Qué pena, Slobodan

El ex presidente de Serbia, Slobodan Milosevic, ha fallecido. Su país, los países vecinos, siguen enfrascados en rencores y muchos de los problemas de la guerra de la ex Yugoslavia están sin resolver. Imaginemos ahora por un momento que Slobodan –así, sólo con el nombre, olvidando lo que fue– hubiera salido un día en la tele y hubiera dicho: “Mirad, me he equivocado en muchas cosas. No empuñé ningún arma, pero quizá mis palabras, mis gestos, mis silencios causaron mucho dolor. A todos aquellos a los que pude haber causado dolor les quiero pedir perdón”.
Qué gesto hubiera sido. Cómo nos hubiera llamado la atención. A sus compatriotas, a sus antiguos adversarios, sobre todo, pero a nosotros también. No por eso tendríamos que olvidarnos de la justicia, de descubrir la verdad, pero sí que Slobodan hubiera sido más capaz de pedir clemencia, comprensión.
La petición de perdón no habría puesto seguramente punto final a los odios en Serbia, Croacia, Bosnia, pero sí que hubiera obligado a todos a mirarse de otro modo. A mirar el futuro con otra cara. Ahora Slobodan se ha ido a descansar y ya no podrá echar una mano a sus compatriotas para olvidar el pasado.
Lo mismo ocurrirá desgraciadamente con Sadam Husein. Su juicio, lleno de malas palabras y desprecio, está condenado a sembrar más odio. Pensemos qué ocurriría si un día en nuestro periódico leyéramos: “Sadam pide perdón”. Un gesto así, pequeño, haría del mundo un lugar un poco mejor. La justicia –internacional y nacional– es necesaria. Pero la justicia sin perdón, sin olvido, es muy difícil.

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