Un arzobispo que habla y ríe

Jordi Pérez Colomé. Periodista
Sotto il Monte es un pueblo a unos cincuenta kilómetros de Milán y a 15 de Bérgamo, en el norte de Italia. No es precioso, pero tampoco es feo. Habrá cambiado mucho con los años y ahora hay muchas casas residenciales con su jardín. Allí está sin embargo la casa donde nació Angelo Roncalli en 1881, con un patio amplio y tres arcadas. Arriba están las habitaciones, sobrias pero llenas de vitrinas con objetos de su vida: sotanas, calcetines, solideos, fotos familiares. En un lado de la casa hay hoy también un seminario. A escasos cien metros está la iglesia donde le bautizaron, que conserva la pila de la época, aunque la decoración general ha cambiado mucho (hay incluso velas anti humo).
Después de la visita al pueblo habíamos quedado con Ivan Bastoni, el joven secretario laico de Loris Capovilla, que nos llevaría a Ca’Maitino, sede del museo Juan XXIII y residencia del secretario del Papa. Antes de entrar, temíamos hacer una entrevista a una persona de 90 años, lenta quizá de reflejos. Así que pregunté a Ivan con discreción: “¿Crees que monseñor podrá aguantar un par de horas charlando?” Ivan sonrió:
–No te preocupes. No para de hablar desde las ocho de la mañana hasta medianoche.
Qué razón tenía. Llegamos al museo, una monja nos recibe y el portero nos anuncia. Casualmente, era el día después de que el Barça eliminara al Milan de la Copa de Europa y el portero lo recuerda: “Después de lo que hicisteis anoche no os tendría que dejar pasar”. Yo me defiendo: “Pero aquí no estamos en Milán”.
–Pero somos lombardos –replica el portero.
Por suerte llegamos hasta monseñor, que nos recibe con una sonrisa. En seguida empieza a hablar, sin nosotros preguntar, sobre unas cartas que el místico trapense Thomas Merton envió a Juan XXIII. Habla y habla en italiano y en alguna pausa podemos colocar alguna pregunta. Así se hizo la entrevista.

SE NOTA QUE ES PERIODISTA Don Loris, mientras conversa, juega con su cruz, que lleva una efigie de Juan XXIII. La mueve de un lado a otro y hasta se la pone debajo del brazo.
Es un hombre avispado, muy listo, de una ironía sutil que se deja ver en la conversación que publicamos. Debió ser un secretario excepcional. Es también un narrador notable (se nota, creo, que fue periodista). Cuenta las historias con anécdotas y hace hablar a los personajes con entonaciones y voces distintas. Para Juan XXIII, por ejemplo, escoge una voz suave, como descuidada. El evangelio o textos antiguos en cambio los cita siempre en latín y con gravedad. Dice por ejemplo: “Simplicem esse cum prudentia hec est culmen philosophia christiane” y se detiene en cada palabra, lo que tiene un magnífico efecto sapiencial. Al final, como buen pastor y periodista, traduce. También en italiano, cuando llega a momentos culminantes del discurso, sabe darles un giro rotundo. Por ejemplo cada vez que dice “cattolica” en el sentido de universal, pone énfasis en la doble “tt” y alarga la “o”, lo que da una mayor sensación de amplitud. O cuando dice: “El placer no está en vencer”. Se para un momento, y exclama: “¡Sino en convencer!”
En otro momento de la conversación, le suena el móvil a Rosario Bofill, la directora. Don Loris se detiene a que responda. Rosario, en cambio, procura no darse por aludida, hasta que don Loris advierte: “No lo dejéis llorando solo. Quien llama queda mortificado”. Rosario, avergonzada por el chasco, lo coge, dice que debe ser una hija suya y decide apagarlo de golpe. Y don Loris: “¿Qué ha hecho? ¿Lo ha aplastado? Che mamma!”
Al final, nos acompañan a dar una vuelta rápida por el museo de Ca’Maitino. Don Loris pidió en el Vaticano que le cedieran los muebles del apartamento de Juan XXIII y su capilla (con cada Papa, los cambian, parece). “La capilla –me susurra Ivan– es un lugar mágico”. Aquí están todos los enseres, junto a montones de fotografías y regalos que el pobre Ivan está archivando en sus ratos libres.
En la despedida, don Loris nos dice: “Ahora vais a España a explicar que habéis estado en el museo de las momias italianas”. Negamos la broma y le reto a volver a vernos dentro de tres años. Me pareció que aceptaba con decisión. La energía le sobra.

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