Siempre se está empezando

‘¿Pero estaba enfermo?”, nos han preguntado algunos amigos. No, Lorenzo Gomis estaba bien. Tan bien que el jueves 29, dos días antes de morir, vino a la redacción a echar una mano. Aún propuso un último tema: pedir a un grupo de teólogos que resumieran en cien palabras su artículo en un diccionario recién publicado. Lo encontraréis en el próximo número. Al día siguiente, viernes, Lorenzo aún habló un par de veces por teléfono con el subdirector. En la primera llamada, preguntó algo habitual: “¿Cómo va?” Le divertía saber qué artículos iban llegando y los comentarios de los colaboradores. En la segunda conversación, explicó que quizá prepararía una crítica sobre un libro inédito de Miguel de Unamuno, que acababa de salir y estaba leyendo: Tratado del amor de Dios. “Me quedan 20 páginas”, aclaró. Pero no estaba muy seguro de si le apetecía o no hacer la reseña:
–¿Te lo puedo decir el lunes? –pidió con discreción.
El subdirector, que estaba cerrando las páginas de libros, mostró reparos. Lorenzo aceptó: “De acuerdo. ¿Para cuándo es?” Quedaban aún quince días para el cierre, no había prisa. Nunca escribirá esa reseña, pero se fue como le hubiera gustado: con deberes en la agenda.

Un funeral alegre
El funeral se celebró en el tanatorio de Les Corts de Barcelona el 3 de enero y reunió, según la prensa, a “varios centenares” de personas. Nosotros diríamos que quizá fueron cinco centenares. Presidió la celebración el arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, que agradeció en nombre de la Iglesia la vida de Lorenzo como cristiano, y pronunció la homilía el sacerdote y periodista Francesc Romeu, que trabajó diez años en esta casa durante la década de los 80. Recordó Romeu su “fina ironía”: “Cómo nos hubiera gustado ver en tu próximo artículo cómo nos contabas eso de que un periodista muera el día en que no se hacen diarios, o lo que representa morir en un año y ser enterrado en otro, o lo que representa morir en casa, al atardecer, en familia, sin sufrimientos, en paz”.
El día continuó en el pueblo de Viladrau, a 70 kilómetros de Barcelona. La familia de Rosario, su mujer, procede de Viladrau y allí veraneaba Lorenzo desde que se casó. En la iglesia de Viladrau se hizo un breve responso y los amigos que lo desearon le acompañaron hasta el cementerio. La jornada culminó, por una amable casualidad, con una comida entre la familia y algunos amigos de El Ciervo. En los postres, Rosario pidió permiso para hablar: “Quiero hacer un brindis”, dijo con vigor. Levantó la copa, de vino, y exclamó: “Lorenzo ha muerto. ¡Viva Lorenzo!” Joaquim Gomis, hermano de Lorenzo, la secundó: “¡Y viva Rosario!”
Los reunidos alrededor de la mesa estaban –si se puede decir así– contentos. Todo el día había flotado en el ambiente una sensación de gratitud y alegría. La vida de Lorenzo había sido plena y feliz. Rosario, el día del velatorio, repetía: “Ha sido tan feliz, hemos sido tan felices”. Y así se fue, feliz, discreto y sin dolor. “Qué envidia”, escribe Miquel Siguan en este número. Y es verdad. Lorenzo –ese fue el sentir de todos– hubiera estado satisfecho de su despedida, de su hasta pronto. Parecía escrito por él mismo. En “Nocturno”, poema publicado en 1971, dice: “Salí de la casa al atardecer /​y de madrugada he llegado al paraíso”. Quizá incluso se bañe ya en las aguas vivas que tanto buscó.

Un número extenso
Este es pues el primer número de El Ciervo en el que Lorenzo Gomis no podrá ejercer de director. Rosario Bofill –que era ya directora– asume las riendas. En las páginas que siguen publicamos un merecido homenaje a nuestro director. Ha quedado, la verdad, muy extenso. Lorenzo también lo hubiera creído. Cuando le anunciábamos que una sección iba a ocupar más páginas de las previstas, decía “uy” preocupado. Cinco o seis páginas eran suficientes. Su homenaje le parecería, por tanto, largo. Pero lo hubiera entendido. Siempre entendía las cosas razonables.
Primero publicamos el tributo de la gente de El Ciervo: la familia, los amigos de los primeros tiempos de la revista –a quienes Lorenzo sometía a “un régimen de noviciado”, según González Casanova– y los colegas que compartieron con él sus distintas dedicaciones. Luego viene una selección de las cartas de condolencias y ánimos que hemos recibido.
Una antología con fragmentos de sus artículos componen “Algo de lo que dijo Lorenzo en El Ciervo”. Estos días en la redacción hemos estado leyendo la mayoría de artículos que publicó en El Ciervo. “Queda su obra”, escribe Rosario con razón. Es sorprendente cómo Lorenzo ha dejado todo dicho, cómo creía lo mismo con 30 años que con 80, cómo escribía lo mismo con distintas palabras, con ese estilo tan natural. “Escribía como respiraba”, apunta un amigo. Hemos encontrado por ejemplo un texto de 1957 –tenía entonces 33 años– titulado “Vacaciones en el mundo”. Lorenzo, en la primavera de 2004, quiso titular sus memorias “Vacaciones en la tierra”, que al final quedaron en “temporada”. Es fácil intuir que Lorenzo siempre estuvo por aquí un poco de vacaciones.

La verdad está en los matices
De Lorenzo también pervive el ejemplo. Hemos leído estos días que fue hombre de pocas palabras y muchos silencios. Prefería predicar con el ejemplo. Fue cristiano, liberal, educado y bienhumorado. Estas características quedan en esta revista, que era igual que él. Esto tenía sus ventajas. Para saber si algo encajaba en El Ciervo, sólo había que mirarle: si se tocaba la perilla y mostraba cierto interés, era que sí. Si no decía nada, o sugería un leve “¿tú crees?”, era que no. A Lorenzo, al menos en El Ciervo, no le gustaba decir “no”. Tampoco creía que algo era “malo”. Lo peor que decía de un artículo era que era “flojo”.
En el futuro será inevitable preguntarse: ¿qué hubiera pensado Lorenzo de esto? ¿Qué hubiera hecho? A Lorenzo le gustaba sobre todo que los artículos que publicaba esta revista fueran “razonados” y que supieran exponer los “matices”. Por ahí es donde se esconde la verdad y eso es casi todo lo que El Ciervo ha ofrecido y puede ofrecer. No es poco.
Lorenzo ahora se ha ido un poco más lejos pero, desde su nube, nos mira: “Cuesta bastante reconocer a un resucitado Tan feliz es”, escribió. Quizá cueste verle, pero está. Seguro que confía en que, al menos, hagamos por esta revista todo lo que de buena fe podamos, como hizo él. A partir de hoy no habrá mejor homenaje que recoger su legado y seguir andando. Tenemos ganas y esperanza. En 1961, a los diez años de El Ciervo, escribió: “Dar cada mes el máximo de verdad que hayamos sido capaces de encontrar entre todos, puede ser una tarea limitada, pero no fácil. Y menos si se quiere hacer con un mínimo de autenticidad personal y de poder expresivo”. Y concluía: “Siempre se está empezando”. Esto es lo que El Ciervo de Lorenzo Gomis nos deja. Esto también es lo que esta comunidad en diálogo y en camino que es El Ciervo seguirá haciendo. Siempre se está empezando. Empecemos. No estamos solos.

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