Gritábamos sus versos por la montaña

José Corredor-​Matheos
Poeta y crítico
La primera noticia que tuve de Lorenzo debió ser en 1951, con motivo de la publicación en Insula de su poema “El perro”, que había obtenido un premio convocado por dicha revista. Este poema me impresionó, y luego su libro El caballo fue para mí una revelación. Poemas como “El perro” eran, son, profundos y misteriosos, y otros, un hallazgo de gracia e ingenio, como lo serían más tarde los del Libro de Adán y Eva. Me aprendí muchos de memoria y contagié mi entusiasmo a varios amigos. Lo de “Las moscas van al mar /​y vuelven las arañas” lo declamábamos a menudo, y en una excursión a las Guillerías, lo hacíamos a gritos.
No recuerdo con exactitud la fecha en que nos conocimos, pero debió ser en la Universidad –los dos hacíamos Derecho – , el mismo 1951 o al año siguiente. Nos hicimos amigos y, cuando empezó a coordinar en Barcelona las colaboraciones para la revista de Madrid Ateneo, me dio entrada en ella y pude publicar mis primeros artículos. Él fue el primero que me habló de Salvador Espriu, y recuerdo que pasamos una tarde hablando de poesía catalana. Lo veía como un modelo de ser humano. He seguido sus otras actividades –el periodismo, el ensayo y especialmente la gran aportación al diálogo y la apertura del pensamiento que ha significado y significa El Ciervo (conservo el número uno como una reliquia) – , pero Lorenzo es para mí, ante todo, el poeta.
Los libros que siguieron a El caballo los escribió igualmente con discreción y libertad, apartado de los ambientes poéticos. Admiraba y admiro su poesía, y, durante mi relativo alejamiento de los ambientes poéticos, por mi dedicación a la crítica de arte, él ha sido uno de los pocos poetas con los que he mantenido contacto. Creo en su obra y estoy seguro que el interés por ella de los amantes de la verdadera poesía irá creciendo como merece.

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