Qué me hace reír

Varios autores
Las explicaciones televisivas de José Bono.
Cuando el viento se le lleva el birrete a Benito XVI.
Eva Hache, a veces.
Cuando un nieto de tres años hace algo imprevisto: golpea el balón con más fuerza de la esperada o sale airoso de su empeño en circular con una bicicleta demasiado grande.
Cuando un portero de fútbol se hace un autogol al intentar pasarla con la mano.
Cuando, en el fragor de la lucha, un par de jugadores, sin quererlo, se llevan por delante al árbitro.
Cuando un divo, en un mutis después de una escena heroica, tropieza o se le engancha un bolsillo en el pomo de la puerta.
Cuando un director de orquesta –en mi memoria César Mendoza Lasalle– se dirige en un gran ademán hacia los violines y le suenan, en el lado opuesto, los violoncelos.
Cuando la desaparecida orquesta Solistes de Catalunya arrancó en El Papiol el tercer tiempo de un concierto para piano de Mozart mientras el director, el maestro Xancó, se quitaba las gafas, se enjuagaba el sudor de la frente y tardaba por lo menos veinte compases en atrapar la música que ya sonaba.
Cuando, hace ya muchos años, Montserrat Caballé se sentó encima de Josep Carreras en el segundo acto de La Traviata y éste desapareció de la vista del público.

El humor del absurdo o disparate, como el de mis maestros (en el humor y en la vida) los hermanos Marx: G: “Tome esta pluma y firme aquí el contrato” /​CH: “Es que no sé escribir” /​G: “No tiene importancia, tampoco hay tinta en la pluma”.
Paradoja, me gusta el humor negro (aunque es de mal gusto): “¡Cuánto tiempo sin vernos! ¿Cómo sigue tu padre?” /​“Sigue muerto”.
Los juegos de palabras estúpidos o ingenuos que se hacen espontáneamente en las conversaciones: “Mañana vienen los Reyes Magos, los niños están excitados” /​“Es que al ser la ‘víspera’, esto parece un ‘avispero’” El de crítica social, de lo que son claras y terribles muestras las viñetas diarias de El Roto, en El País: Una inmensa bomba va cayendo, mientras dice. “Tranquilos, que llevo el informe de impacto ambiental”.

Me gusta la gente que se ríe de sí misma. Que cultiva la faceta de antihéroe y las limitaciones reconocidas. Me hacen reír las personas que se revisten de trascendencia, ponen cara de ser muy importantes y estar muy ocupados. Parecen niños pequeños con el traje de su padre con sombrero y puro y les cuelgan las mangas de la americana y las perneras del pantalón.
Reír puede mostrar el control de las situaciones tensas. Estar atascado en el ascensor permite una previsión de dónde se va a pasar la mañana.
Una buena reunión ha de tener su dosis de buen humor. Me río con las convocatorias de trabajo donde se valora un fino sentido del humor.
Me hacen reír los juegos de palabras, la ironía. No me hacen reír las novatadas, las inocentadas. Son cuestiones nada serias.

Conservo fotografías de mi infancia en las que se me ve gordito y sonriente. Decía la leyenda familiar que mis hermanos se reían de una y otra cosa. Lo de gordito lo he perdido. Lo de sonriente creo que no.
Pero la sonrisa no es la risa. Los responsables de la revista –que tienen el don de la risa fácil y buena– preguntan sobre la risa. Yo no creo tener este don, esta gracia que debe ser una bendición de Dios (como toda bendición, gratuita, a quien toca, toca, malo sería que pensaran que es un mérito suyo). Me encanta la risa de los demás, cuando es buena y bondadosa, espontánea, pero me cuesta unirme a ella, más allá de la sonrisa que expresa compartirla.
Con todo, debo reconocer que algunas veces, consigo reír. Mejor dicho, hay quien me provoca saber reír. En primer lugar, los niños (quizá porque no los tengo en casa). Y ellos se ríen conmigo, lo cual debe ser buena señal. Luego, y espero que nadie se ofenda por ponerles en el semejante nivel, los gatitos que han hecho del huerto de nuestra casa su hábitat y son genialmente traviesos. Finalmente, pero de corazón en primer lugar, quienes en casa, en el trabajo, en la amistad, tienen el don de la risa. Un don que es contagioso y muy de verdad se agradece, aunque uno esté poco dotado para expresarlo.

Me hace reír –o me contagia la risa, buena cosa– el director adjunto de esta revista, Jordi Pérez Colomé. Da gusto.
Me hacen reír los chistes absurdos y tontos, cuanto más tontos y absurdos, mejor. Y breves.
Me hacen reír las sentencias serias de los niños que, aunque a veces nos fastidia porque nos retratan, son de gran sabiduría.
Y me río de los que se creen algo, importantes y sabios, guapos, intelectuales, en fin, gente creída.
Con todo ello hay motivos para reír y me río bastante.

Me hacen reír los italianos. Sobre todo los que gritan y gesticulan. Berlusconi me hace reír; Prodi, menos. Pero si debo escoger a un italiano, me quedo con el actor Totò. Por ejemplo cuando se le acercan dos inglesas, su amigo le dice: “Ma tu parli inglese?” Y Totò, seguro: “Modestamente qualche lingua la parlo.” No tiene, claro, ni idea, pero él se dirige a las inglesas con confianza, en su inglés: “Excusez, noi vogliam savoir ove voio abita, dove e la vostra abit?” Cuando las otras responden que no le entienden, se gira a su amigo y le dice: “Beh, ste due sono delle ignorantelle”. Siempre que veo a Totò me río y ahora escribiéndolo, también.
Me hace reír un amigo médico cuando imita a sus pacientes y, sobre todo, cuando imita a los familiares de sus pacientes.
Sobre todo, sin embargo, me hago reír yo. El mundo me hace gracia y yo me río con él. En el trabajo, por ejemplo, pongo motes, gasto bromas y grito (tengo un trabajo poco serio y yo contribuyo mucho a que lo sea menos). Mis colegas no se quejan, al menos ante mí, e incluso algunos se ríen conmigo. Lo que siempre procuro es reírme a la cara, nunca a escondidas. Ya que armo cachondeo, al menos que sea honesto.

El ingenio poético del humor infantil.
El filme de Ernest Lubitsch Ser o no ser.
El señor Acebes del PP cuando habla.
Los disparates de algunos estudiantes en los exámenes.
Las cosquillas.

A estas alturas, pocas cosas me hacen reír. Y digo eso así, de bote pronto, porque me paro a pensar qué cosas son las que me hacen reír y encuentro muy pocas. Lo siento. Aún así, soy consciente de que algunas veces me río. ¿De qué? De tonterías. Yo me río de lo que no entiendo. Pero de lo que no entiendo de ninguna manera. Porque entender, entender, la verdad es que no entiendo nada. De modo que siempre me estaría riendo. Y ya he dicho que no es ése el caso. Me río, pues, de lo que no hay forma de entender, como la expansión permanente del Universo y cosas así. Mejor es reírse.
Con la gente es distinto. La persona humana es una fuente de risa. Si uno quiere reírse debe relacionarse con los otros, aunque sean políticos. Quizá sean ellos los que se toman más en serio a sí mismos. Me hacen reír más por el tono como dicen lo que dicen que por lo que dicen. La solemnidad con que algunos personajes públicos se manifiestan en público, me produce risa. Mucha risa.
Ahora bien, cuando más a gusto me río es cuando veo a alguien que ríe. Que se ríe. A gusto. Aquí sí que pondré un ejemplo: Montserrat Caballé. No sé qué le pasa a la simpática soprano, pero todo lo que hace, dice y escucha en esta vida, le hace reír. Siempre se ha estado riendo. Viéndola a ella reír, se me contagia la risa. La buena risa.
Así que lo que más me hace reír es ver reír a la gente. La risa me hace reír. Por eso acostumbro a permanecer cerca de la gente que se ríe, para compartir su risa, pues me siento mejor cuando río. Escojo a mis amigos entre aquellos que tienen la risa más fácil. Me gusta reírme con ellos. Es muy gratificante. Reír y ver reír me hace reír. Es lo que más me hace reír.
Por eso me gustaría ser amigo de Montserrat Caballé.

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