El cerebro es un infeliz

Jesús Quintero entrevistaba en su programa de Televisión Española al filósofo Antonio Escohotado. Quintero le preguntaba por la humanidad, por el futuro, por la televisión, esperando que Escohotado respondiera con el triste tópico de que “vamos a peor”. En cambio, Escohotado se defendía: “Yo no hubiera querido vivir en ninguna otra época más que en ésta”. En El Ciervo vimos el programa y además el crítico de televisión de La Vanguardia, Víctor M. Amela, lo destacó en su columna: “Escohotado cuenta que hoy vivimos en el mejor de los mundos conocidos. No posibles, claro, pero sí conocidos”, celebraba Amela.
No sabemos si Quintero es pesimista, pero su postura es la más típica de la historia de la humanidad. Lo malo siempre ha sido más fuerte que lo bueno. Lo dice Jonathan Haidt, catedrático de Psicología de la Universidad de Virginia en un libro reciente (The Happiness Hypothesis; la hipótesis de la felicidad): “La respuesta a amenazas y desgracias es más rápida, más fuerte y más difícil de ocultar que la respuesta a oportunidades y placeres”. Según Haidt, así está hecho nuestro cerebro.
Pero la mayor parte de los miedos que asedian nuestro cerebro han pasado a la historia en muchas partes del mundo: pestes, infecciones, suciedad, podían matar fácilmente a nuestros antepasados. Ahora las cosas han cambiado. Pero para nuestro cerebro no. Le siguen gustando más las cosas negativas, y si no las hay –o hay menos– hay que buscarlas. Sin embargo, hoy sólo poder hablar de felicidad, aspirar a ella, ya indica lo felices que somos.
Leemos sobre el libro de Haidt en una crítica en el New Yorker, que el crítico concluye así: “Una persona con buena salud que viva en una democracia occidental es, en términos de sus circunstancias objetivas, uno de los seres humanos más afortunados que nunca haya andado por encima de la capa de la tierra”. Que nuestro cerebro no nos engañe.

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