Lorenzo nos deja un lleno

Rosario Bofill
Queridos amigos:
Esperabais como cada mes durante cincuenta años en esta página encontrar el editorial de Lorenzo Gomis, mi marido, ese editorial que algunos de vosotros calificáis de: “Tan claro, tan ponderado, tan lleno de interés por la vida” o “lo más sustancioso, útil y provechoso era su artículo de fondo, en el que se encontraba siempre una orientación en la duda”. Pero Lorenzo ha muerto. Murió de repente a los 81 años la tarde del 31 de diciembre de 2005: un paro cardiaco. Hasta entonces había gozado siempre de una salud envidiable. Por eso, son palabras de un suscriptor, “a partir de ahora nos faltará todos los meses su editorial, tan luminoso, tan certero, tan entrañable, tan escrito con el corazón como con la cabeza”.
Supliremos su ausencia lo mejor que sepamos.
En muchas de vuestras cartas o correos electrónicos –son centenares– se habla del vacío que deja Lorenzo. Yo, que debería notar su vacío más que nadie, no estoy de acuerdo en que deje un vacío; Lorenzo deja un lleno. Ahí está la revista, ahí están sus escritos, ahí está sobre todo esa manera de ser y de vivir sonriente, con su punto de ironía, amable, llena de bondad, que contagiaba. Creo que el paso de Lorenzo por la tierra nos ha dejado mucho, mucho de lo que podemos sacar, como se saca del pozo, agua para beber y vivir. “Los hombres como Lorenzo, dice Miguel Delibes, no pasan en vano por el mundo, dejan semilla, dejan lecciones, que sus amigos y seguidores debemos continuar”. Lorenzo nos deja muchas cosas de las que debemos aprovecharnos: gozar, vivir en paz, como vivía él.
Lorenzo respiraba serenidad. Y a decir verdad estaba preparado para la muerte, mejor dicho, para la vida. Hablábamos a menudo él y yo de la muerte. Por eso tal vez, aunque ha sido de repente, ha sido en cierta manera algo esperado.
Hay otra palabra que sale mucho también en las cartas, es la palabra maestro. Maestro en las aulas de periodismo sí lo fue. Y era una de las cosas que más le gustaba: enseñar. Jamás, ni en las épocas difíciles tuvo problemas con los alumnos. Daba su clase y todo transcurría como si tal cosa. Se encontraba bien entre gente joven. Casi nunca suspendía. Enseñaba con claridad. A escribir con claridad. Jamás en ninguno de sus artículos –¿lo han observado?– salía una palabra que no se pudiera entender. Hay profesores que han de usar palabras técnicas y complicadas porque parece que creen que así son más sabios ante sus alumnos. La escritura y la enseñanza de Lorenzo era llana, justa, cotidiana, lo que no le quitaba profundidad.
Maestro en las aulas sí lo fue. Maestro en la vida, si lo fue, fue sin pretenderlo. Era un hombre que no daba lecciones. Sus silencios, a veces eran su mejor lección.
Lorenzo venía a la redacción, le encantaba, un par de veces por semana. (El Ciervo nos ha dado mucha vida a él y a mí.) No tenía ni mesa, ni despacho, le adjudicábamos un sitio en la sala de atrás, donde se hacen reuniones, y allí iba Jordi Pérez a planear futuros números, a consultar una palabra… A Lorenzo le gustaba corregir pruebas. ¡Dios mío su precisión en la corrección de pruebas! Con Jordi además tenía largas charlas, los dos lo pasaban bien. Yo a veces hacía broma: ¿A eso le llamáis trabajar?
Nos llueven cartas de toda España y más allá, el equipo de redacción, mis hijas y yo, todos los que conviviamos con él estamos realmente emocionados y agradecidos. No creo que pueda contestar personalmente a todas, pero desde aquí un millón de gracias y nuestra promesa, nuestro compromiso de seguir con un Ciervo como le gustaría a Lorenzo.

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