Ahora, Mauritania

Los inmigrantes subsaharianos vuelven a ser noticia. Ahora porque vienen en “cayuco” de Mauritania. Antes venían en patera de Marruecos o querían saltar la valla en Ceuta y Melilla. El viaje es cada vez más peligroso y difícil. No por ello la “avalancha de inmigrantes” –como dicen en la prensa– cesará. Si ahora la vía mauritana también queda cerrada, buscarán otro camino.
El gobierno canario puso el grito en el cielo y avisó que empezaría a enviar a inmigrantes a la Península en avión. Así, la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, tuvo que ir a calmar los ánimos, a buscar soluciones y a asegurar que se cumplieran “todos los derechos humanos”. La solución fue negociar con el gobierno mauritano para que readmitiera a los inmigrantes llegados a España. De los cerca de tres mil que habían llegado, hubo un acuerdo inicial para devolver 170.
Cáritas de Canarias envió el 16 de marzo a los medios de comunicación –también a esta revista– un comunicado. Cáritas contemplaba “con gran consternación e impotencia el creciente drama humano”. Y continuaba: “Convencidos de que todos somos habitantes de un solo mundo, el mundo de todos los pueblos, invitamos a la reflexión sobre la contribución que podemos hacer entre todos a que nadie se quede sin futuro”. Tras esto, solicitaba al Gobierno, entre otras cosas, que “se garanticen los derechos de las personas a emigrar, si así lo desean”. Este derecho –más que un derecho humano– es un derecho complicado.
Conforme España y Europa van cerrando puertas de entrada, los inmigrantes las van abriendo. Cada vez más peligrosas y arriesgadas. No se va a solucionar este asunto con un acuerdo con Mauritania hoy, ayer con Marruecos.
La inmigración requiere nuevos planteamientos. Cáritas “está convencida de que somos habitantes de un solo mundo” y cree que nadie debe quedarse sin futuro. Es algo que –parece– nos cuesta conceder.

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