Habla chino y harás reír

Jordi Pérez Colomé. Periodista
LLEGAMOS AL HOTEL. En la pequeña recepción hay ocho recepcionistas amontonadas. Tres chicas se nos acercan tras el mostrador para preguntar por nuestra reserva. Siempre es así. En China siempre hay mucha gente para hacer cualquier trabajo. La mano de obra es barata y se nota. No sé si resulta más efectivo, pero al menos entre ellas se ayudan: una teclea, la otra señala la pantalla y la tercera observa nuestros pasaportes. Como les hablo en chino, llegan dos recepcionistas más a ver qué pasa. Se ríen por debajo la nariz. Les parece algo inaudito. Cuantas más cosas digo, más ríen. Es como hacer cosquillas. Me divierto así un rato, hasta que nos dan las habitaciones.
Esto de la risa y el chino es habitual. A la mañana siguiente salgo del cuarto y quiero ir a desayunar. Dos puertas más allá está la joven que se ocupa del servicio de habitaciones y le pregunto, en chino y como si nada, dónde se desayuna: “En el segundo piso”, responde, y cuando me giro explota a reír. Vuelvo para atrás. Ríe mucho, pero se avergüenza y se tapa la boca con la mano. Le digo: “¿Qué pasa?” Y ríe más, claro. Venga a reír. Parece que ría de ilusión. Al final, cuando se tranquiliza, lo único que dice es: “No pasa nada”. Me alegra ver que aprendí chino para hacer reír.

HOY VAMOS A UNA FÁBRICA PEQUEÑA. Estamos en Yiwu, cerca de Shanghai. Es la provincia de Zhejiang, una de las más industriales de China. Yo estuve en Yiwu en 2000 y era un pueblo grande, con un mercadillo donde los fabricantes locales vendían sus piezas. Hoy es una ciudad con grandes avenidas. No paran de construir.
Hay hasta una iglesia gigantesca, con una cúpula y una cruz arriba. Pregunto qué es: “Una iglesia”, me dicen. Intento desentrañar si es católica, pero todo lo que saco del conductor del coche es que repita: “Es una iglesia”. ¿Cómo puedo explicarle la diferencia entre católicos, protestantes y ortodoxos a un chino? Desisto pronto. Además, los chinos son, por regla general, poco religiosos. Leí hace poco una frase de un profesor norteamericano que acertaba al describir la religiosidad china. Decía, más o menos, que los chinos son religiosos oportunistas: si van al templo de una religión y sus plegarias surten efecto, volverán a ese templo sin dudarlo. Son prácticos.
El conductor del coche, visto que no me puede ayudar con la iglesia, se muestra predispuesto a contarme cosas. Me explica que tiene 27 años y que no está casado. Tuvo una novia, pero “las chicas hoy prefieren a hombres con dinero”. Quizá tenga razón, pero ayer el conductor que nos trajo del aeropuerto iba con una novia bien guapa. Se lo digo y sonríe; él los conoce: “Sí que es guapa; ha tenido suerte”. Le animo y aprovecho para pedirle cuánto gana (en China no es una pregunta de mal gusto) y dice que 1.200 yuanes. 1.200 yuanes son unos 120 euros, pero sería injusto dejarlo aquí. En China, 120 euros dan para mucho. Este conductor por ejemplo vive solo en un piso pequeño, que le cuesta 25 euros de alquiler. Además, como no sabe cocinar, cada día desayuna, almuerza y cena fuera de casa. Las tres comidas le cuestan en total 15 yuanes, 1,5 euros. En China se gana poco dinero, sí, pero se puede comer por 50 céntimos. Hay que tenerlo en cuenta cuando nos dicen sólo el sueldo en euros de un un obrero chino. No es tan poco.

LLEGAMOS A LA FÁBRICA. Está en una callejuela enfangada. A la puerta, hay un perro tembloroso, claramente enfermo, que parece destinado a una muerte triste y solitaria. Para llegar al taller hay que subir a un cuarto piso. Cinco jóvenes trabajan sobre una mesa y otro saca unas piezas de plástico de una máquina. Se trata de colocar piedrecitas diminutas sobre esas piezas con unas pinzas. Es un trabajo minucioso y aburrido. Le pregunto a uno a qué hora empieza. No contesta; ni me mira. “Está ahí el jefe”, me dice mi conductor.
Al día siguiente, vamos a Cantón, al sur. Es otra de las regiones más dinámicas de China. Visitamos a otra fábrica, ésta de 700 trabajadores. Es un tamaño considerable, pero aquí es normal. La gerente nos enseña las instalaciones. Son tres talleres. El trabajo es puntilloso y repetitivo, como en la otra fábrica. No veo mejor aplicación del refrán popular que reza: “Es un trabajo de chinos”. En una de las salas, más que de chinos, es de chinas. Hay cinco largas mesas, con unas 25 chicas por mesa.
–¿Por qué todas son niñas? –le pido a la gerente. Utilizo la palabra “niñas” a conciencia. No pregunto edades para no crear problemas (no estoy aquí como periodista), pero diría que hay pocas de más de 18, aunque tampoco creo que haya ninguna de menos de 14.
Me responde la gerente: “Son niñas porque tienen los dedos más finos y hacen mejor este trabajo”. En las otras salas hay más hombres y las mujeres son mayores de edad. Como en la mayoría de fábricas chinas, los trabajadores vienen de otras provincias y viven todos en dormitorios dentro del recinto. Ganan poco, pero el dinero que pueden enviar a casa es de gran ayuda para su familia. Los trabajos de esta fábrica llevan tanto tiempo que es inimaginable hacerlos en otros países, como el nuestro, a un precio competitivo. Mientras la mano de obra sea barata, China tiene una ventaja extraordinaria.

POR LA NOCHE, EN CANTÓN, VAMOS A CENAR. Es uno de los lugares más divertidos de China para comer: muchos restaurantes disponen de un lugar donde pueden verse vivos todos los animales que uno se va a comer. Aquí no les gusta comerse nada que no hayan visto antes vivo.
En el resto de China, los cantoneses tienen mala fama. Hay un dicho que dice que en Cantón se comen todo lo que tiene cuatro patas y no es una mesa y todo lo que vuela y no es un avión. Quien haya estado en Cantón, puede dar fe. Así, en este restaurante hay varios tipos de serpientes, dos caimanes de metro y medio –en jaulas – , una especie de cucarachas en peceras y todo tipo de bichitos, mariscos y peces que uno pueda imaginar. (Este restaurante es pequeño; yo he visto uno que tenía hasta un ciervo enjaulado.)
Uno escoge mientras pasea y una camarera anota el pedido y el tipo de cocción. Los encargados de cazar los animales meten la mano en las urnas sin problemas, pesan la pieza y la envían a la cocina.
Somos tres y comemos mucho por menos de 40 euros, en una terraza frente al río Perla. A menudo acompañados por dos o tres camareras que acuden a preguntarme cosas en chino, para reírse, claro.

DESPUÉS DE CENAR, QUIERO CONSULTAR INTERNET. Pregunto en el hotel y me indican un lugar que está encima de la discoteca Baby Face. La noche de Cantón, a pesar de ser febrero, es primaveral. Esta es una zona de discotecas y bares y veo a jóvenes con piercings y pelos de colores. China cambia en todos los sentidos.
Aquí siempre hay gente por todas partes; ahora, de noche, no, y se agradece. Voy preguntando por Baby Face y causando risas por la calle. Al final llego. Abajo está la discoteca, en el segundo piso un restaurante, y arriba, escondido, se abre un oscuro cibercafé donde brillan las pantallas de unos 150 ordenadores. A esta hora sólo unos pocos jóvenes juegan por internet. Después de mirar mi correo me animo a comprobar si el Gobierno tiene bloqueadas páginas web comprometidas. Entro en el buscador Google y tecleo: “China democracy”, en inglés. Al hacerlo me siento incómodo. Miro varias veces hacia atrás por si viene un escuadrón del Ejército Rojo a detenerme. De momento, no. Hay miles de páginas. Abro las primeras 30. Más de 20 dan error, están bloqueadas (he probado en España hacer lo mismo y puedo acceder sin problemas). Entre las pocas que se abren, la primera es una que explica que los extranjeros no podemos entender el concepto chino de democracia y que ellos ya están contentos así. La mayoría de las que son accesibles –medios de comunicación– requieren identificación del usuario. Pero en alguna se cuela algo prohibido. Es imposible controlar internet. El Gobierno aspira a conseguirlo, pero se abren grietas.
Será cada vez más difícil de controlar. De momento, con el crecimiento del país, la gente intenta mejorar su nivel de vida. Pero las diferencias de renta crecen y el año pasado hubo 87.000 protestas callejeras, sobre todo en el campo, causadas por las desigualdades y la corrupción de altos cargos, que campan a sus anchas –aunque en 2005 hubo 115.000 funcionarios expedientados. El presidente Hu y el primer ministro Wen dicen que su prioridad es distribuir la riqueza y acabar con la corrupción. Son los dos grandes problemas de China. Reconocer que deben resolverlos ya es mucho. El tiempo dirá.

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