Del código mercantil

Manuel Quinto
La distribución y exhibición de películas en las salas de cine está atravesando momentos de crisis. Es así que todos los factores externos al film, que hagan que sea objeto de polémica, son bienvenidos para crear un estado de opinión que propicie la asistencia al cine de más público. Entre los temas que pueden conseguir despertar fructífera polémica se encuentra el religioso. Sirva como ejemplo reciente la generada por la Pasión de Cristo, de Mel Gibson, por su sangriento realismo y la visión de la Redención como consecuencia del dolor y no de una doctrina basada en la caridad.
La novela del americano Dan Brown El código Da Vinci ha constituido un inesperado éxito de ventas. A pesar de sus escasos valores literarios, su combinación de aventuras e intriga basada en leyendas como la del Santo Grial y especulaciones históricas acerca de Jesús la ha convertido en distracción apetecible para millones de lectores. Hollywood no podía dejar pasar la ocasión de convertirla en película.
Para hablar de la versión en imágenes de El código Da Vinci realizada por Ron Howard, centraremos la atención en dos puntos: el estrictamente cinematográfico y el religioso. Ron Howard ha demostrado casi siempre ser un buen artesano, con atisbos de creatividad y galardones como el digamos sorprendente Oscar concedido a Una mente maravillosa. Por eso nos extraña la torpeza con la que ha llevado a la pantalla un material indicado cuanto menos para una divertida película de aventuras. Una de las causas de esta torpeza radica en el guión, que se limita a condensar el argumento de la novela, sin hacer buen uso de la elipsis, ni aportar soluciones narrativas que aligeren el desarrollo de las escenas. El film se convierte en un nuevo recurso a la típica persecución de organización criminal y policía a una pareja de inocentes metidos en una intriga que les sobrepasa. El mismo esquema que Con la muerte en los talones y que tantas veces han utilizado los imitadores de Hitchcock. Por otro lado, está la conspiración internacional, una excusa para dotar de sentido al deambular de la pareja formada por un experto americano en simbología y una criptóloga francesa por escenarios atractivos de París y Londres. El uso de insertos ilustrativos de lo que se está narrando resulta inútil, sólo un “cromo”, que no evita la poca agilidad de los momentos en los que se desgranan los descubrimientos que desvelan la intriga.
¿Y qué decir de los personajes? La pareja protagonista deambula como distraída a lo largo del extenso metraje. La presencia del asesino albino presa de furor masoquista penitencial resulta patética, digna del peor fanzine. El único que salva la función es el comisario Bezu Fache, un policía del Opus Dei encarnado por Jean Reno, cuya reacción al saberse manipulado por el cardenal Aringarosa constituye un instante de buena interpretación. En cuanto a lo religioso, apenas merecería nuestra atención, porque el moderado escándalo que se ha armado es una creación publicitaria y el eco despertado responde a la necesidad de los medios de encontrar combustible para alimentar las calderas. El código Da Vinci es sólo una ficción que acumula elementos efectistas para mantener el interés de un espectador al que se le ha ido acostumbrando a las conspiraciones noveladas para enmascarar las reales propias de la globalización.
A esas alturas, la figura de Cristo puede ser tratada como la de un extraterrestre o una alucinación histórica sin que una mediana inteligencia se rasgue las vestiduras. Hacer aparecer el Opus Dei capaz de utilizar como asesino a un psicópata estupidizado al que los cilicios pueden provocar un desmayo en cualquier momento me parece risible. De todos modos, si uno presta una mínima atención al film, nos daremos cuenta de que Hollywood sigue nadando y guardando la ropa. No son el Opus Dei ni el Vaticano los que luchan contra las revelaciones del Priorato de Sión, sino una organización radicalizada que actúa en secreto fuera de las órdenes de los estamentos oficiales.
La afirmación de que Jesús tuvo descendencia con María Magdalena es una ingeniosa suposición sacada de una lectura superficial de los llamados “evangelios apócrifos”. Partiendo de la hipótesis formulada por Dan Brown, lo interesante sería ver como afecta esta humanización absoluta de la figura de Cristo, no sólo a los intereses vaticanistas, sino a las bases en las que se asienta lo religioso en la convulsa sociedad actual. Convertirlo en motivo para una intriga con crímenes en el Louvre, inscripciones descifradas, mensajes en La Santa Cena de Leonardo y torvos cardenales persiguiendo a sociedades protectoras de secretos de los templarios puede ser divertido, pero nada más. Habida cuenta de que, tal como están las cosas, uno no puede contar la vida de Mahoma, Cristo puede ser usado como efigie para moneda de mercaderes. Todo es cuestión de la idea que cada uno tenga del respeto a la fe y a las tradiciones religiosas. El escándalo no se formó alrededor de la clarísima relación de los contactos Mafia y Vaticano de El Padrino iii, con las referencias al escándalo de la Banca Ambrosiana y la muerte de Juan Pablo I. Y había muchos más motivos.

Revistas del grupo

Nuestra redacción

Publicidad