De una elegancia cervuna

José Antonio González Casanova
Catedrático de Derecho Constitucional
Cuando Lorenzo y sus amigos fundaron El Ciervo, leíamos la revista en el colegio de jesuitas de Sarriá clandestinamente, pues los curas la encontraban, con razón, subversiva. Para mí fue el áncora de una fe en crisis por culpa de la religión beata, moralista en exceso, dogmática y aburrida, que se nos inculcaba. La dura nuez de aquel catolicismo se me abrió para mostrar el sabroso y dulce corazón del cristianismo evangélico. Del militarismo jesuítico de entonces pasé a un franciscanismo sencillo, lúdico y lleno de amor-​humor. Su estilo naïf fue un respiro, un aire limpio, una ventana a la aventura espiritual; el paso de la actitud violenta y excluyente de una posguerra civil y de la guerra “fría” anticomunista a otra de reconciliación y diálogo entre españoles, vencedores y vencidos.
Ya en la universidad, me animé a entrevistar a Lorenzo para el boletín de antiguos alumnos de nuestro colegio común. Algo en su rostro, su talante y su decir me evocaron la elegancia cervuna que hoy ha heredado Martí, su nieto mayor. Más tarde creí ver también en la mirada dulce de Roser Bofill la luz afectuosa de unos bellísimos ojos de gacela. Durante medio siglo he confirmado que El Ciervo era el retrato lorenciano más exacto por ser fecundo y combativo, contemplativo rumiante solitario, corajudo y tímido, adaptado a todo terreno histórico, con renovada cornamenta de ideas como liras. No por azar su hermano Joan le dio el nombre a la revista que en todas las culturas simboliza ya sea la sed por lo divino, la renovación cíclica, la mediación entre el cielo y la tierra, el mensajero de la luz, ya sea la pureza primordial, la sabiduría, la vida longeva y la resurrección. Todos estos dones, genialmente naturales, de Lorenzo, compartidos por su cuarteto familiar (hermanos o hijas y esposa) e irradiados como imanes atractivos a su corola de amigos renovados, son inseparables de su larga vida y constituyen el estilo original e inconfundible de El Ciervo.

Qué nos atrajo a los creyentes
¿Qué nos atrajo a los más jóvenes creyentes en los años 50 de la inesperada pero anhelada originalidad del ciervo lorenciano?: ser la primera revista de laicos que no pretendía servir a la Iglesia oficial jerárquica, sino cumplir las exhortaciones de Jesús de Nazaret. Que fuera más cristiana que “católica” al uso; de religión vivida más que dogmatizada; de teología aprendida no en teólogos, sino en escritores (Greene, Mauriac, Bernanos, Bloy, Unamuno). Que se sintiera iglesia libre, libertaria, llena de amor fraternal hacia las otras cristianas, las demás religiones, los increyentes. Que se preocupara por la dignidad humana, su libertad y su justicia. Que fuera contraria a los racismos, nacionalismos xenófobos, colonialismos, las guerras. Que hiciera autocrítica eclesial y de la burguesía farisea, satisfecha, clasista, paternalista. Que hablara de la clase obrera explotada, de los pobres, del Estado confesional autoritario bendecido por obispos serviles y aprovechados. Que concibiera la política como un acto máximo de amor a la gente, sin dar soluciones “cristianas”, sino en colaboración con cuantos luchan por un mundo mejor, para resolver sus problemas encarnándose en ellos y aportando el mero espíritu humano, iluminado por el amor divino a la humanidad.

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