos. (Las tareas que hacen funcionar la cárcel –cocina, lavandería, limpieza, panadería, obras– las hacen los internos a cambio de un vis a vis extra y un pequeño premio en metálico.) Ahora se está friendo pescado, que tiene una pinta saludable. La comida es una de las cosas que más se cuida. “Con el estómago tranquilo, uno está menos nerviosillo”, me dirá Antonio, el director, luego.
En la cocina con los internos está el cocinero, que supervisa y va vestido de calle. Me habla de los menús y del modo de comprar: “No siempre se puede comprar cordero, pero si me hacen una buena oferta, pues esa semana lo compro”, dice. El cordero será para el domingo, cuando también habrá paella y helado. Hoy toca, además de la merluza y ensalada, lentejas con verdura, fruta y lácteo. Cada día se hacen cinco menús distintos: el general, el de los musulmanes, el vegetariano, el de los que se encuentran mal (que siempre comen arroz blanco, pechuga y manzana al horno) y los que necesitan un menú especial por causa mayor: enfermos, asódicos, sin grasas, diabéticos y tri-​blanda (falta de dientes).
Cuando salimos, le digo al cocinero, que es muy campechano: “Esto funciona como una seda, ¿no?”
–¿Esto? Mucho mejor que en mi casa –me coge del hombro, e insiste: “¡Pero mucho mejor!”
Ahora vamos al horno. También lo lleva un interno, que es maduro y con gafitas, de pelo gris y corto. No tiene aspecto de preso y es extremadamente educado y cordial. Me cuenta cómo hace cada día 5.400 barritas de pan y las pastas del desayuno. Lo sabe todo: que si la masa se hace así, que si esta máquina la corta y aquí se deja reposar. Parece que lo haya hecho toda la vida, y se lo pregunto: “No, yo soy músico”. (Luego preguntaré a dos funcionarios cómo ha llegado aquí y no lo saben: “No me meto en lo que han hecho, cualquiera puede cometer un error”, me dirá uno. Parece que es regla general no saber el pasado de nadie: “Aquí no vienen delitos, vienen personas”, dice el director. Entre los internos tampoco suelen contarse la verdad, y se exagera: el más matón es el más respetado; como en el colegio.)
En el horno también nos enseñan las pastas, que traen congeladas y aquí hornean. Oriol, el funcionario de la Generalitat que me acompaña, dice: “El mejor cruasán que he comido en mi vida ha sido aquí”. Debe ser verdad, porque ahora insiste en tomarse una cañita de chocolate que sobró de ayer. El encargado lo desanima: “Es de ayer”. Pero Oriol insiste –“tengo hambre”– y se muestra satisfecho: “Está buena, buena”.
Encima del horno está el geriátrico, de 20 plazas. Hay unos cuantos ancianos mirando la tele y otros leen la prensa al sol en una terraza. Cada cuarto tiene dos camas, no tiene techo y la puerta es una cortina. Si no fuera porque no se puede salir a la calle, parece un lugar confortable.

Ojo con la cartera
Llegamos a la célebre cúpula de la Modelo. Es el centro de la cárcel y está en un estado un poco ruinoso. Aquí hay una especie de control central y es donde van a dar las seis galerías. Vamos a entrar a la primera. Miguel Ángel, mi funcionario, me avisa: “¿Llevas cartera?” Sí, en el bolsillo de atrás. “Dámela, la dejaremos aquí, no sea que te la vayan a picar”. ¿Irá en serio? Oriol y yo, los menos avezados, nos miramos con dudas. Él veo que se abrocha los tres botones de la americana, se cruza las manos por detrás para protegerse la cartera y pone cara de valiente.
Nos abren la puerta de la galería desde un búnker de cristal que domina todo el pasillo, de unos 60 metros. Está llenísimo de internos, con una gran actividad. Unos esperan la ducha, que son tres cuartitos, con toalla o en pantaloncitos. Otros van arriba y abajo; todas las celdas están abiertas y algunos ya hacen cola al comedor. Hay internos de todas las edades y tamaños. Se ven muchos extranjeros. Van vestidos sobre todo con ropa deportiva y ligera, de colores. Cada cual va a la suya y algunos hablan. Unos tienen mejor cara que otros y nos miran con curiosidad. Nos paseamos por entre los internos, más de doscientos. Somos mi funcionario, Oriol –que sigue tenso con las manos atrás– y yo. Veo, sin contar los del búnker, otros dos funcionarios más. Salimos a cuarenta internos para cada uno. Pero sigo tranquilísimo.
En el comedor, algunos internos sirven a los demás, que se acercan con su bandeja metálica. Llega también Antonio, el director, que se pasea. Pregunto si viene a comer aquí, en la primera galería, pero me dicen que “no, no” con una sonrisa. Los internos detienen a Antonio para hablar, alguno le da una instancia. Procura atenderlos a todos: “Lo peor para un interno es la incertidumbre. Yo les digo siempre lo que hay: ‘Mira, hijo, esto no tiene solución’. Y ellos lo agradecen”. Antonio hace esta ronda a diario y es una de las claves de lo que él llama sujetar las riendas. “Es bueno que me vean”, dice.
Ahora mismo tengo a mi alrededor hombres que estarán aquí desde unos meses a 15 años, quizá 20 (un 65 por ciento está más de cinco años). Cada día se levantarán a las 7.30. A las 8.15 desayunan: café, pasta y bocadillo. A las nueve se acaba y a las 9.30 dejan las celdas, que se cierran. Ahora cada cual hace lo que puede y quiere: unos van al taller, otros van a sus tareas en la cárcel o a la sala de día y juegan al parchís, otros salen al patio o leen en la biblioteca. Hacia las 12.30 se abren las celdas y a la una empiezan a comer. A las dos se les encierra en las celdas y a partir de las tres vuelven a abrirse. La tarde será igual que la mañana, hasta las ocho, cuando cenan. A las nueve, todos a las celdas.
“Aquí los días son iguales. Hay que buscarse alguna actividad y aprovechar el tiempo”, me cuentan. En la cárcel uno puede, además de trabajar, sacarse el graduado escolar, aprender un oficio o español (para los extranjeros), estudiar la universidad a distancia o seguir las clases de un compañero recluso inglés que enseña su lengua. Es un buen síntoma que un interno haga cosas y se relacione bien con su entorno. Le facilita que los educadores le concedan permisos y el tercer grado, en el que sólo se va al centro a dormir.
Las celdas son la gran vergüenza de la Modelo. Tienen doce metros cuadrados, cuatro de largo por tres de ancho. Hay dos literas: la celda que vi yo tenía una de dos camas y otra de tres; aunque hay celdas con las dos de tres. El váter –con puerta, y que aquí llaman “el tigre” – , un lavamanos y unas repisas que sirven de armario, también están dentro. La ventana es pequeña. La celda olía mal y todo estaba colocado de cualquier manera. Son condiciones lamentables donde viven cinco hombres, algunos enormes. Por suerte la Modelo cerrará en 2010. Casi todas las celdas tienen una pequeña tele, que ha comprado un interno. “¿Quién escoge el canal?”, pregunto. Entre ellos se apañan, me dicen. “Aunque lo que les gusta más son las pelis de aventuras y tiros, como a mí”, me dirá Antonio, el director.

Los internos en la biblioteca
Entro también a la segunda galería. Un interno limpia el suelo. “Lo siento, lo siento”, le digo, pero él dice que no pasa nada, que adelante. Es el tercero o cuarto que veo limpiando. Se limpia continuamente. Con la comida, la limpieza es otra gran prioridad, para evitar contagios.
En esta galería, más corta, comen en mesas plegables en el pasillo. Un funcionario nos acompaña a la biblioteca, en el sótano: “Aquí estaban antes las mazmorras”. Hay bastantes libros, todos los periódicos –entre la tele y la prensa, los internos saben con detalle todo lo que pasa fuera– y unas sillas que en otra biblioteca iban a tirar: “Nuestra bibliotecaria fue rápida y las pidió para aquí”, dice el funcionario satisfecho. Y sigue: “Es una lástima que no hayáis venido hace un rato. Estaba lleno de internos”. Le hubiera gustado que viéramos cómo leen.
Las dos galerías que he visto son las de presos que están aquí por primera vez o que se portan bien. La tercera es la de reincidentes. La cuarta, la de multireincidentes. La quinta es “destinos”, que son los que trabajan en las tareas que hacen funcionar la cárcel y tienen mayor libertad de movimientos. Y la sexta es la de régimen cerrado, que también veré. En ésta no hay nadie en el pasillo. Son celdas para una o dos personas y donde se recluye a los que han hecho algo malo dentro del centro. Están alejados de las actividades de “vida ordinaria” –así se llama la vida normal aquí– y pasan más horas en la celda.
Entre las galerías están los patios. En las horas de reposo, puede haber trescientos internos en uno de ellos. Hay una red que cubre todo el patio para que no tiren cosas desde fuera. Desde el patio también se ven algunos balcones de vecinos, que se quejan con pancartas porque el túnel del AVE pasará por debajo de su casa.
Los funcionarios de la Modelo se pasean por entre los internos. Suele haber sólo dos o tres. Si hay una pelea, tienen que separar a los contendientes, mientras los otros trescientos miran. “No podemos permitirnos el lujo de que una pelea se complique. Si yo estoy por allí, me tiro a separarlos también”, dice el director. Por la cuenta que les trae, los funcionarios no se exceden. Están en muchas ocasiones a merced de los internos. Para denunciar agresiones, los internos disponen de un juez de vigilancia penitenciaria, que puede hacer las investigaciones que quiera. (No puedo preguntar por agresiones, porque en mi visita no he hablado con internos.)
Al final del edificio de la Modelo está el patio de deportes, el gimnasio y los talleres. La zona deportiva la comparten –“como buenos hermanos”, como dice el director– y cada día la utilizan un rato novecientos internos. En los talleres hay una imprenta y otras pequeñas industrias, que están gestionadas por un organismo público. En la imprenta por ejemplo se imprimen todos los documentos que se utilizan en los juzgados. No cobran un sueldo normal, pero están asegurados. Los inmigrantes irregulares que trabajan aquí o con el tercer grado lo hacen con papeles del Departamento de Justicia. Cuando quedan libres, se quedan sin papeles y vuelven a la clandestinidad que, quizá, les volverá a traer aquí.
Volvemos a la salida y pasamos por un patio vacío. Mi funcionario se acerca a una rejilla que hay a ras de suelo. Han hecho un agujero cuadrado cortando la tela metálica. Lo toca con el pie y llama al jefe de esta galería. “¿Has visto esto?” El jefe lo mira y repasa. Al final cae en la cuenta: “Ah sí, es de las obras”. Hay que estar atentos a todo. En nuestras cárceles hay pocas cosas como en las películas, pero el temor a fugas espectaculares persiste.

Revistas del grupo

Publicidad