Lo tengo poco presente

Ana Giménez Ciruela
Psicopedagoga
El perdón es una acción o actitud que a pesar de su incuestionable valor, está poco presente en mi vida. Por una parte porque son muy pocas las veces en las que siento que alguien ha hecho algo que yo tenga que perdonar, no sé si porque tengo suerte o por si tiendo siempre a relativizar y a comprender las razones de los demás. Quizá por lo mismo son pocas las veces en las que siento que he hecho algo intencionalmente por lo que pedir perdón, algo de envergadura, más allá de meteduras de pata cotidianas, que realmente llevan asociadas casi de inmediato un perdón: perdón por el grito, por mi enfado, porque no te escuché, porque no me di cuenta.
Y es que el perdón de verdad, ese que implica una actitud de acercamiento real a la otra persona, aunque sea para reconocer una discrepancia irreconciliable, para al menos acordar que lo importante es el valor de la persona en sí, no es una cosa de todos los días, sino que más bien tiene cabida en las relaciones importantes. Quizás en mi caso, la razón por la que no me resulta difícil perdonar y pedir perdón radica en que me siento profundamente como una mujer limitada, pero a la vez incondicionalmente amada y cuidada, por Dios y por los que me rodean.
Sin embargo hay algo con lo que, confieso, me cuesta reconciliarme: con el dolor, físico o psíquico, que no depende de los demás, que depende de la finitud, de nuestra limitación. Dios, ya sabes que te lo he dicho muchas veces, no lo comprendo. Lo demás por muy fuerte que sea provoca en mi una actitud constructiva, de lucha por un mundo mejor. Pero la enfermedad y la muerte provocan en mí un sentimiento de impotencia y sé, lo sé, que es porque no me puedo conciliar con la idea de nuestra finitud. A pesar de todo, confío en una futura reconciliación, sólo que no puedo evitar estar en la fase de no entender el porqué. Es esa fase en la que el perdón, la reconciliación parece lejana, e incluso no se desea, pero llegará.

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