Una sonrisa de conejo

Carlos Eymar
Filósofo
Nunca abordé el tema de Dios o de la fe en una conversación abierta con Lorenzo. Comprendía, sí, a través de sus observaciones a algunos de mis artículos de contenido más religioso, que era un hombre creyente. Amaba a los grandes místicos como Santa Teresa, San Juan de la Cruz o Edith Stein, e incluso, una vez, en un Foro del Hecho Religioso, coincidimos en una eucaristía y lo vi comulgar. Como muchas otras manifestaciones de su personalidad, su religiosidad estaba inspirada por una exquisita discreción. Nada había en él de proselitista o iluminado, lo cual, sin duda, habría hecho de él inevitablemente un ser ceñudo. Su realismo sabio, de hombre laico reconciliado con el mundo, le llevó, por el contrario, a una actitud interior cuyos signos externos más característicos fueron la cortesía y la sonrisa. El poeta Beloc dijo una vez que la cortesía era mucho menos que el valor o la santidad, pero que, bien mirado, la gracia de Dios estaba en la cortesía. Y en la sonrisa, diría yo, no una sonrisa seráfica, sino sonrisa de conejo tal y como Lorenzo se la autorretrató en una poesía. Últimamente, anotaba en sus memorias, “me quedo parado de pronto como si me viera desde fuera. Me da un poco de risa verme aferrándome en qué sé yo qué. Quizá el que me mira es el ángel de la guarda, al que tenía muy descuidado y me veo como él debe verme”. Ahora la risa de ángel y la de conejo se han fundido.

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