Modestamente, William Shakespeare

Máximo
Dibujante
Si por el mismo precio se puede elegir a lo mejor y a lo peor, modestamente me pongo en la piel de William Shakespeare. Pese a que el trasplante total de cuerpo y espíritu no me cabe en la cabeza. Pese a que el problema de la alteridad es para mí el más inasumible y misterioso.
Las razones para elegir al Bardo son obvias literariamente, aunque inquietantes en otros aspectos: ni se sabe con seguridad si Shakespeare es Shakespeare, si los sonetos tienen destinataria o destinatario, si sus obras las escribió él o tal locura fue el sueño de una noche de verano. Lo elijo porque, en sus tragedias sobre todo, hay crónica y filosofía, poesía y espectaculo en armonía de hierro y seda, en sabiduría con hondura, humor y naturalidad. Es asombrosa la equidistancia con que monta su tablado. Cada personaje es un ser humano vivo e integral, con biografía. Shakespeare no moraliza, no juzga salvo con los hechos escénicos, no arropa o desabriga a los personajes. Y como dijo Hamlet: “El resto es silencio”.

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