El resplandor del bien

Margarita Benedicto
Médico
Si yo tuviera que señalar algo radicalmente diferente, que remueve hasta lo más profundo los cimientos de la psicología e incluso de las sociedades, diría que es el mensaje cristiano del perdón. El perdón es lo único capaz de reducir al silencio el lenguaje del mal, de romper los eslabones de las violencias sucesivas y de hacer realidad la profecía mesiánica de Isaías: “Habitará el lobo con el cordero”.
Por eso, y aunque sé que es un asunto delicado, no me siento cómoda con la continua reivindicación de las víctimas en boca de todos. Bien está que se sepa la verdad, que la víctima deje de ser un apestado. Pero sin perdón no hay sociedad nueva, ni resplandor del bien. Dicho esto, he de reconocer que no soy nada proclive al odio, ni en general siento que tenga nada que perdonar. Cuando una persona no me gusta, la ignoro. Siento antes desprecio que animadversión. Y tampoco es que esta actitud sea recomendable.
En las escasísimas ocasiones en que alguien realmente querido se ha portado mal conmigo, ha prevalecido en mí el recuerdo de lo bueno, y sin hacerme especial violencia he permanecido fiel a mis antiguos sentimientos. El amor es una cosa demasiado preciada como para dejárnoslo arrebatar por las circunstancias.

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