Su relación con los infieles

Salvador Giner
Catedrático de Sociología de la Universitat de Barcelona
De todas las cosas que he pergeñado para esta revista, a la que pertenezco, ésta es la que jamás querría haber compuesto. La muerte de mi amigo y maestro me ha dejado despalabrado, pero la revista, mi revista, me pide que diga algo sobre él.
Entré en la Universidad de Barcelona, a los dos años de la Fundación de El Ciervo, y por no saber lo que quería estudiar me matriculé en la Facultad de Derecho, en 1953. Afortunadamente ya había superado una crisis de fe unos años antes, de la que no salí del todo mal parado, si se tiene en cuenta la mucha Santa Teresa que leí, y el mucho Blas Pascal que devoré para no perderla. (Santos ambos aún de mi laica devoción.) En cosa de poco tiempo, trabé una gran amistad con aquellos compañeros de la Facultad y la vecina de Filosofía que se declaraban también descreídos de la fe oficial. Y republicanos. (Entonces no se decía aún demócratas.) Yo lo era desde que tenía uso de razón, por causas que no vienen al caso. También hice amistad con Jaume Lorés, que sí era católico y con otros correligionarios suyos, como María Rosa Virós o el que sería pronto su novio, José Antonio González Casanova, y Jordi Maluquer. A ellos se añadió pronto, aunque estaba en la Escuela de Ingenieros, Alfonso Carlos Comín.

Dos grupos distintos
Andando algo el tiempo ambos grupos (el laico y el creyente) fueron tomando cierto cuerpo distinguible. Cada uno de ellos había encontrado un mentor. El mío fue Josep Maria Castellet, quien en el muy oficial Instituto de Estudios Hispánicos logró abrir un cenáculo de presuntos trabajos literarios al que acudíamos media docena de entusiastas cada jueves, y que continuaba informalmente en otro cenáculo –desayunáculo, más bien– mientras los fieles (del otro grupo) iban a misa. Eso nos puso a varios descreídos en contacto regular con algunos compañeros algo mayores –Juan Goytisolo, por ejemplo– y otros de la generación castelletiana, Jaime Gil de Biedma y Carlos Barral, entre otros.
Los cristianos estaban casi todos vinculados a una revista de modestísima apariencia que se llamaba El Ciervo y que dirigía un tal Lorenzo Gomis. Eran tan antifranquistas como nosotros y andaban, igual que nosotros, a la busca de una ideología política que fuera adecuada a sus anhelos. Pronto las largas deliberaciones y permanente conversación entre unos y otros fueron plasmándose en algo más. Antes de que ésta se materializara en afiliaciones a reducidos partidos clandestinos (por parte de varios) sucedió un hecho modesto pero crucial. Nuestros dos guías, José María Castellet y Lorenzo Gomis (que nos llevaban dos lustros de edad) y que eran muy buenos amigos entre sí, pensaron que un encuentro formal entre ambas peñas podría ser fructífero.

Un seminario clandestino
Fue así cómo se realizó en el pueblo de La Garriga (Barcelona) un seminario clandestino de dos días, en el que en el comedor de una fonda los de una y otra facción rebelde, leímos ponencias de dos en dos, para ser luego discutidas colectivamente. La idea era analizar la naturaleza de tres grandes ideologías: la liberal, la socialista y la comunista. En un espíritu de amable diálogo desgranamos uno a uno los argumentos de cada doctrina. No guardo notas, pero puedo decir que en el bando agnóstico estaban Luis Goytisolo, Octavio Pellissa, Nissa Torrents, Joaquín Jordá y un servidor (entonces amigos íntimos todos). En el otro, Alfonso Carlos Comín, Juan Ramón Figuerol, José Antonio González Casanova, Jaume Lorés, Josep Maria Cadena. Seguramente me dejo a alguno, pero no éramos muchos. Resultado de aquel encuentro, muy preparado por Lorenzo y José María, que nos obligaron a hacer los deberes, fue la fuerte radicalización inmediatamente posterior de la mayoría, ansiosa de pasar a alguna actividad contra la dictadura. Discrepamos mucho entonces y después pero siempre –y eso se lo debemos al noble espíritu de Lorenzo– sin mínimo encono. Algunos salimos poco menos que bolcheviques, inducidos por la amargura de un mundo liberal occidental que no hacía el menor caso al pueblo español y otros, sin abandonar el cristianismo en absoluto, se hicieron comunistas cristianos.

Unos cristianos que reían
En aquella ocasión, Alfonso Comín no sólo no perdió el cristianismo y descubrió el comunismo sino que tampoco perdió el sentido del humor que caracterizaba a la hueste de Lorenzo: había un cine en La Garriga que anunciaba una película llamada El monstruo de tiempos remotos, ante cuyo cartel truculento comentó, paseando tras el frugal almuerzo: “Mirad, una película sobre la Iglesia católica”. Alfonso, compañero, si hay justicia en el universo, estás hoy con Lorenzo, riéndote aún, en los cielos. Los cristianos de izquierda que Lorenzo convocó sabían reírse de su sombra, y de su Santa Iglesia. En la sombría España clerical fascista, había pues unos cristianos que reían, que eran amables, nada solemnes, con franciscana humildad. Piense el lector que faltaba mucho tiempo aún para que llegara Juan XXIII. Hasta decía alguno que fornicar no era pecado. Un escándalo de gente.
En aquella época solíamos usar los catalanes nombres dobles, de grado o a la fuerza. (La mujer de Lorenzo, Roser, aún hoy firma Rosario aquí y allá, como si tal cosa; a él, naturalmente, siempre le llamé Llorenç.) Con él hablé a solas mil veces, pero en una, inacabablemente. No sabría decir el año: pienso que fue hacia el 58 o 59, cuando inesperadamente topé con él en la Plaza Guipúzcoa de San Sebastián a primera hora de la mañana. Con un cartapacio, sin barba aún, y con su cara de infinita inocencia. Salía de un semiclandestino seminario, las Conversaciones Católicas de San Sebastián donde, si no me equivoco, la influencia de Jacques Maritain y de algunos franceses se dejaba sentir de modo extraordinario. No les voy a aburrir con el diálogo que salió del largo encuentro a solas entre Lorenzo y yo. Al caer la tarde pasé con él el Urumea y le dejé en la estación –no iba en coche cama, se lo aseguro– para que, cubierto de hollín, llegara muchísimas horas después a Barcelona. Por culpa de nuestra megaconversación atrapó el tren ya en marcha. Yo he visto correr como una gacela (¿ciervo?) a Llorenç por un andén. No todos pueden decir lo mismo.
De mi experiencia de la humildad radical de Llorenç da fe algo que un buen día, habiendo yo ya vuelto a Barcelona desde Inglaterra, y siendo él catedrático en la Universidad Autónoma (incongruentemente, de catedrático Llorenç no tenía nada; de maestro, todo) me llama y me pide que componga un prólogo a un libro suyo. Uno de los mejores que ha escrito. Todavía me dura el estupor. ¿Quién soy yo, su aprendiz, su laico discípulo, para prologar un libro suyo? No hay quien lo entienda. Él encantado, enseñándoselo a los amigos y diciendo que había “conseguido” un prólogo mío. Creo que hasta a Roser así se lo dijo. Si no se lo creen, lean su libro Teoría de los géneros periodísticos.

Alegría, no tristeza
Lorenzo fue uno de los grandes forjadores del diálogo en un país traumatizado, huérfano de él. Primero, dentro de la esfera democrática, entre diversas interpretaciones ideológicas, creyentes o no, fieles o infieles; simultáneamente, entre la izquierda eclesial y la más conservadora vaticanista; luego, entre Cataluña y España: El Ciervo es una gran revista en castellano publicada en Barcelona, con un gran contingente catalán y distribución internacional. Para colmo, es una revista de poesía, dirigida por el gran poeta de lo sencillo que era Lorenzo. Hace leer la lírica y amarla a quienes jamás la leen. En suma, Lorenzo impuso la mesura, la sensatez, el buen talante hasta contra los hijos de la ira.
Los golpes secos sobre el ladrillo del diestro enterrador retumbaban en nuestro corazón el otro día, mientras desaparecía el ataúd con un ramo de olivo encima, el más bello de los árboles de la creación. El aire fino y frío del Montseny y una campana del pueblo en la iglesia de Viladrau hablaban al unísono de la brevedad de la vida y de la permanencia de lo permanente. Llorenç, a algunos nos invadió la alegría. La alegría, no la tristeza, por la dicha de haberte tenido al lado tanto tiempo. Por la fortuna de haber compartido contigo algunos girones de vida, algunas esperanzas de fraternidad con los humillados y los ofendidos de la tierra. Llorenç, nos hiciste algo mejores. Nunca te diste cuenta. El hombre bueno sabe muchas cosas. Pero nunca sabe del todo que lo es. Aquí nos quedamos ahora los demás un breve tiempo: dinos por favor si lo hacemos medianamente bien. Dínos, Llorenç hermano, cómo hacerlo menos mal.

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